Radios Escolares

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Aquel 17 de octubre

Autora: Juana Uncal. EES N°2, San Vicente

Creado: 26/05/2021 | Actualizado: 16/11/2021

Nunca fui buena contando historias, pero esta vez tengo muchas ganas de hacerlo así que pondré todo mi esfuerzo. Antes de que me olvide, quiero destacar que éste relato se podrá diferenciar de muchos otros porque, aunque no me crean, se trata de algo que me pasó a mí.

Como dije, quizá no soy muy buena narrando, pero voy a hacer algo que me parece bastante lógico: comenzar por el principio. Fue el 17 de octubre del año pasado; lo recuerdo muy bien, porque la quinta donde transcurre esta historia lleva como nombre esa fecha. El lugar también queda acá, en San Vicente. Si viniste o tenés pensado venir, o buscas en internet alguna imagen, notarás que no difiere de otras quintas de la época (al menos a simple vista, claramente), aunque no creo que las otras quintas tengan un auditorio, un mausoleo, y un tren presidencial. Además, esta quinta es inmensa, tiene una torre de la que desconozco su función y una pileta que seguro lleva muchos años sin que nadie nade ahí dentro. Si ves el lugar, te cuesta creer que sólo la ocupaban unas pocas personas para disfrutar algunos fines de semana.

Yo creo que todos los lugares tienen una historia que los hace especiales, pero esta vez, me atrevo a decir que esta historia resalta y despierta mi interés entre muchas otras. Perdón, me fui por las ramas...

Habíamos ido a la quinta con mi curso y mi profesora de historia después de decidir que era buena idea hacer una excursión y conocer más sobre el pasado de nuestra ciudad. Se había largado a llover, y no podíamos entrar al auditorio porque había otras personas en unas olimpiadas de algo relacionado a la avicultura, o a la apicultura, no recuerdo bien. Pero volví a irme por las ramas, retomemos. Para no interrumpir en las olimpiadas nos fuimos al interior de la casa; al parar la lluvia, mis compañeros salieron junto a la profesora, yo me quedé apreciando el interior de aquel lugar que atesoraba muchas reliquias, antiguas, pero lujosas. De pronto escuché un teléfono sonar. No era el mío ni había nadie más adentro. Fue extraño. Cuando descubrí de dónde provenía el sonido, me encontré con uno de esos teléfonos viejos que tienen una especie de ruleta que jamás entendí cómo funcionan. Era verde y muy lindo, pero nunca creí que semejante artefacto pudiese funcionar. Además, se encontraba detrás del cartel que recordaba que nada de ahí podía tocarse. De cualquier modo, nada indicaba que alguien esperaba ese llamado. Y aunque no debía, la intriga me llevo a atender. La voz que  surgía del teléfono me sonaba a alguna de esas personas que aparecen en los documentales sobre algún tema de la historia que pasan en la tele. Parecía salido de otra época.

- Buenas tardes, Eva querida, espero que te encuentres bien. Voy a llegar un poco más tarde que lo usual. No hará falta que me esperes para la cena.

- Buenas tardes, señor - había respondido yo, intentando imitar la formalidad de aquel hombre -. Seguramente se habrá equivocado, por aquí ya no vive nadie.

- ¿Que ya no vive nadie? Estoy seguro de no haberme confundido al marcar.

- De mismo modo puedo asegurarle que aquí no vive nadie, como le dije. Usted está llamando al museo de la quinta de Perón.

- ¿Que estoy llamando “al museo de la quinta de Perón”? Al parecer ando necesitando la revisión de un médico, estoy empezando a escuchar cualquier cosa, o tal vez el teléfono se haya descompuesto, pues no creo haberme confundido, ni creo que hayan convertido mi quinta en museo sin mi autorización.

- ¿Su quinta? – fue lo único que pude responder. Si no hubiese notado la confusión de la persona del otro lado del teléfono, habría creído que intentaba jugarme una broma.

El hombre parecía esperar más que una pregunta como respuesta, pero yo me encontraba cada vez más confundida, si podía estarlo. Antes de que cortara alcancé a  pedirle que me explicara de qué se trataba, y entre ambos -luego de una extensa charla- pudimos llegar a una conclusión que explicaría toda la situación que te estoy contando. 

Aquel señor formal y yo nos hicimos amigos. En mis ratos libres puedo ir a la quinta y pasar la tarde hablando con él. Ya sé de memoria su agenda, así que nunca lo interrumpo cuando está ocupado.

Cuando se lo cuento a mi familia o a mis amigos, no me creen, deben pensar que estoy volviéndome loca o algo por el estilo. Si vos, persona a la que le cuento esto, tampoco me creés, podes ir a la quinta y verlo, o mejor dicho, oírlo por tu cuenta.