Radios Escolares

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Secretos de una niñez

Autora: Fabiana Meza Casco. EES N°6, Carlos Casares

Creado: 26/05/2021 | Actualizado: 16/11/2021

Terminó de clasificar las pastillas. Una de cada color en cada recipiente. Tenía los frascos numerados y los compartimientos referentes a cada uno de los pacientes.

Ella les decía pacientes, no porque estuvieran enfermos, sino porque los caracterizaba la paciencia de la edad

Todos eran adultos mayores viviendo en un geriátrico, muchas veces olvidados por sus propios hijos que vivían lejos de allí, dejándolos como niños en guardería que nunca pasan a buscar. Sin embargo, ellos mantenían la paciencia de la  espera... y sus ojos eran el reflejo de la esperanza de un adolescente que velaba por la promesa de un mundo mejor.

Solamente Cora era oriunda de ese pueblo sencillo y humilde como ella lo calificaba.

Hortensia es algo así como el vértice de un mundo que atrapa a los seres que lo habitan. Y el geriátrico de allí junto con la escuela, son el emblema de la localidad: la reunión de los más pequeños y los más viejos, y entre ellos un mundo de historias, de familias, de tierra y girasoles, de vientos y de perros que no son callejeros, porque todos tienen la familia que los cobija. A 50 km de cualquier ciudad, por caminos de tierra muchas veces intransitables, pero también única.  Hortensia es el olvido, pero también es la magia especial que no tienen otros pueblos de la zona, es un aire fresco con olor a algodón (y eso que no hay algodón en el lugar) que atrapa los sentidos, te envuelve y de alguna forma, ya no te deja olvidarla. Esa magia es la que la decidió a mudarse allí e ingresar en el geriátrico como enfermera, y cuando comenzó la labor, los “pacientes” fueron la decisión final. Se dio cuenta  que la magia eran ellos mismos.

Hizo la recorrida, les dio la medicina, los arropó como niños y les dio el beso de las buenas noches. Eran solo siete: Inesita, Candelaria, Ruperto, Cora y Miguelito.

Una vez que los vio dormirse, se fue a su habitación. Durante la noche quedaba ella sola. Cansada, dejó su reloj pulsera en la mesita de luz (como si con eso detuviera el tiempo) y se dejó caer en la cama invadida por un profundo sueño. La luna comenzaba a rendir su primer destello por el aire luz del pasillo. Sofía, ya era parte de otro tiempo....

Por aquellas épocas de niñeces, todos los días eran el día del niño, salir a la calle y correr, no parar de correr, tomar la  merienda en la casa de los amigos, jugar a la rayuela, una rayuela dibujada en la tierra o simplemente imaginarse patinadores olímpicos en la escarcha que se formaba en frente de este geriátrico.

Como a todo niño nos gustaba festejar y ponernos la ropa “dominguera”, esa ropa que estaba reservada para una  ocasión especial, que bien acompañada estaba por unos zapatitos de charol.

Niñez Hortensiana, etapa de libertades y no de encierros, de relaciones entrañables, de recuerdos no desteñidos por el paso de los años.

Siempre regresamos el lugar en el que fuimos felices...

Sofía despertó sobresaltada, hasta pensó que se había quedado dormida y se le había pasado la hora del desayuno, miró el reloj, solamente habían transcurrido dos horas desde que dejó su ronda de trabajo.

Pensó en ese sobresalto que la despertó y en esa pesadez que sentía en su cabeza, automáticamente la asoció a los días previos, a las largas horas de trabajo. Pero no, esa sensación no correspondía a cansancio acumulado, era una sensación de haber vivido una niñez que no era la suya. Dejó de darle vueltas al asunto y continuó durmiendo.

Sonó su reloj, se vistió, lavó su cara y tomó la planilla de “sus pacientes” para comenzar con la ronda. Al llegar al comedor, escuchó que Cora cuchicheaba con Miguelito, entre susurros ella le contaba que se creía patinadora olímpica, que se veía con muy poquitos años, patinando enfrente de ese geriátrico, podía sentir el olor a pasto escarchado mientras patinaba y patinaba.

Sofía se sintió confusa y soltó una gran carcajada, les gritó un “Buenos días señores”, se acercó a Cora y le dijo al oído –“Se te veía hermosa patinando, espero que tu mamá no se haya dado cuenta que te escapaste a esa pista con tu ropa dominguera”.

Cora le respondió (también al oído para que nadie escuchara, ya que ahora
compartían secretos de una niñez), -Trata de acostarte temprano, porque el reto
de mi madre fue largo.