Entrevista a Leonardo Canciani

Actores sociales y cambios territoriales en la frontera bonaerense: relaciones pacíficas y conflictivas entre indígenas y “blancos” a lo largo del siglo XIX.

Creado: 10 noviembre, 2025 | Actualizado: 3 de marzo, 2026

Leonardo Canciani

Doctor en Historia, Universidad Nacional de La Plata.

Profesor y Licenciado en Historia, Universidad del Centro de la Provincia de Buenos Aires (UNICEN). 

Profesor en la carrera de Historia (UNICEN).

Investigador del CONICET.

Autor del libro Expansión de la frontera. Expediciones al “desierto” (2013), de la colección “La identidad bonaerense”1, publicado por la Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires.

En 2025, el equipo curricular de Ciencias Sociales de la Dirección Provincial de Educación Primaria realizó dos entrevistas (Baeducaciondgcye, 2025) como parte del proceso de elaboración de un material curricular sobre las relaciones entre las sociedades indígenas e hispano-criolla en la frontera sur durante el siglo XIX. Las personas entrevistadas, Ingrid de Jong y Leonardo Canciani, son especialistas en el estudio de diferentes aspectos vinculados con esta temática. Sus orientaciones y aportes resultaron sustanciales para la producción de la propuesta pedagógica.

Presentación de la entrevista

Estamos en este espacio Mariana Lewkowicz y Alina Larramendy. Junto con Adriana Villa, integramos el equipo curricular de Ciencias Sociales de la Dirección Provincial de Educación Primaria. En esta oportunidad tomaremos una entrevista destinada a enriquecer la preparación de materiales sobre la frontera entre la sociedad indígena y la sociedad hispano-criolla en el siglo XIX en la zona pampeana, para las escuelas provinciales. Esta y otras entrevistas con especialistas nos van a ayudar a pensar sobre este tema y su enseñanza. 

Entrevistamos al Dr. Leonardo Canciani, docente de Historia en la Universidad Nacional del Centro de la provincia de Buenos Aires e investigador del CONICET. Le vamos a pedir que nos ayude a conocer las relaciones que establecieron, en la frontera, las sociedades indígenas y la sociedad hispano-criolla, especialmente durante el siglo XIX. También, que nos comente algunas polémicas que surgen sobre esa historia que se contó de una manera durante mucho tiempo, con una mirada que, ahora, nuevos estudios empiezan a revisar.

Relaciones entre la sociedad hispano-criolla y las sociedades indígenas en los espacios bonaerenses de frontera en el siglo XIX. Viejas y nuevas miradas

Buenas tardes, Leonardo. Vamos a iniciar la entrevista preguntándote ¿cómo es esto de los estudios tradicionales y los estudios actuales sobre la frontera de la provincia de Buenos Aires? ¿Cuáles son las polémicas, la discusión, las distintas miradas sobre el tema? 

Buenas tardes. Para responderles, comienzo por advertirles una primera cuestión. Para entender la frontera, los historiadores no estudiamos los actores de aquella época en términos de buenos y malos. Los entendemos como personas que tomaron decisiones en ese momento, con sus consecuencias. La historia sucedió, nosotros no la podemos cambiar. Entonces, tenemos que pensar y reflexionar sobre eso que sucedió en ese entonces.

La frontera siempre fue vista como un ámbito de división, como una línea que separaba dos sociedades y dos realidades completamente distintas: una realidad que la sociedad blanca occidental veía como atrasada, incivilizada, que no se ajustaba a lo que los tiempos históricos del momento planteaban que debía suceder. Y otra sociedad completamente distinta que estaba atravesando un proceso de modernización, de expansión; una sociedad más compleja, con industrialización y demás. 

Históricamente se pensó que esas dos sociedades vivían en un conflicto permanente. Lo que sabemos los historiadores, los antropólogos, los arqueólogos, quienes hacemos ciencias sociales, sobre todo a partir de 1980 cuando se produjo una importante revisión de este campo de estudios, es que la frontera no era una línea, sino más bien un espacio social muy complejo. Esas dos sociedades, la sociedad indígena y la sociedad criolla, la “sociedad blanca” (hay distintos términos para para referirse y siempre lo mejor es utilizar las comillas) no siempre vivieron en un permanente conflicto, pero sí el conflicto fue una de las tantas situaciones que existieron en la relación entre esas dos sociedades.

