Radios Escolares

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De pozos, de bestias, de vientos...

Autora: María Lucia Berruet Marchetto. Colegio La Santa Unión, Junín

Creado: 26/05/2021 | Actualizado: 16/11/2021

Por la ruta, los cimientos naturales de la ciudad se dejaban entrever: el parque Borchex y sus animales, cautelosos y místicos, alrededor de los árboles que buscaban tocar el cielo con sus ramas cansadas, sobre las cuales habitaba la esperanza y la vida... mientras, escuchábamos “Estelares”, acompañado de los comentarios llenos de orgullo: “¡Este pibe es de Junín!”. Unos minutos luego, llegamos a la laguna de Gómez. Siempre nos decían que teníamos que tener cuidado al tirarnos en ella, aunque nosotros nunca hacíamos caso.

Me metí al agua y sentí algo escamoso que me rozaba suavemente los tobillos, pero no le hice caso. Según todos eran peces, y era algo “de todos los días”. Pasó otra vez, y otra más... entonces decidí meter la mano en el agua. Estas, tomaron lo que parecía ser un tentáculo, y antes de llegar a asimilar lo que estaba pasando, se escabulló. Claro que aterradísima le dije a mis viejos lo que había pasado, pero tenía fama de mentirosa, y no me creyeron.

Cuando llegué a casa, pensé en que sería buena idea preguntar, porque no podía ser la única a la que le había pasado algo así. Salí de mi casa por la Avenida San Martín y al echar un vistazo a la ciudad mis ojos se extasiaron. Las calles rebosaban de hojas lilas y aromas penetrantes. Me encantaban los árboles que estaban desperdigados por toda la ciudad. Caminé hacia la Iglesia San Ignacio. Cuando llegué, con el celular como libretita, me dispuse preguntar. Estuve varias horas dando vueltas, y cuando me estaba por dar por vencida, escuché como una voz me llamaba por atrás.

—Vos querías saber de esa cosa rara que está en la Laguna, ¿No? Nadie sab nada de eso nena, yo sí. —La mujer ya tenía mi atención—. Lo que te voy a contar es algo muy grave, después de que te cuente no va a haber vuelta atrás.

Suelo remitirme a las fuentes como recurso determinante de credibilidad, pero estaba  desesperada. Accedí a su relato, y me dijo que desde hacía muchos años existía guardado un secreto entre los políticos y policías municipales. Me contó por lo bajito, nerviosa (asegurándose de que no la escucharan) que hacía un par de años se habían hecho unas compuertas en la laguna, y que a partir
de entonces la pesca había escaseado; también, que al bajar el nivel del agua del Río Salado ella misma encontró fósiles extrañísimos, que en un abrir y cerrar de ojos ya no estaban; que en las profundidades de nuestra laguna habitaba un ser sigiloso y mortífero, que seducía a sus víctimas con la curiosidad, invitándolos a ingresar al agua. Quién se imaginaría que nunca volverían a contarlo, pues los atrapaba por medio de canales sofisticados que se llamaban popularmente “pozos”. Las compuertas eran no más que la jaula que sentenciaba a la bestia para siempre en nuestras aguas, acechando para arrastrarnos con ella. La mujer me escrutaba con la mirada y se veía de pronto lúgubre y frívola. No desistía, y su relato continuaba, espeluznante y siniestro. La bestia habitaba hacía muchos años, escondida donde nadie podía verla...

—¿Viste? ...por donde está el colegio Santa Unión y la galería Boo...—cuando vio que la entendía, siguió—. En la zona más baja había un lugar medio raro. Este era el de los cuatro pilares creados para mantener el edificio, que estaban sobre un canal de agua subterráneo, y tenían muchas bifurcaciones de túneles que se extendían por toda la ciudad. Lo último que escuché es que por ese lugar fue donde los policías tuvieron que contener a la bestia... después nunca más se volvió a saber nada. Amuraron las entradas a ellos y los policías eran extrañamente transferidos. Los accidentes en los pozos aumentaron, aparecieron las compuertas... y las políticas de ocultamiento.

—¿Los túneles están conectados con la laguna y el edificio entonces? ¿Los fósiles demuestran que hay más de una bestia?

—Nena, no hables nunca más de esto. No me  mencionés mientras siga acá, la verdad es que yo...—la campana de la parroquia San Ignacio había sonado. Me miró muy fijo y se alejó. Conmocionada, la vi perderse en el remolino de personas apropincuadas en la puerta de la iglesia con sus lapiceras defectuosas y su sonrisa cansada, mientras, a sus espaldas, el popular “¡Pedís más que la pepa!” se iba comentando entre los que allí se encontraban.

Mientras volvía a mi casa, pasé por el edificio Boo... fue entonces cuando un viento me revolvió los cabellos, en la conocida esquina de los vientos. No me preguntes por qué, pero sentí cómo la bestia me susurraba que no eran solo inventos... sentí su aliento en mi nuca, y un cosquilleo me recorrió ¿Podría ser
que nuestra cotidianidad se viera tan marcada por esto?

Nunca más abrí la boca, hasta hoy.