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La galería de madera

Autor: Francisco Contreras. Instituto Juan Segundo Fernandez-Don Bosco, San Isidro

Creado: 26/05/2021 | Actualizado: 16/11/2021

Había comenzado a trabajar en esa hermosa galería de madera de la calle Belgrano, zona céntrica de San Isidro, con un agradable paseo, asientos de roble y macetas floridas. Me daban treinta minutos para almorzar y me sentaba en un banco mientras me relajaba y disfrutaba de mi almuerzo. Fue en ese momento que lo vi por primera vez, ese hombre, sentado en un banco alejado, su postura curva, inclinado hacia adelante, los brazos cruzados y la mirada fija en un punto. Resultaba extraño a la vista, por su inmovilidad imperturbable, como si formara parte de la decoración de ese lugar.

Cada vez que iba a almorzar, lo veía, siempre en la misma posición, con la misma ropa y descubrí que, aunque la gente lo observaba y sentía curiosidad, parecía que no así los animales, ya que los pájaros se posaban en él como lo harían en un árbol, y los perros que pasaban por allí, algunas veces lo olían y luego levantaban su pata para orinarlo. Pero seguía quieto, ausente de lo que pasaba a su alrededor.

Un día decidí acercarme y preguntarle:

- Hola amigo, ¿todo bien?, ¿necesitas algo? No hubo respuesta.

Ya me había acostumbrado a verlo, a tal punto, que antes de dar un bocado, primero debía cerciorarme de su presencia.

- ¿Me estaré volviendo loco? ¿Por qué es tan importante para mí verlo allí?

Fue pasando el tiempo y aunque hubiera sol o lloviera siempre era igual.

Al cabo de unos meses, y siempre con la misma rutina, conseguí mi efectividad en ese trabajo, pero descubrí con gran asombro que el hombre ya no estaba donde siempre. Me sentí inquieto, y preocupado al instante, algo me faltaba, ya no quería almorzar.

Necesitaba su presencia, así que me di vuelta buscándolo con la mirada en la galería y al no encontrarlo me acerqué a donde él solía sentarse. Miré fijo el asiento, y casi sentí la obligación de sentarme, sin proponérmelo y muy despacio, mi cuerpo se ubicó en el asiento, en forma automática e involuntaria, la postura curva, los brazos cruzados, y la mirada fija en un punto....

Ya estaba ahí, presente pero ausente, algunos me miraban y otros ni se percataban de mi dolorosa presencia como si me hubiera convertido en parte de la galería de madera.

galería de madera