Radios Escolares

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Letras doradas

Autora: Julia Anahí Videira. Instituto Don Bosco, Villarino

Creado: 26/05/2021 | Actualizado: 16/11/2021

Era de noche, los alumnos se preparaban para ir a dormir. En la habitación se escuchaban bromas, gritos y algunas canciones. El encargado acababa de pasar dando la última advertencia, debían dormirse ya.

En el sector más alejado de la habitación, justo al lado de la última ventana había un niño apartado del resto, su nombre era Atilio. Se encontraba en su cucheta, admirando parte del patio de la escuela y del campo. Pronto, los alumnos se dirigieron a sus camas y rezaron la oración antes de dormir.

La habitación estaba sumida en un profundo silencio. Atilio miraba a través de la ventana intentando conciliar el sueño hasta que de pronto, algo irrumpió en el paisaje. Al principio solo veía una borrosa sombra negra, pero luego logró distinguir un sacerdote, se lo veía apresurado y miraba hacia los lados repetidamente. Era muy tarde. Sabía que no era de su incumbencia, pero no pudo evitar preguntarse qué haría el sacerdote en el campo a esas horas. Cuando sus ojos comenzaron a cerrarse, el párroco apareció trayendo alg consigo. Atilio fue capaz de ver lo que llevaba cuando se movió en dirección al campo. Era un libro, de tapa azul opaco con letras de un brillante dorado.

Durante la semana, buscó al sacerdote sin encontrarlo. Cuando las esperanzas del joven se habían esfumado, lo vio pasar por la galería y decidió ir tras él. Subiendo las escaleras se topó con otro sacerdote, el Padre Pablo. Él le sonrió y le dio un caramelo que sacó de su bolsillo. Atilio le agradeció y le preguntó por el Padre Juan. El sacerdote le dijo que lo había visto ir hacia la biblioteca y hacia allí se dirigió el joven.

Al llegar a la biblioteca se encontró al Padre Juan sentado leyendo, se le acercó y le preguntó por el curioso libro. El sacerdote rió nervioso, lo cerró sutilmente y cambió el tema de la conversación. Hablaron de la biblioteca y del colegio hasta que llamaron a Juan y se fue por un momento. Esos segundos bastaron para que Atilio corriera hacia el libro. Las letras de la tapa eran aún más brillantes de lo que había podido observar desde su ventana. Resultó que estaba escrito en algún dialecto antiguo del latín que él desconocía. Solo pudo reconocer dos palabras: “profecía” y “sueño”.

Atilio estaba tan absorto por la enigmática belleza del libro que no se percató de que alguien había entrado. Solo fue capaz de levantar la vista de sus hojas cuando el Padre Juan lo cerró bruscamente. El alumno no sabía cómo justificar su accionar. El Padre Juan negó suavemente con la cabeza y con voz baja pero firme le dijo: – Asegúrate de rezar tres padres nuestros antes de dormir- Sin más, tomó el libro y se marchó.

Esa noche, el joven rezó los tres padres nuestros y se acostó. Podría jurarles que intentó dormirse con todas sus fuerzas, que estaba mirando desde su cucheta de casualidad, y que cuando vio al sacerdote ir hacia el campo lo primero que pasó por su mente no fue seguirlo, aunque lo hizo.

Sigiloso, Atilio siguió al Padre Juan y se escondió detrás de una higuera para pasar desapercibido. Solo se escuchaba el correr del agua del Río Colorado. Cuando volvió a espiar al sacerdote, lo encontró tendiendo el libro de letras doradas hacia una luz plateada destellante, mientras musitaba algo en algún idioma desconocido. De pronto, se escuchó un sonido, suave como e tintineo de una pequeñísima campana. El padre Juan miró hacia él. Lo que sucedió después fue tan repentino como inexplicable. La luz desapareció, y el sacerdote cayó al piso. Desesperado, Atilio corrió hacia él con todas sus fuerzas y de repente, se despertó.

Estaba en su cama, sin rastros de haber abandonado la habitación ni de haberse adentrado en el campo esa noche. Creyó que todo había sido un sueño, aunque ansiaba hacerle un par de preguntas al Padre Juan. Sin embargo, no había rastros de él. Atilio preguntó a muchas personas si l habían visto, pero solo obtuvo miradas extrañadas seguidas de comentarios como “No conozco a ningún Padre Juan”. El joven corrió hacia la enigmática biblioteca y buscó exhaustivamente, sin encontrar nada.

Atilio siguió con su vida, pero ese misterio siempre rondó en su mente. Estuvo presente en su graduación, al tomar los hábitos y también, 30 años más tarde, cuando un alumno llamado Juan acudió a él diciendo que había visto un curioso libro en la biblioteca, y ahora no podía encontrarlo. Atilio le preguntó cómo era el libro, la única respuesta que recibió fue: de brillantes letras doradas.