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Autor: Ezequiel Sciain Piraino. Instituto Pater C.E, Quilmes

Creado: 26/05/2021 | Actualizado: 16/11/2021

Una colmada Capital Federal despedía a mi abuelo Elio de una de esas irritantes tardes que nadie quiere volver a repetir. Su total desagrado por los chequeos médicos y las grandes ciudades, lo predispuso de mala manera ante aquel forzoso viaje. Él siempre fue un tipo de barrio, donde la mayor conglomeración de gente se daba los domingos a la mañana en la carnicería, y si eran más de 7, ya era todo un acontecimiento. Lo que desató su furia aquel día no fueron, sin embargo, los chequeos ni aquella temible hora pico en Capital Federal, sino que fue culpa del idiota del estacionamiento:

- ¡Me excedí solo cuatro minutos! ¡Una hora y cuatro minutos dice el papelito! ¿y vos me estás diciendo que tengo que pagar las dos horas de estacionamiento completas?

- Señor, le repito, no es mi culpa que el sistema funcione de esta manera, si no desea abonar por favor hágase a un lado y déjeme seguir trabajando.

- Por supuesto que me voy a hacer a un lado, Ja, ¿Una computadora me va a decir si tengo razón o no? ¿Dónde quedó la humanidad?

Luego de un buen rato de discusión, el reloj había convertido aquellos 4 minutos de tiempo excedido, en 20, y ahora sí que no había excusa. Mi abuelo acabo pagando, resignado, las 2 horas completas de estacionamiento. Esto fue la gota que rebalsó el vaso, aún casi 20 años después del hecho, lo sigue relatando con el mismo fervor que el primer día. La irritación del padre de mi padre se podía reconocer desde un helicóptero. Simplemente hacía falta observar a aquel Renault 12 celeste, que venía a toda velocidad por la Autopista Buenos Aires - La Plata, esquivando autos y tomando curvas como si de mismísimo Fangio se tratara. La bajada de la Autopista en Bernal no existía aún, así que fue el Acceso Sudeste quien se encargó de despacharlo frente a el Triángulo de Bernal.

Cuando por fin llegó al famoso lugar de la forma geométrica, logró tranquilizarse un poco. Pero no mucho eh, que todavía faltaba llegar a casa y contarle a mi abuela lo sucedido, así podrían gozar del gran lujo que es maldecir en pareja a todas aquellas situaciones que te amargan la vida. Decide, sin embargo, que antes de ir para su hogar, daría unas vueltas con el auto por la Plaza de Belén, el espacio verde que tiene a la vuelta de su casa y al cual recurría siempre que necesitaba relajarse y tomar un descanso. Pensó que esto le ayudaría a olvidar aquel mal trago que le había sucedido unas horas antes.

Al llegar, notó que no había un alma. El frío de agosto congeló las ganas de todos aquellos chicos que, en el verano, colmaban la plaza de amigos y gritos de gol. La Parroquia Jesús el Niño de Belén, que es la Iglesia que se encuentra justo en frente de la plaza, se limitaba solo a hacer presencia, pues sus puerta completamente cerradas nos dejaban dilucidar, sutilmente, que hoy no hubo ni habría misa.

Una ligera interferencia en la radio lo hizo detenerse y estacionar el auto. Mientras renegaba con aquel jocoso ruido que le impedía escuchar con claridad el clima del día siguiente, se le ocurrió levantar la vista y dirigirla hacia los juegos de la plaza. Lo que vio, lo dejo sin palabras. De repente, la radio se terminó de enmudecer por completo. Todo lo que le había sucedido a la tarde, parecía totalmente insignificante comparado con lo que tenía ahora frente a sus ojos. Una de las cuatro hamacas de la plaza se balanceaba solitaria de atrás hacia adelante. Se quedó absorto observando aquel suceso insólito, un incómodo sudor frío le recorrió la médula. Tenía a pocos metros de él, uno de esos sucesos que solo parecen ocurrir en las más baratas películas de terror.

No recuerda con claridad cuanto tiempo pasó, pero recuerda aquella hamaca balancearse en un persistente vaivén durante casi 15 o 20 segundos. Estaba paralizado. De un momento para otro, un pequeño golpe sacude la ventana del acompañante y ese sonido bastó para sacarlo de aquel trance. Rápidamente echa un vistazo hacia la derecha, descubriendo, para su sorpresa, que no había nadie ni remotamente cerca que fuera de capaz de haber golpeado su ventana. Más asustado aún, comienza a girar su cabeza de manera frenética buscando testigos, buscando un par de ojos que hayan visto lo que él. Repentina e inexplicablemente, la radio comenzó a sonar nuevamente con claridad, y cuando miró nuevamente hacia los juegos de la plaza, aquella inquietante hamaca se había detenido por completo.

En el momento en que las manos le dejaron de temblar, encendió el auto y, más por necesidad que por placer, decidió dar una vuelta más a la plaza para estacionarse frente a la Parroquia. La Iglesia contempló aquella situación tan muda como de costumbre. Mi abuelo la observó por unos largos minutos, y se despidió. No sin antes persignarse, con más fuerza que nunca.