Radios Escolares

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Una paloma y dos lunas

Autora: Morena Sol Stele. Instituto San José, San Vicente.

Creado: 26/05/2021 | Actualizado: 16/11/2021

Un 15 de agosto de 1899 nació Carola Lorenzini en San Vicente, provincia de Buenos Aires. Ella siempre disfrutó del aire libre, aventurarse en la práctica de deportes junto con sus hermanos, pero lo que más le complacía, por sobre todas la cosas, era observar a los pájaros. Podía estar horas admirando el amplio ciel siendo atravesado a cada instante por ellos. Y podía jurar que, con cada movimiento que las criaturas ejecutaban en pleno vuelo, le escribían en el firmamento “acompáñanos”, en bellas letras cursivas que ante sus ojos se veían tan claras como las nubes que manchaban el inmenso celeste.

La admiración se convirtió en cariño, luego en amor y, tras largos años de inconsciente espera, su amor adquirió la forma de una pasión desaforada en el mismo instante en que cruzó el cielo a bordo de un pequeño avioncito, sintiendo el aire frío impactar contra su rostro y viendo a sus queridas aves acompañarla, más cerca que nunca.

Desde aquel glorioso día, la vida de la joven cambió radicalmente y meses más tarde se encontraba dando giros igual de drásticos con aviones como los de su primer vuelo en las alturas.

Su destreza al volar, tan natural como su caminata en tierra, reunió a cientos de personas. Estas, contenían su respiración con súbito espanto al verla bajar en picada directo hacia el suelo y luego liberaban aquel aire en un suspiro, maravillados, al verla remontar hacia el infinito, como si solo se tratase de un enorme pájaro.

Tal facilidad en el aire la llevó a estar en boca de muchos, a romper importantes récords sin darse cuenta, a aparecer en portadas de renombradas revistas.

Y fue con una de estas revistas donde apareció su imagen como portada, que Catalina, la mayor fanática de la intrépida aviadora, abandonó el puesto de diarios y se abalanzó a cruzar la calle a las apuradas, sintiendo cómo la emoción le causaba un inquieto hormigueo por todo el cuerpo. Pero los rulos de su largo pelo se interpusieron entre sus ojos y le impidieron ver a su alrededor, y no logró quitarlos de enfrente antes de sentir un gran golpe al costado de su silueta. El impacto la lanzó despedida directo a la otra cuadra de la calle, donde quedó tendida sobre el asfalto.

Antes de darse cuenta, su espíritu vagaba fuera de su cuerpo inerte y veía a la gente amontonarse alrededor, horrorizadas. Sin sentir una sola emoción, pasó entre la pequeña multitud y se inclinó sobre la revista que yacía a un lado de su rostro, y miró una vez más la imagen de Carola. Si de algo estaba segura Catalina, era de que no podía dar un paso más allá sin conocerla personalmente. Por eso, emprendió viaje hacia donde seguramente lograría encontrarla: el aeródromo de Morón.

Un caluroso domingo, Catalina llegó al lugar de encuentro. Mientras tanto, Carola comenzaba a sentirse nerviosa por no encontrar ni ver en todo el descampado y en el cielo, a un solo pájaro. Aun así, con nervios y todo, se subió a un Focke-Wulf Fw44, dejando atrás las alas con las que siempre emprendía vuelo, y se elevó en el aire tras sentir una inusual ráfaga de viento a sus espaldas que la inquietó todavía más, oyendo al motor del avión rugir con potencia como si ese fuera su propio canto.

Una vez a cientos de metros de altura, la misma ráfaga que tanto la inquietó en tierra, volvió a sentirla allá arriba. Y mientras planeaba, oyó una voz que hizo a su corazón encogerse atemorizado.

“Soñé tantas veces con acompañarte acá arriba que me cuesta creer que este momento sea real”, le dijo la voz sumamente emocionada.

Carola trataba de no perder el control del avión, sin embargo, ante el grito de su mente “¡te estás volviendo loca!”, volteó sobre su hombro para ver detrás de sí y convencerse de que se trataba de su imaginación. Pero para su espanto había una chica de veinte años que le sonreía, con sus rulos castaños al viento y sus tan enormes ojos que la cegaban con un brillo semejante al de dos lunas.

El motor cantó nuevamente alertando a la piloto y al volver la vista al frente se dirigían sin control hacia los árboles. El avión quedó reducido a escombros y Carola Lorenzini murió en el segundo en que los árboles abrazaron al gran pájaro.

Nadie podía creer que la Paloma Gaucha había plegado sus alas. Pero así fue.

Ahora sus restos descansan en el cementerio de San Vicente, donde más cerca de lo que le gustaría, descansa también una joven con el nombre de Catalina inscript en la lápida.