Radios Escolares

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El ritual

Autor: Joaquín Gonzalez.. EEST N°3, Necochea

Creado: 26/05/2021 | Actualizado: 16/11/2021

No sabía cómo había llegado, el circuito de la salud estaba frente a él. El viento le susurraba en la piel mientras la tierra y las piedras se metían entre los dedos de sus pies. Por reflejo, llevó sus manos alrededor de su piel desnuda, protegiéndose del frío aunque no lo sentía. El zumbido de su cabeza se aclaraba, mientras caminaba sin un rumbo definido. Podía escuchar los autos pasar por la avenida 10 y veía el leve resplandor de las viejas lámparas públicas de Necochea que lograban atravesar los árboles.

Trató de recordar qué lo había llevado a ese lugar pero no recordaba nada, lo único que ocupaba su mente era ese sonido, un susurro lo suficientemente leve para mezclarse con el sonido del viento. Pensó que debía volver, regresar a su casa. Sus pies caminaban hacía dentro del parque, sumergiéndose en las sombras de la noche, entre árboles y malezas.

Continuó por el camino de tierra, esquivando las raíces que sobresalían del suelo y continuaba por su camino. En algún momento el zumbido se transformó en una risa. No era suya, pero tampoco era completamente de otra persona. A lo lejos, lo que parecía ser una señora vestida de blanco lo invitó a seguirla. Su mente consideró regresar, pero sus pies lo ignoraron, siguiéndola. Se desvió del camino y pasó por debajo de unas barras de metal que servían para hacer ejercicio. Bajó una colina sin mirar el suelo, sus ojos estaban fijos en el resplandor de la mujer, en cómo su pelo oscuro se aclaraba por una luz blanca que parecía salir de ella. Subió la colina y ahí estaba.

Había oído las historias y lo había visto de día pero, a la luz de la luna y las estrellas, el lugar era totalmente distinto. Los ojos tallados en los árboles estaban cubiertos de pintura roja y manchas negras. En puntos dispersos, pequeñas velas iluminaban el lugar, tiñendo de dorado los restos del suelo hecho de cerámico, lo único que quedaba del viejo baño. Cuando vio el suelo, notó que estaba manchado de la misma pintura roja que los árboles. Las historias decían que, por las noches, varios jóvenes se juntaban a practicar rituales macabros, destruían cuerpos de animales y personas con un fin que nadie conocía. Ahora él estaba ahí, observando la oscuridad. Su cuerpo entero se erizó ante el frío contacto de la señora de blanco. Se alejó de su alcance, aterrado notó que, en donde debían estar los ojos, solo había dos manchas negras, grotescas y deformes.

-No debes temer -dijo ella, con una voz tranquila-. Será mejor que te acostumbres.

Él trató de hablar, pero un dolor le cortó las palabras. Poco a poco, el frío llegó a él, su piel se erizó ante la brisa nocturna y sus ojos se acostumbraron a la oscuridad.

-Desperté en el parque, -siguió hablando la señora- no tenía ropa, tampoco parecía importarme.

De la oscuridad comenzaron a aparecer siluetas, personas con el rostro escondido debajo de una capucha.

-Pensé en volver, pero no pude, en algún momento llegué aquí.

Él trató de correr, de salir de ese lugar, pero el mismo dolor de antes lo retuvo.

-Cuando entendí lo que estaba pasando, ya era demasiado tarde.

Las siluetas mostraron sus manos y él pudo ver varios objetos filosos en la mayoría de ellas.

-Y luego me hicieron esto. -concluyó ella señalando sus ojos.

Él gritó, esta vez nada se lo impidió. Pero cuando lo hizo, ya era demasiado tarde, su cuerpo cayó frío y más pintura roja tiñó el suelo.