Radios Escolares

Volver

Allá lejos

Autor: Luis Fernando Carosini Lopez. EES N°1, Pehuajó

Creado: 26/05/2021 | Actualizado: 16/11/2021

Los problemas no hubiesen existido de haber crecido en este lugar; la mayor parte de mi tiempo no hubiese estado enfocado en la ciudad que había dejado atrás, tal vez hubiese aprendido a montar a caballo desde pequeño y mis únicos pensamientos estarían relacionados con las domas, la equitación y quién sabe quizás hasta el Polo. Sin embargo, mi vida giraba en torno a los amigos que ya no vería a diario y las cosas que no podría hacer.

Mis viejos no podrían entender esa sensación. Para ellos y para mi hermano de dos años y medio (que obviamente no podía oponerse a nada) la vida de campo era una verdadera utopía.

“Lo más lindo del campo es que es tranquilo” “En el campo no falta nunca nada” “Las cosas son más fáciles en el campo”

El escuchar a las personas repetir esas frases una y otra vez sólo aumentaba mi enojo. El hecho de que no me preguntasen mi opinión era aún peor, aunque de haber tenido la oportunidad, estoy seguro que no se me hubiese ocurrido nada lindo y respetable para decir.

Sin embargo poco a poco ese enojo se convirtió en resignación y aprendí a extraer pequeñas alegrías de este lugar; empecé a juntarme con unos chicos de mi edad y empezaron a ser casi unos amigos para mí. No digo amigos únicamente porque muy por dentro sabía que me entendería mejor con ellos que con mis anteriores amigos; pero el hecho de pensarlo me hacía lastimar mi orgullo. Sea como sea, aún seguía odiando el campo.

Una tarde, luego de jugar al fútbol, esos casi amigos a los que empezaba a querer me contaron historias del pueblo. Sabía que tarde o temprano llegaría ese momento. Todos los pueblos tienen sus historias y sus fantasmas, Magdala no era la excepción (de hecho aplicaba tan bien a la regla que hasta podría ponerse como ejemplo principal al hablar de estas historias).

Este pequeño pueblito de quince manzanas, (donde bien podría llegar un terraplanista para clavar una estaca con un cartel que dijese “acá se termina el mundo”) tenía historias que abarcaban desde lo digerible; como un empleado celoso que mató a su patrón de un tiro en la frente después de suponer que se acostaba con su esposa, hasta lo ciertamente dudoso, como los gritos que se oían en la noche provenientes del alma del suicida de los galpones.

Sin embargo, la que realmente puedo contar, como si fuese un nativo de estas tierras, es la del niño desaparecido...

El camino a casa luego de oír todo aquello, si bien era el mismo, parecía hacerse un poco más largo ya que una parte de mí tenía verdadero miedo. Y haciéndose de noche, mi propia imaginación podría jugarme una mala pasada. Me alivié al llegar a casa y sentirme lo suficientemente a salvo. 

Cené con mis padres y mi hermano (que dibujaba caritas sonrientes en el puré con el cabo de la cuchara), el televisor estaba encendido en la otra habitación. Me preguntaron por mi día y sólo respondí con un asentimiento de cabeza.

Fui a la cama casi una hora más temprano que de costumbre y justo cuando me estaba por dormir mi hermanito se apareció enfrente mío a mostrarme (como si yo tuviese la capacidad de ver en la oscuridad) lo limpios que estaban sus dientecitos después de “chepillarse”. Me revolvió el pelo, como si él fuese el hermano mayor y me dijo buenas noches.

Todo eso me trajo a la mente los recuerdos de las historias... una en especial, la de ese niño perdido. Sucedió en épocas de inundaciones. “Nadie sabe bien lo que pasó, pero todos dicen que simplemente el chico no estaba en su casa ni por ningún lado, había desaparecido”,“todos en el pueblo salieron a buscarlo”, “mi viejo me contó que debido a las inundaciones más de uno decidió meterse al canal, en la búsqueda”, “también lo buscaron por allá atrás en los montes y todo”, “además fíjate que era otoño o invierno y se hacía de noche”, “¿te imaginás la preocupación de todos, no?”; ahí mis tres casi amigos se quedaron callados... —¿Y qué pasó? —pregunté.

—Lo encontraron durmiendo debajo de su cama —respondieron casi al unísono.

A pesar de lo estúpido que parezca, y que todo haya tenido un desenlace de lo más mundano, seguía teniendo un aire siniestro o al menos para mí (y para ellos también). Antes de que se me ocurriese algo gracioso para decir y romper la tensión, me dijeron que el chico decía algo acerca de una chica que lo llevaba hasta los límites del monte y los campos sembrados. Allá lejos...

No dormí bien esa noche.

Cuando desperté, el sol entraba por la ventana y me daba en la cara, no esperé a que nadie fuese a llamarme y fui a la cocina. Todo parecía muy tranquilo. Mi mamá lavaba los cubiertos, mi hermano corría afuera, de lado a lado.

La vida no tenía por qué ser tan mala en este pueblo; tal vez yo había exagerado, ya tenía amigos, tenía tiempo de sobra y mi hermano podría correr a todos lados sin tener que preocuparse porque lo atropellasen, ni que algún desconocido le ofreciera caramelos “lo más lindo del campo es que es tranquilo” En ese momento recordé la historia y volví a mirar por la ventana. Mi hermano no estaba, todo lo que me habían dicho se volvía un manto que oscurecía mis pensamientos. Salí afuera a llamarlo.

Grité su nombre... no vino ... Mi madre lo llamó... No vino...

Miré hacía el campo y no lo vi. Pero sabía que tenía que estar allí o mejor dicho... allá lejos...caminando a la par con esa chica...

Corrí a buscarlo.