Así como había conflicto, había negociaciones pacíficas, había intercambio, había comunicación y había convivencia. El conflicto existía efectivamente y muchas veces redundaba en una violencia abierta, pero esto no quiere decir que solamente había conflicto. Había de todo en ese tipo de sociedades. Tanto paz como conflicto, tanto guerra como buenas relaciones.

Por otro lado, la mirada tradicional de la historia también asoció siempre la expansión de la frontera con un momento en particular que fue el de la última gran campaña de expansión encabezada, por entonces, por el Ministro de Guerra Julio Argentino Roca en 1879. Sabemos mucho menos de otras campañas militares que también se llevaron a cabo, como por ejemplo la de Martín Rodríguez en 1823, que fundó el Fuerte Independencia (actual ciudad de Tandil). Unos diez años más tarde fue la campaña que encabezó Rosas, entre 1833 y 1834. Si bien esta no dio como resultado la fundación de nuevos poblados, sí consolidó el territorio habitado por los criollos en la provincia de Buenos Aires.

La realidad es que ni la campaña de Roca, ni la de Martín Rodríguez, ni la campaña de Rosas fueron las únicas tres que hicieron posible la expansión de la frontera, sino que sabemos que existieron decenas y hasta centenares de campañas militares más pequeñas que hicieron posible esa expansión. Y por último, también hubo toda una serie de actores que no necesariamente eran militares. Me refiero, por ejemplo a los hacendados, a los pobladores de la campaña bonaerense que, por sus propios medios y por su propia cuenta, avanzaron “tierra adentro” del territorio indígena. Muchas veces negociaron con los indígenas sus asentamientos y así también hicieron posible la expansión de la frontera.

Las fuentes históricas para reconstruir los movimientos de la frontera

Este cambio de mirada que mencionás, ¿tiene que ver con nuevas fuentes o con nuevas preguntas a fuentes que ya eran conocidas? 

Considero que este tipo de cambios en la interpretación historiográfica tiene que ver más con un cambio en la concepción de los historiadores con respecto a la relación con el pasado. Siempre aparece documentación nueva, fuentes nuevas que los historiadores pueden encontrar, un poco por suerte, un poco por el azar, un poco porque efectivamente las buscan en los archivos. Pero la realidad es que el cambio de mirada con respecto a la frontera y las sociedades indígenas que surge en la década de 1980, tiene que ver también con la salida de la última dictadura militar y con una renovación en los planteles de los docentes de las universidades, que hizo que el conocimiento se reconstruyera y tuviese una mirada más cercana a la realidad histórica. Nos hizo salir de ese remarcar el conflicto permanente en el que la historia, la antropología y la arqueología habían caído y pasar a ver la otra cara de la relación entre las poblaciones indígenas y los criollos como el intercambio y el comercio. Ese fue el puntapié que dio paso, más adelante, al estudio de otras formas de vinculación entre poblaciones indígenas e hispano-criollas, mediadas por las relaciones pacíficas y no tanto por el conflicto.

La movilidad de la frontera: expansiones y retracciones del territorio controlado por el Estado

Me parece que hay otro aspecto del relato más tradicional que es la linealidad. La frontera se pensaba como una especie de expansión lineal, siempre avanzando. No se planteaba la idea de que, si alguien avanzaba, otro retrocedía. Sino siempre como un avance que iba ampliando los territorios bajo control criollo. ¿Eso también se revisa hoy?

Esto que planteás tiene que ver también con lo que yo decía antes sobre la existencia de estas tres campañas militares que se han pensado como una expansión progresiva. Incluso podemos retroceder un poquito más atrás. La primera línea de frontera del Virrey Vértiz en 1780 llega hasta Chascomús, Monte, Ranchos, los poblados al norte del Río Salado. Después, la campaña de Martín Rodríguez (1823) lleva la frontera más hacia el sur. Pocos años antes, en 1817, se había fundado Dolores.

La segunda gran campaña militar es la de Rosas, que supuestamente lleva la expansión hasta Bahía Blanca y algunas zonas más hacia el oeste de los territorios que se habían fundado recientemente: los pueblos de Azul, Cruz de Guerra, Junín. Y finalmente la última gran campaña, la de Roca, que lleva la frontera hasta el río Negro y el río Neuquén.

Lo que sabemos hoy en día es que esa expansión no fue así. Que el hecho de que Rosas, por ejemplo, haya llegado hasta el río Colorado en 1833 no quiere decir que efectivamente el territorio ocupado por los criollos llegase hasta el río Colorado. Y, por otro lado, no quiere decir que la frontera se instaló ahí y nunca más volvió hacia atrás.

