Radios Escolares

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El manicomio

Autora: Delfina Mesa. Colegio ICADE, Pergamino

Creado: 26/05/2021 | Actualizado: 16/11/2021

Un día como cualquier otro me levanté con el cantar del gallo de Don Julio, mi vecino, ese sí que era un gallo loco; prendí la radio y cuando me quise acordar era tarde y yo tenía que llegar a la boutique. Me acomodé los pelos a la bartola y partí.

En el camino vi pasar al alcalde en su coche lujoso por lo tanto no sería muy temprano y al mirar el reloj de bolsillo que llevaba siempre conmigo lo confirmé, no llegaba con el tiempo, hice tripa corazón y enfrenté un atajo, tenía que pasar por el temible loquero. Mientras me acercaba al final de semejante lugar me topé con una mujer; la anciana olía a humedad y orín de gato, vestía una pollera marrón toda manchada y una camisa de flores moderna pero rota y mal remendada, su sonrisa era totalmente desagradable debido a sus pocos dientes amarillos y picados, las arrugas faciales hacían notar sus setenta y pico de años, su nariz con forma de gancho era gigante, y lo que llamó completamente mi atención fueron sus ojos; esta mujer tenía una mirada perdida, desolada y su iris era de un color indescriptible, horroroso, un color nunca antes visto, un color que ni en las peores de mis pesadillas había aparecido. En ese momento, mi vista se nubló pero seguí caminando como si nada hubiera pasado.

Luego de un día agotador en la tienda comí un poco de arroz con leche y fui a la cama; no pegué un ojo en toda la noche, no me podía sacar de la cabeza aquel color inefable, desagradable, y traumático, lo veía en todas partes, lo veía correr por mis venas y sentía que no podía más, me lo quería arrancar y ver si de esa manera finalizaba con esa tortura. Estuve dos días padeciendo ese tormento. A la tardecita del tercer día llame a la operadora desconsolada para comunicarme con un doctor muy conocido que trabajaba en el loquero y de esa forma contarle lo que había visto en ese lugar; Ricardo Pérez se llamaba, me dijo que tenía un lugar así que en media hora estaría en mi domicilio. Preparé la toalla blanca de granité y sonó el timbre. Nos pusimos a charlar y le conté mi situación, él me dio un inyectable que sacó de su maletín y me dijo que con eso se me pasaría e iba a poder descansar en paz y armonía como solía, accedí, y fue ese el instante en el que mi vista se volvió a nublar y caí como una bolsa de papas sobre el suelo. 

Cuando abrí los ojos y me reincorporé a la realidad estaba en aquel lugar, en el lugar con paredes de colchones donde encerraban a los locos, según lo comentado en el barrio, yo estaba atada en una especie de camiseta, chaleco de fuerza creo que se llamaba. Me puse a gritar para ver si alguien me rescataba, claramente yo no debía estar ahí, yo no estaba loca, solo que mi cabeza no paraba de pensar en ese color; fue entonces cuando ingresó esa vieja culpable de mi nuevo trastorno, sus ojos brillaban más que la otra vez, eran tan fuertes como una fosforescencia de otro mundo, de un color inédito. La mujer susurró algo que ante tanta desesperación no pude escuchar y se marchó. Apenas volví a estar sola en ese lugar tan feo, empezó a desprenderse de las juntas de los roñosos colchones la luz fugaz de color ignoto y fue tan fuerte, tan impactante, tan penetrante que no pude ver más nada.

El lunes siguiente mi nombre, Noemí Romero, se dio a conocer en el diario “El Tiempo”. 

 

MISTERIOSA DESAPARICIÓN  

Desde el pasado día martes, la policía local sigue investigando la desaparición de Romero, Noemí (26). La última vez que se la vio fue el 3 de septiembre de 1980 en la vereda del Servicio de Salud Mental H.I.G.A “San José” de esta ciudad; desde esa tarde no han tenido ningún rastro de la joven, sin embargo la búsqueda continúa.