Radios Escolares

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Fugitivo reflejo del final

Autora: Inés Morena Gorla Santisteban. EES N°7, Lujan

Creado: 10/11/2021 | Actualizado: 16/11/2021

En un pequeño pueblo de la ciudad de Luján, las noches de invierno son más frías  que en el resto de la inmensa Buenos Aires.

La soledad carece de sentido, cuando tenés compañía las sensaciones cambian, la  existencia se torna sensata.

Cuando compartís una pequeña habitación pintada de celeste claro con una  persona a la que amás más que a ninguna otra porque compartiste todo desde  siempre, incluso el vientre materno, cuando compartís una cama de una plaza con  un cuerpo de igual tamaño que el tuyo y mientras ambos duermen tironean de las  sábanas en una pelea amorosa por conseguir la parte de tela que el otro calentó  con su cuerpo inconsciente. Y te despertás con una sensación de enojo  somnoliento, pero al voltear la cabeza, abrís con esfuerzo los ojitos pegados y ves a  esa persona igual a vos, tan pequeña y tan inmensa con un pijama blanco  exactamente igual al tuyo y todo pasa.

Ya sé que nunca me cansaba de jugar, es que no tenía a nadie más y no quería a  nadie más, porque vos eras todo lo que necesitaba. Perdoname por revolearte  cosas en momentos serios y frente a otras personas, cuando me advertiste que por  mi bien no lo haga. Perdoname por seguirte a donde ibas, aunque me pediste que te  espere en la pieza, pero los días adentro se hacían eternos y a veces la idea de que  a la tardecita volverías a jugar y dormir conmigo simplemente no era suficiente.  Y perdoname por enojarme tanto ese día, si me hubiese podido controlar, si no te  hubiese pegado en frente de mamá, hoy seguiríamos juntos. Es que me habías  dicho que ibas a volver temprano, pero te fuiste a jugar con tus amigos sin decirme y  yo me quedé esperándote todo el día y toda la noche sin dormir, encerrado dando  vueltas en los nueve metros de jaula celeste. Y apareciste a la mañana siguiente  como si nada hubiese pasado y yo corrí a ver si estabas bien con lágrimas en los  ojos y lo único que me dijiste fue que te habías olvidado de decirme y entonces todo  pasó, tan rápido como sólo las peores cosas pasan.

Entonces empezaste a llorar también, ahora sé que no por el golpe, sino porque  sabías lo que nos esperaba. Y como siempre tenías razón.

Al otro día empezó el torbellino de personas desconocidas, de adultos invasores con  micrófonos y cámaras.

Esta vez te hice caso y me quedé todo el día quieto, en silencio, acurrucado en un  rincón, observando la casa llena con mirada asustada, invisible como siempre para  todos menos vos.

No entendía por qué había venido tanta gente a intentar sacarme, con ese humo de  olor extraño y esa agua helada que llaman bendita y al salpicar mi cara se mezclaba  con mis lágrimas tibias. Y yo te veía en el otro extremo de la casa también llorando,  por mi, por mi sufrimiento demasiado inerte, porque ya era tarde, y te escuchaba  decirles a los que te acosaban a preguntas sobre aquel ser espectral que siempre te  seguía que todo estaba bien, porque todo estaba bien, pero sólo nosotros lo  sabíamos.

Y cuando me dirigiste esa sonrisa que pretendía transmitir tranquilidad, se te escapó  el reflejo del final.

Y entonces entendí todo.

Ya hace tiempo no vivo.

Sólo vos me mantenías acá, sólo para vos estoy acá. Ya sé que vos lo sabías, y  tranquilo, no estoy enojado porque no me lo dijiste, fui yo el que no me di cuenta, el  que pensó que era posible vivir por el mero hecho de que alguien te ame.

Nacimos juntos y compartimos una realidad perfectamente irreal, pero ahora  entiendo todo, y sé que este no es mi sitio, que debo irme a ese lugar donde las  almas se reúnen y el tiempo no corre y dejarte vivir, vivir de verdad, que la  habitación celeste es muy pequeña y que la cama de una plaza nos quedó chica.  No te preocupes por mí, me voy caminando todo lo que nunca caminé a ese lugar  que vos siempre me dijiste era mejor. No lo entendía, pero ahora lo entiendo, y por  eso me voy feliz.

En un pequeño pueblo de la ciudad de Luján, las noches de invierno son más frías  que en el resto de la inmensa Buenos Aires, pero tranquilo, porque me llevo puesto  el pijama blanco y en una mochilita nuestra manta cuadrillé.