Palabra clave: «24 de marzo de 1976»
¿Qué palabras permiten narrar el terrorismo de Estado y transmitir su memoria? Palabras clave para una pedagogía de la memoria reúne 50 términos para pensar la dictadura a 50 años del golpe.
Creado: 27 febrero, 2026 | Actualizado: 19 de marzo, 2026
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Las fechas de los seis golpes de Estado que ocurrieron en la Argentina durante el siglo xx son conocidas, pero poco recordadas, con excepción de una: el 24 de marzo de 1976. Ese día comenzó la última dictadura, que transformó la estructura económica del país y puso en práctica un sistema represivo inédito e ilegal conocido como terrorismo de Estado.
¿Cómo se llegó a ese golpe de Estado? ¿Cuál era el clima social y político que existía previamente? Aquel contexto estaba signado por varias conflictividades. A nivel internacional, predominaba la disputa entre Estados Unidos y la Unión Soviética, la denominada Guerra Fría, que enfrentaba dos modelos de organización social contrapuestos, el capitalismo y el comunismo.
A nivel regional, crecían los proyectos inspirados en la Revolución Cubana que anhelaban transformar radicalmente la sociedad en un sentido igualitario, en algunos casos a través de la lucha armada y en otros mediante elecciones como las que se llevaron adelante en 1970 en Chile y consagraron presidente a Salvador Allende y la Unidad Popular. La experiencia chilena concluyó en 1973 con el golpe de Estado encabezado por Augusto Pinochet, uno de los primeros de los que tendrían lugar en el Cono Sur en esa década.
A nivel local, el clima político había estado marcado por la constante alternancia entre dictaduras y democracias y por la proscripción del partido mayoritario, el peronismo, entre 1955 y 1973. Estos elementos habían generado una creciente movilización política entre sectores medios, estudiantes y trabajadores. En 1973, la dictadura que había comenzado en 1966, presionada por estas luchas sociales, anunció las elecciones que fueron ganadas por el peronismo, en una boleta presidida por Héctor Cámpora. Una vez en el poder, Cámpora removió las trabas que impedían que Perón fuera el candidato y volvió a llamar a elecciones. El 23 de septiembre de ese año, Perón, acompañado en la fórmula por su esposa María Estela Martínez de Perón, asumió la presidencia con casi el 62 % de los votos.
Al poco tiempo, en julio de 1974, Perón murió y su esposa quedó al frente de la presidencia, con serias dificultades para lograr el equilibrio político. Las disputas entre sectores del peronismo (quienes querían cambios profundos y quienes creían que había que ir paso a paso), las ansiedades de una sociedad movilizada que anhelaba concretar sus deseos de justicia y la desconfianza de los sectores del poder hacia la vida democrática crearon un clima de inestabilidad creciente. Los efectos locales de la crisis del petróleo de 1973 y las medidas económicas de ajuste de julio de 1975 lo profundizaron más aún.
Por otro lado, desde 1974 comenzó a funcionar una fuerza paraestatal llamada Triple A (Alianza Anticomunista Argentina) conducida por José López Rega, en ese entonces ministro de Bienestar Social. Fue la encargada de intervenir mediante el uso ilegal de la violencia en los conflictos que existían entre sectores políticos contrapuestos, especialmente entre la derecha y la izquierda peronista. Esta última llevó adelante acciones como el asesinato del dirigente gremial José Ignacio Rucci y el copamiento de un cuartel en Formosa a través de la organización Montoneros durante ese período democrático.
En 1975, antes del golpe, se puso en funcionamiento el Operativo Independencia en la provincia de Tucumán con la excusa de vencer al Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), una organización político-militar que pretendía desarrollar un foco revolucionario en el monte tucumano. Con ese pretexto, el Ejército puso en práctica un sistema represivo ilegal que incluyó la desaparición forzada de personas y resultó un anticipo de lo que haría la dictadura. Como parte de la represión se instaló el primer centro clandestino de detención conocido como “La escuelita de Famaillá” por donde pasaron casi 2.000 personas detenidas, en su mayoría trabajadoras y trabajadores de la zona. Otro antecedente similar ocurrió en Villa Constitución, provincia de Santa Fe, cuando en marzo de 1975 comenzó la represión contra los trabajadores de la planta de Acindar y la comisión de mujeres que los acompañaba. Allí se produjeron 150 detenciones y 15 asesinatos.
Estos antecedentes represivos se volvieron sistemáticos y planificados a partir del 24 de marzo de 1976, cuando las Fuerzas Armadas, articuladas con grupos civiles, tomaron el poder y constituyeron una Junta Militar integrada por Jorge Rafael Videla (por parte del Ejército), Emilio Eduardo Massera (Marina) y Orlando Ramón Agosti (Aeronáutica).
A las 3:20 de la madrugada de aquel miércoles 24, las Fuerzas Armadas tomaron el control de la radio y la televisión y emitieron un primer comunicado: “A partir del día de la fecha, el país se encuentra bajo el control operacional de la Junta Militar. Se recomienda a todos los habitantes el estricto acatamiento a las disposiciones y directivas que emanan de la autoridad militar, de seguridad o policial; así como extremar el cuidado en evitar acciones y actitudes individuales o de grupo que puedan exigir la intervención drástica del personal en operación”.
