Radios Escolares

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Ruinas

Autora: Morena Celiz Fisher. EES N°2, Coronel Dorrego

Creado: 26/05/2021 | Actualizado: 16/11/2021

Su cuerpo se tensó. Dijo que no sería fácil para él revivir aquel momento pero, a causa de mis insistentes pedidos, comenzó a hablar.

Era un 12 de agosto. Mis amigos y yo habíamos invertido toda la tarde en armar la carpa y en comprobar más de una vez que teníamos todo lo necesario.

Hacía frío, pero no nos importó, estábamos decididos a acampar en el antiguo paraje “La Fe” aquella noche, lugar donde comenzó la historia de Coronel Dorrego.

La velada transcurrió entre risas y anécdotas.

De pronto, escuchamos el chillido del tren al detenerse. Alguien bajó y quedamos inmóviles. Aun sin linterna pudimos ver cómo se acercaba. Era un hombre robusto, vestía un largo saco, zapatos y un sombrero, todo de un mismo color: negro. En su mano izquierda sostenía una maleta, daba la impresión de cargar poco peso. Con una mirada comprendimos que era momento de escondernos.

Se fue acercando a las ruinas. Sin balbucear, dejó la maleta apoyada en una de las viejas paredes y dio la vuelta dispuesto a marcharse.

Estábamos a punto de salir de nuestro escondite, cuando una fuerte correntada de viento voló el sombrero de aquel visitante.

Los altos eucaliptus se sacudieron y se escuchó el crujir de varias ramas secas. A la vez, el tupido pastizal se vio peinado por aquella ráfaga sureña. De entre los tamariscos se escuchó chistar a un búho y al instante una bandada de palomas salió espantada con el rodar del sombrero

Se me aceleró el pulso. Dos ojos blancos nos miraban, una sonrisa burlona y la baba cayendo sobre el cuello del saco negro. El hombre giró hacia nosotros, dejando a la vista sus dos caras: ambas rieron de forma malvada. Y desapareció...

El tren volvió a arrancar. Con la respiración entrecortada, pálidos y sin emitir palabra, nos acercamos a la maleta. Sabía que no debíamos abrirla, pero se me adelantaron. De pronto el silencio se convirtió en llantos y gritos de horror provenientes del interior de aquel objeto... Se oían mujeres y hombres pidiendo ayuda, niños llamando desesperadamente a sus padres.

No he vuelto a ir desde ese día- dijo intentando de recomponerse.

En ese momento sentí la baba caer sobre mi espalda. Mi querido amigo... Si tan solo supieras la razón por la que no me quito este sombrero. Si te imaginaras, al menos, la bestia que escondo detrás de él.