Radios Escolares

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Esperando el colectivo

Autor: Tiziano Szayner Allevato. Instituto Justo Santa María de Oro, Berisso

Creado: 21/05/2021 | Actualizado: 16/11/2021

Aprecio caminar por las calles de mi ciudad, zigzaguear por los brotes y flores que crecen entre algunas de las baldosas más antiguas. Durante el trayecto, disfruto encontrarme con algún que otro edificio centenario que suspire melodías, conglomeraciones de instrumentos divertidos que me transportan a las verdes colinas genovesas o a algún bar oculto de Berlín. Cosas como esas son las que me hacen disfrutar de pasear y volver, por las tardes, del colegio; también me recuerdan que mis abuelos me acompañan a donde voy.

La fragancia de las calles húmedas de primavera me provocaba escalofríos, había llovido durante la  noche y los charcos reflejaban una ciudad dormida. Mientras caminaba bajo las luces doradas de los faroles de mi barrio, aún combatía con mi sueño y las ansias de echarme una cabezadita en las mesas del comedor de la escuela. Recordé, en ese entonces, lo bien que la había pasado con mis amigos la noche del anterior sábado en la gran fiesta; bajo esa enorme carpa miramos atentamente cómo coronaban a las reinas mientras comíamos helado. Había sido un espectáculo memorable. A mí, personalmente, me sorprendía y me llenaba de un sentimiento de admiración el ver representadas sobre el escenario esas danzas que habían sido transmitidas de generación en generación. Sin dudas, el mejor momento del año era ese en el cual todos nosotros recordábamos nuestras raíces y les rendíamos tributo a los ancestros, celebrando con alegría aquellas tradiciones que heredamos de ellos.

Al llegar a la parada en el parque, me senté en el banco y cerré los ojos. Traté dendescansar un raton antes de que el ómnibus pasase. A esas horas de la mañana donde no se apreciaba ni un vestigio del sol, tampoco se alcanzaba a oír casi ningún sonido salvo el de las llantas de los coches que pasaban por la avenida Montevideo y, a veces, el latido de tu propio corazón. Yo era el único en el parque a esa hora, por eso me resultó extraño escuchar esa melodía tan pintoresca que perturbó mi descanso. Abrí mis ojos y noté la ausencia total de gente a mí alrededor. Faltaban aún unos diez minutos para que pasase el colectivo así que decidí curiosear por el parque, buscar la fuente de esa música tan entretenida.
Bajo los árboles que lloran, me percaté de que una luz cálida se asomaba entre las grandes cortinas de la carpa blanca. La cual iba a ser desarmada en el período de esa semana, pues la fiesta había terminado hacía ya unos días. Me sorprendí al presenciar este raro acontecimiento, ¿acaso los obreros estaban trabajando dentro a estas horas? Como no tenía nada mejor que hacer, decidí aproximarme. Al acercarme cada vez más a la carpa, me di cuenta que esa melodía que irrumpió mi descanso provenía de dentro. Corrí la lona y nada más alejado de lo que me esperaba fue lo que me encontré ante mis ojos. Para cuando me quise dar cuenta me encontraba sumergido en una red colorida de personajes de lo más grotescos, mientras una variedad de olores exóticos me extasiaban y me hacían salivar. El humo de las ollas hirviendo se mezclaba con las luces del escenario, alumbrando a los bailarines más precisos que había visto en mi vida; danzaban esa melodía griega que había escuchado minutos antes. No me convencía nada de lo que veía, pero sumado a eso, era el hecho de que las personas que allí se encontraban no eran comunes: hombres con sacos enormes y sombreros con plumas; mujeres con turbantes y otras con vestidos bordados; los pequeños niños con boinas jugueteando por allí con sus caballos de madera. Todos allí hablaban lenguas que yo desconocía. Fueron esos segundos, que parecieron horas, cuando comprendí que me encontraba rodeado de todos aquellos a los que nosotros íbamos a visitar a las tumbas que eran eclipsadas por los sauces más antiguos en el cementerio.

Para cuando pude reaccionar a todo lo que había presenciado, me encontraba subiendo al ómnibus y pagando el pasaje. Todo se había desmoronado en cuestión de segundos, pero se había sentido muy real. Pasaron meses y aún no sé decir a ciencia cierta si ese acontecimiento fue o no un acto de mi mente adormecida. Pero si algo sé, es que la imagen de cuando corrí esa lona la tengo pintada en mi consciencia como un cuadro que nunca voy a olvidar. También entiendo, que cada vez que mire a las estrellas y piense en mí querido abuelo, voy a imaginarlo como espectador de esas fantásticas danzas en primera fila.