A la mañana siguiente se conoció el “Acta para el proceso de reorganización nacional y jura de la Junta Militar”, que establecía la disolución de los Poderes Ejecutivos de la Nación y de las provincias, del Congreso Nacional y de las legislaturas provinciales; suspendía la actividad de los partidos políticos y los sindicatos; cesaba en sus funciones a las Cortes de Justicia de la Nación y las provincias; y declaraba en comisión a todos los jueces. Además, se consideró que los lugares de trabajo y producción eran objetivos militares, se prohibió el derecho de huelga, se anularon las convenciones colectivas de trabajo, se instaló la pena de muerte para delitos de orden público y se impuso la censura de prensa. Días después, gran cantidad de empleadas y empleados estatales fueron declaradas y declarados cesantes con el argumento de que era necesario realizar un “proceso depurativo de la Administración Pública”.
Aquella madrugada del 24 también pasaron otras cosas. En Tucumán, fue asesinado el primer maestro de lo que sería una amplia lista de docentes víctimas del terrorismo de Estado: Isauro Arancibia, integrante de la Confederación de Trabajadores de la Educación de la República Argentina (CTERA). Había nacido en Monteros y fue maestro rural desde muy joven. La misma noche del golpe recibió 120 balazos y cayó junto con su hermano Arturo, también masacrado.
Ese mismo 24, en la ciudad bonaerense de Roque Pérez, al igual que en otros lugares del país, el Ejército y la policía detuvieron a vecinas y vecinos, a quienes llevaron a la comisaría local donde sufrieron distintas torturas. El administrador del Hospital Ramón Carrillo de esa ciudad fue secuestrado por personal militar, que irrumpió en su habitación con armas largas después de haber roto la vereda y el alambrado de la entrada con dos tanques de guerra.
Los medios de comunicación, sin embargo, difundieron estas noticias como si fueran parte de una cotidiana normalidad: “Asumió el nuevo gobierno”, “Cayó Isabel”, “Las Fuerzas Armadas asumen el poder, detúvose a la presidente”, “Asumieron el gobierno los tres comandantes generales”. Un diario de Bahía Blanca incluyó un copete que decía que el gobierno de las Fuerzas Armadas provenía de la necesidad de “refundar la Patria” y un matutino nacional escribió que “quien conoce el pensamiento de estos hombres de armas sabe que no vienen a perseguir a nadie”. Ningún medio de comunicación nacional utilizó el término “golpe de Estado” en sus principales titulares.
Por otro lado, una parte de la sociedad vivió el golpe como algo inevitable, lo que le otorgó a la dictadura un consenso inicial. La población, en entrevistas periodísticas, manifestaba sentir alivio, indiferencia, incertidumbre, miedo y temor.
En una investigación de la comunicadora social Mariana Caviglia sobre la vida cotidiana durante la dictadura, una mujer de clase media de la ciudad de La Plata, Susana, recuerda que ese 24 de marzo sintió una liberación: “Como decir ´bueno, agarran estos y nos irá mejor´, que pongan orden en el país, por lo menos. Yo pensaba así”. Esa misma mujer, con el tiempo, cambió su parecer: “Poco después tenías terror de que vinieran a tu casa a la noche, te golpearan la puerta, te la tiraran abajo, te llevaran”. Otra investigadora argentina, Valeria Llobet, indaga sobre las memorias infantiles de aquella época. Una gran cantidad de niñas y niños recuerdan que el 24 no tuvieron clases pero, sobre todo, rememoran que había muchas cosas de las que no podían hablar. Por eso, dice Llobet, el golpe y la dictadura parecían “una textura cognitiva, moral, emotiva y política”. Lo “no sabido” era desafiado por las chicas y los chicos a través de actos cotidianos mínimos: recortar la palabra “guerrilla” de un diario para una tarea escolar; desoír la indicación de no levantar paquetes de la calle “por si eran bombas” o contarle a una amiga o un amigo que en su casa se escuchaban discos con canciones que decían “malas palabras”.
La dictadura terminó en 1983 con un gobierno deslegitimado, en medio de una profunda crisis económica y con un movimiento de derechos humanos que había logrado instalar en la esfera pública la idea de “juicio y castigo a los culpables”. Esa consigna, de hecho, fue central en la campaña de Raúl Alfonsín, candidato de la Unión Cívica Radical,que finalmente ganó las elecciones presidenciales.En ese marco, la fecha de conmemoración y repudio del golpe de Estado comenzó a ser parte de la lucha de las organizaciones de derechos humanos y otros amplios sectores sociales. Desde el retorno de la democracia, cada 24 de marzo en la Plaza de Mayo y otras plazas del país se reúnen familias, jóvenes, niñas y niños para recrear el legado de la memoria, la verdad y la justicia como un modo de fortalecer la democracia. En el 2006, cuando se cumplieron 30 años del golpe, la fecha se estableció como feriado nacional y efeméride, y los patios de las escuelas se sumaron a ese ejercicio de memoria colectiva.
Bibliografía
Águila, Gabriela (2023). Historia de la última dictadura militar. Argentina (1976-1983). Buenos Aires: Siglo XXI.
Caviglia, Mariana (2006). Dictadura, vida cotidiana y clases medias. Una sociedad fracturada. Buenos Aires: Prometeo.
Franco, Marina (2012). Un enemigo para la Nación. Orden interno, violencia y “subversión”, 1973-1976. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.
Novaro, Marcos y Palermo, Vicente (2003). La dictadura militar. 1976/1983. Del golpe de Estado a la restauración democrática. Buenos Aires: Paidós.