El espacio fronterizo era muy dinámico en lo que respecta a las expansiones y a las retracciones. Había momentos en donde los gobiernos y las sociedades criollas estaban en mejores condiciones para poder consolidar una frontera y otros momentos en los que no. Y era en esos momentos, muchas veces, que las poblaciones indígenas aprovechaban la situación de debilidad de las poblaciones criollas, por ejemplo, porque Las Provincias Unidas del Río de la Plata estaba en guerra con Brasil, entonces tenía que dejar un poco de lado sus preocupaciones en la frontera para resolver otros problemas que se consideraron como más graves. O había conflictos entre unitarios y federales, entonces los problemas entre los criollos requerían de mayor preocupación, mayores recursos, la intervención de los ejércitos. Eso dejaba librada la frontera al cuidado que podían llegar a hacer los vecinos, los pobladores de esa zona. Muchas veces llevaba a un despoblamiento de esos territorios, a malones indígenas. El territorio de la provincia de Buenos Aires, que por ahí en un momento se había estirado más allá de las capacidades del estado para poder controlar, se retraía, se hacía un poquitito más chico de lo que había sido 10, 20 o 30 años antes. Entonces, es muy dinámico en el sentido de que hay expansión, hay estancamiento, hay retrocesos, hay nuevamente expansión. Y esto no tiene que ver solo con la realidad de la frontera y con lo que sucede con las poblaciones nativas o indígenas, sino que también va a estar permeado por los conflictos que atravesaban a los blancos, es decir, a la sociedad criolla.

O sea que esta linealidad no existe, no se puede sostener. Me gustó mucho esta idea de que a veces la expansión incorporaba más de lo que efectivamente podía controlar un estado que se estaba construyendo.

Eso también le falta al relato tradicional, muchas veces, ver que tanto de un lado de esta frontera como del otro se estaban produciendo cambios. No es lo mismo, uno empieza pensando en el estado de Buenos Aires (después de la autonomía) contra la Confederación, la unión a partir de 1860. Son actores que cambian a lo largo del tiempo además de presentar debilidades y fortalezas en distintos momentos.

Los vecinos en la frontera

Vos hablaste de la defensa ligada a la respuesta que podían dar los vecinos. ¿Qué es esto de los vecinos dando respuesta? 

Retomo lo que planteaba. Son estados muy débiles. Pensemos que, por ejemplo, para 1830, 1840, 1850, el ejército de Buenos Aires no supera los 6000, 7000 hombres. Son realmente instituciones en consolidación, en gestación. No siempre el Estado tiene dinero para pagar regularmente a esa tropa. Ese ejército pequeño, que por momentos se puede estirar y llegar hasta 10.000 personas, no siempre está en servicio en Buenos Aires sino más bien está en servicio en otros lugares como el Estado Oriental del Uruguay, el interior del país. Entonces, la cantidad de soldados que efectivamente pueden quedar al cuidado de la frontera son pocos, 1000, 2000, 3000, a lo sumo. Quienes terminan supliendo esa falencia del ejército son los habitantes de la campaña, los vecinos, los hombres adultos de entre 17, 18 años y 40, 50 que es muy probable que tengan un fusil en su casa, que tengan un caballo, que tengan el uniforme de miliciano de Guardia Nacional. Ante alguna alarma de posible malón tenían que dejar a su familia, subirse al caballo, agarrar el fusil y seguir al Comandante de Frontera para ir a algún fortín o para tratar de repeler un malón indígena. 

Si bien, como se dijo al comienzo, no podemos reducir la relación entre “cristianos” y nativos solamente al conflicto, lo cierto es que el conflicto existía y estaba. En las ocasiones en que el ejército –la gente que se ocupaba de guerrear– resultaba insuficiente o estaba afectada a otro conflicto por fuera de la frontera, los propios vecinos de la campaña –que podían ser propietarios de tierras, propietarios de ganado– eran quienes defendían lo suyo, defendían su familia. Pero también había otros vecinos que residían, por ejemplo, en lo que hoy en día es el barrio de San José de Flores en Buenos Aires. En aquella época, en 1850, no era un barrio de la ciudad de Buenos Aires, era un partido y un pueblo más de la campaña bonaerense. Supongamos que un zapatero de San José de Flores recibía la notificación del Juez de Paz de San José de Flores que le dice que hay un malón en Tandil y que tiene que subirse a un caballo, acompañar al Comandante y defender los territorios del sur de la provincia de Buenos Aires, a 450 km de distancia. Ese hombre, individualmente, no tendría muchas ganas de dejar a su familia, dejar sus comodidades y trasladarse al sur de la provincia de Buenos Aires a repeler el malón. Ahora, un campesino o un arrendatario que reside en Tandil sí, porque en definitiva lo que estaba en juego era su propiedad y su familia.

