Palabra clave: «Revolución»

¿Qué palabras permiten narrar el terrorismo de Estado y transmitir su memoria? Palabras clave para una pedagogía de la memoria reúne 50 términos para pensar la dictadura a 50 años del golpe.

Creado: 13 marzo, 2026 | Actualizado: 19 de marzo, 2026

En los años previos a la última dictadura argentina, la idea de revolución estaba presente en muchas de las organizaciones políticas. Por un lado, porque la sucesión de golpes de Estado acontecidos en el siglo XX había desdibujado la posibilidad de una democracia estable y, por otro, porque se creía que era necesario y posible transformar las relaciones de poder del ámbito público y privado para construir otra sociedad más justa e igualitaria, a la que se llamaba socialista, comunista o popular. “Hacer la revolución” era una meta de aquel entonces, inspirada en las revoluciones del siglo XX, fundamentalmente la cubana. Pero ¿qué significa el concepto de revolución? ¿Cuándo y cómo se origina?

Inicialmente, el concepto de “revolución” designaba el movimiento circular de un cuerpo, la distancia que este debía recorrer para retornar al punto de partida de su propio movimiento. Con ese sentido, por ejemplo, lo utilizó Nicolás Copérnico en el siglo XVI en su libro Sobre las revoluciones para describir el movimiento de los astros sobre sus órbitas.

Hacia el siglo XVIII, durante el período conocido como Ilustración, el significado del término comenzó a mutar. Ya no aludía únicamente a fenómenos naturales sino a un proceso de grandes transformaciones sociales que tenía como protagonista a la humanidad. La Revolución Francesa (1789) condensa el significado moderno del concepto: la revolución fue un cambio radical que produjo un quiebre entre el pasado y el futuro e incluso llegó a crear un calendario que daba cuenta de un nuevo comienzo de la historia.

El historiador alemán Reinhart Koselleck plantea en su libro Futuro pasado que el concepto moderno de “revolución” es indisociable de una forma específica de experiencia temporal: el tiempo empieza a ser entendido como historia. Antes de la modernidad, la concepción del tiempo era otra, el futuro se experimentaba como la prolongación del pasado. Por ejemplo: una familia campesina transmitía a sus descendientes cómo cultivar la tierra y cómo recoger la cosecha. La experiencia del tiempo estaba organizada según ciclos, de modo tal que las y los descendientes de una familia campesina transmitirían a sus hijas e hijos, también del campo, estos saberes. Así la tradición, lejos de ser lo que ya había pasado, era la brújula que orientaba a las personas en el presente y hacia el futuro. Por eso la historia era pensada como “maestra de vida”, porque arrojaba “enseñanzas” para las generaciones venideras.

En la modernidad, en cambio, el futuro puede ser cualitativamente distinto al pasado. Para que ello ocurra, el tiempo presente debe vivirse como “novedad”. La revolución –junto con la idea de progreso– expresa la experiencia de un tiempo presente “nuevo”: es el acontecimiento que anuncia un parteaguas en la historia.

La revolución aludía a una transformación en los regímenes políticos, pero con el paso del tiempo comenzó a designar modificaciones profundas en todas las relaciones sociales. Por esta razón, se dice que la revolución es total o no es revolución. Se distingue del concepto de “reforma”, que justamente alude a la modificación de una parte de las relaciones sociales, pero no al conjunto de las mismas. Con la Revolución Industrial (entre fines del siglo XVIII y mediados del XIX), el concepto alcanzó el orden de la producción y el consumo, de modo que la experiencia de la revolución se volvió parte de la vida cotidiana.

A diferencia del concepto de “evolución”, propio de la biología, la revolución no alude a una transformación gradual, sino más bien a un tipo de cambio que produce una “bisagra” en el tiempo y que incluso puede ser abrupto y vertiginoso. La revolución recoge así un sentido específico del modo en que los modernos experimentan el tiempo: la idea de que la temporalidad misma se ha “acelerado”.

Esta aceleración de los cambios, que antes demandaban siglos, conduce a creer que la humanidad ha ingresado en una fase desconocida, pero en general bondadosa, que dejará atrás todo tipo de servidumbres. Como el futuro se disocia del pasado, aparece la necesidad de encontrar una lógica a los cambios acelerados, surge así un nuevo discurso, la “filosofía de la historia”, que intentará descifrar la clave que preside los cambios, y que encontrará también en la revolución un término para interpretar el sentido de los hechos históricos.

En este punto surge una discusión que atraviesa buena parte de las luchas políticas del siglo XIX y XX: la revolución ¿es el resultado de las acciones humanas o es el despliegue necesario de las contradicciones de la propia historia?

La historia de América Latina es, en gran medida, la historia de sus revoluciones. Las luchas independentistas de Sudamérica mostraron cómo una revolución puede producir a sus propios revolucionarios ya que, según palabras de Bernardo de Monteagudo, la Revolución de Mayo resultó ser más “la obra de las circunstancias que la de un plan premeditado de ideas”. También la Revolución Mexicana es un ejemplo de los efectos imprevistos de toda revolución: comenzó en 1910 como un intento de reforma política y derivó en una revolución con amplia movilización social.

También en el siglo XX latinoamericano, en los años previos a las dictaduras, se discutió qué tipo de revolución era más adecuada para que el continente abrazara las ideas socialistas: si el camino era la Revolución Cubana, que se desarrolló a través de la lucha armada y de las organizaciones político-militares, o si el camino eran las elecciones, como ocurrió en Chile, en la experiencia socialista que presidió Salvador Allende.

Hacia fines del siglo XX, y tras la caída del muro de Berlín (1989) que marcó el fin de la ilusión de un mundo comunista, el filósofo estadounidense Francis Fukuyama defendió la idea del “fin de la historia”, que señalaba que con la profunda crisis de las experiencias socialistas la era de las revoluciones estaba terminada. Según esta perspectiva, la humanidad había alcanzado, en términos históricos, su verdad política: no había alternativa a la democracia liberal y a la economía de mercado. La revolución, entonces, que había prometido un “tiempo nuevo”, parecía quedar en el pasado. Sin embargo, la historia de las revoluciones sigue abierta. Al menos mientras siga pendiente la pregunta que tan bien expresa el escritor argentino Andrés Rivera en su novela La revolución es un sueño eterno, sobre Juan José Castelli: “¿Qué revolución compensará las penas de los hombres?”.

Bibliografía

Arendt, Hannah (2013). Sobre la revolución. Madrid: Alianza Editorial.

Gilman, Claudia (2003). Entre la pluma y el fusil. Debates y dilemas del escritor revolucionario en América Latina. Buenos Aires: Siglo XXI.

Halperin Donghi, Tulio (2009). Tradición política española e ideología revolucionaria de mayo. Buenos Aires: Prometeo.

Koselleck, Reinhart (1993). Futuro pasado. Para una semántica de los tiempos históricos. Barcelona: Paidós.

Palabras clave (para una pedagogía de la memoria)

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