Radios Escolares

Volver

La estancia de Wassermann

Autora: María Sol Lorenzo. EES N°5, Carmen de Patagones

Creado: 26/05/2021 | Actualizado: 16/11/2021

—Está embrujada —le susurró su acompañante, mientras ambos se ocultaban detrás de unos yuyos—, y el que la cuida está loco.

Los estrechos ojos del cuidador escudriñaban el patio trasero del caserón, en busca de los dueños de aquellas risitas que lo habían atormentado toda la tarde. Se rindió al cabo de unos instantes, entrando otra vez por la imponente puerta de madera.

La estancia era una casa de campo en el medio de la isla de Bahía San Blas. En su momento de gloria fue una obra arquitectónica digna de admirar, en la que vivía la familia millonaria que fundó el pueblo.

Ahora, muchísimas décadas más tarde, se había reducido a un edificio en decadencia. Las malezas trepaban sus muros, y las persianas de madera que ocultaban el interior para los ojos curiosos se derrumbaban con apenas un roce, dejando a la vista los misterios del lugar. Los sectores más alejados estaban llenos de escombros, pero la casa principal, donde habitaba el velador cascarrabias, se alzaba intacta.

—Wassermann tenía mucha plata, por eso los nazis lo querían matar—prosiguió, aún en susurros, queriendo darse un aire confidencial.

— ¿Nazis? Pero estamos en Argentina...— le debatió el otro

— ¡Sh! Escuché venir a alguien— guardaron silencio apenas unos segundos. No venía nadie en realidad, mas Erwin era el hermano mayor y no le gustaba que Mario lo cuestionara—. Pero era judío, lo persiguieron. No entendés nada vos, ¿me vas a dejar contarte o no?

— ¡Si, si! Perdón, contame.

Se iban aproximando poco a poco a la estancia, como podían, agachados para que no fueran descubiertos. Erwin decía que había un tesoro en el sótano. Mario tenía miedo, pero no podía volver solo a casa. 

—Los nazis los atacaron, y mataron a la esposa— siguió—. Wasserman se volvió loco. Les echó la culpa a los hijos, y ahogó a dos en la pileta. Esa que vimos cuando veníamos, ¿te acordás? Está llena de porquería ahora, —parecía complacido de haber estado tan cerca de un lugar en el que se cometió un crimen atroz. El menor, por el contrario, estaba temblando—, a la noche se los puede escuchar llorando.

—Erwin, ¿podemos volver ya? No me gusta estar acá.

Los ruegos del niño eran en vano, porque siguió siendo arrastrado. Cada vez más cerca, a apenas unos metros de una ventana.

—Pero antes de que mataran a la madre—hizo oídos sordos, observando con detenimiento la persiana. Quizás, si le daba un golpe en el medio, cedería. Pero el ruido atraería al viejo vigilante—, escondió sus joyas en un lugar del sótano, ¿sabés cuánto salen esas joyas? Una fortuna.

—No me importa, nos van a ver y nos van a retar— insistió, tirando de la manga de su camisa. Tenía los ojos húmedos, al borde del llanto.

Harto y enojado por lo cobarde de Mario, Erwin le dio una patada fuerte a la madera, que se partió como si fuese papel.

¡BAM! El estruendo fue tan fuerte que los pájaros de los árboles más cercanos salieron volando aterrados.

El cuidador acudió de inmediato, casi omnipresente. Su oscura mirada revisó con amargura los daños, con cierto pesar. Cualquier cosa rota era irreemplazable. Buscó a los culpables, pero los dos niños parecían haberse desvanecido en el aire. Resignado, se dio media vuelta y volvió a entrar.

—Padre nuestro que estás en el cielo...— se lo escuchó rezar cuando atravesó la puerta.

Desde adentro, una de esas horrorosas pinturas antiguas lo atormentaba. Eran dos niños. Uno tenía una expresión burlona. El otro estaba espantado.