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La Savedra Lamas

Autor: Tomas Nahuel Aquino. EEST N°2, Pilar

Creado: 26/05/2021 | Actualizado: 16/11/2021

Muchas historias suelen transmitirse de boca en boca, pero solo algunas logran traspasar los límites.

En la localidad de Presidente Derqui poco se conoce de la historia de la Saavedra Lamas.

Pasé muchos años de mi servicio en el destacamento policial de Santa Ana y hemos visto muchas cosas raras, pero recuerdo una que me dejó marcado de por vida:

Era una noche tranquila de miércoles; día de semana a las 2 am, sin mucha gente circulando, con Raúl mi compañero de patrullas estábamos compartiendo mates y charlando como de costumbre cuando algo llamó nuestra atención en el transcurso del viaje. Vimos un destello en medio del taciturno ambiente de la noche.

En ese momento decidimos investigar. Aceleramos el móvil por la ruta hasta toparnos con la imagen que nos dejó impactados; una mujer de aproximadamente 70 años con ropas blancas y descalza, caminaba por el pavimento. Un poco extrañados decidimos acercarnos a preguntarle cómo estaba.

Raúl sentado del lado del acompañante la interpeló:

- buenas noches señora, ¿se encuentra bien?

Sin respuesta, y un poco preocupado él insistió:

- ¿Tiene algún familiar al cuál llamar? ¿Está perdida?

Apenas mi compañero terminó la oración, la mujer que hasta entonces veía el campo, dirigió su intensa mirada hacia nosotros. Con unos ojos más oscuros que el mismo infierno...

(Hasta el día de hoy los recuerdo y me estremezco)

Y, con una voz espectral escupió:

- ¡ustedes! ¡ustedes son los culpables de lo que me pasa!

Ambos, con la piel erizada, vimos atónitos como esa mujer se adentraba hacia el sombrío campo a nuestra derecha. Muy sorprendidos, aún sin saber como reaccionar mi cuerpo se movió solo y comenzamos a seguirla con el patrullero.

Raúl había quedado paralizado, pero al ver que nos movíamos dijo:

- ¡qué hacés!¡volvamos a la comisaría, esto no es normal!

Mi cuerpo no me obedecía; como hipnotizado perseguía a la misteriosa mujer que se adentraba cada vez más en los altos pastizales hasta casi perderla de vista. Mi pie presionaba muy fuerte el acelerador, entré en pánico; divisé que estábamos yendo a una velocidad mayor a los 100 kilómetros por hora.

En la desesperación que teníamos, mi compañero pegó un volantazo. Intentamos mantener el control del móvil. Este hizo un movimiento brusco y en cuestión de segundos, el mundo giró.

Raúl estaba inconsciente, yo solo un poco herido, intentaba salir del vehículo, rompí mi ventana - ¡aaaahg! -exclamé al cortarme la pierna con un vidrio.

Palpé mis bolsillos hasta encontrar mi teléfono y llamé una ambulancia pensando en mi compañero que estaba en muy mal estado.Tardaron media hora en encontrarnos, ya que, estábamos a 1 km de la ruta.

Siguieron el sendero que dejamos al entrar al campo, les conté lo que había pasado a la gente del S.A.M.E, ellos, incrédulos, dijeron que estaba en shock por el accidente.

Pasados unos días en el hospital, Raúl despertó y decidió dejar el trabajo por la traumatizante experiencia.

Yo seguiría trabajando allí, en mi ciudad natal a la que quería proteger desde chico.

Hablé con el Comisario, le conté todo lo que había pasado esa noche:

- hay que tener cuidado acá de noche pibe. Me dijo con voz firme.

- ¿Eh?- Contesté sintiéndome raro por sus palabras.

- A quien vieron esa noche, fue a la Dama de blanco, yo la conozco, ronda por los alrededores hace muchos años. Se dice, que todo aquel que la mire, se pierde en el campo y su cuerpo nunca es encontrado. Ustedes tuvieron mucha suerte también.

Esa noche volví a mi hogar cansado, sin embargo, me puse a pensar en lo dicho por el comisario y en aquello, hasta quedarme dormido.

Hoy soy el subcomisario, mucho tiempo pasó desde el accidente en el campo, aunque, cada vez que tengo que hacer guardia de noche en esa fría y lúgubre ruta al costado del campo, siento esos ojos clavados en mi espalda...

No los veo, pero sé que están ahí. Me observan y buscan llevarme hacia su terreno para, vaya saber qué. Lo sé porque cada vez que miro hacia la oscuridad siento como un susurro que resuena en mi cabeza y dice:

“te espero, Adrián” .