Vemos como la guerra o los conflictos en la frontera impactaban de forma distinta en los habitantes de la campaña, de la frontera indígena más cercana, y en aquellos que ya no sufren malones, no tienen preocupaciones de lo que puede llegar a generar un malón. Obviamente, se generan toda una serie de resistencias en mucha de esa población de los barrios cercanos a la ciudad de Buenos Aires que no iban a querer venir a la frontera, dejar a su familia, su trabajo, sus propiedades, con todas las consecuencias que eso podía llegar a tener.

Periodización: las distintas etapas del proceso

En esta historia que es tan larga, este siglo XIX, con tantas idas y vueltas, vos establecés una serie de etapas o períodos que, por supuesto, no son de tal día a tal día, sino que son como un mapa del tiempo de este proceso. ¿Nos querés contar cuáles son y cómo caracterizás esas etapas?

La mayor parte de esas etapas están definidas por lo que sucede en la frontera. El eje de análisis es la situación de la frontera prestando atención a qué es lo que sucede en las poblaciones indígenas que residían tierra adentro, incorporando lo que sucede en la sociedad criolla y lo que sucede a nivel más macro, más estatal. Pero siempre el eje de la clasificación es la frontera. 

Entonces, yo planteé un primer momento, una primera etapa en la periodización que es la del siglo XVIII, el momento en el cual se empiezan a dar estas mayores rispideces y situaciones de conflictividad entre indígenas y criollos. Una conflictividad que, en parte, se inicia porque se están disputando un mismo recurso. En este caso no es tanto la tierra, sino que es más el ganado, el ganado vacuno y el ganado caballar. Lo que se empieza a ver en una primera etapa, allá por 1730 aproximadamente, es que se incrementa el conflicto interétnico y que se va a mantener con algunas altas y bajas hasta 1780 aproximadamente, cuando se fundan los poblados cerquita del río Salado. En ese momento se entra en un impasse. Desde 1780 aproximadamente hasta 1815, 1816, se da una cierta y relativa paz en la frontera indígena que permite una convivencia entre “cristianos” e indígenas. Justamente tiene que ver con el momento del estallido de la Revolución de Mayo en Buenos Aires. Si bien la Revolución no tiene un impacto directo en la relación de “cristianos” o de “blancos” con las sociedades indígenas, en ciertos momentos sí va a afectar. 

A partir de 1815, 1816 se entra en una situación de tensión que se hace más fuerte entre 1820 y 1825. Tiene que ver, por un lado, con una serie de maniobras que se toman desde el gobierno de Buenos Aires que busca expandir el control sobre las tierras del sur. Hay más, pero una explicación sencilla es que el gobierno revolucionario pierde las tierras del Alto Perú, de la actual Bolivia, de donde provenían la mayor parte de sus ingresos. Es decir, pierde la producción de plata. Ahora no le queda otra que voltear sus ojos hacia la campaña, la plata deja de ser el principal producto de exportación y el cuero ocupa ese lugar. ¿Dónde se adquiere ese cuero? En la Banda Oriental, en Entre Ríos, en Santa Fe y también en el sur de la campaña de Buenos Aires. Entonces empieza a haber un mayor interés por ese recurso que es el ganado. Esa expansión de la frontera o esos intentos de expansión van a tener como consecuencia la respuesta de las poblaciones nativas. De ahí que se retoma esta situación de conflictividad con las poblaciones indígenas. Eso se expresa, por ejemplo, en malones, que afectan a la ciudad de Luján, a la ciudad de Salto, a esos poblados bastante cercanos a la ciudad de Buenos Aires. Las consecuencias son que el gobierno va a iniciar una serie de expediciones para tratar de reprimir esos avances indígenas en el territorio que ellos consideraban suyo.

Ahí se dan tres campañas militares que encabeza el gobernador de Buenos Aires, Martín Rodríguez. La segunda es la que obtiene cierto éxito con la fundación de Tandil. Después, a partir de 1825, se entra en una nueva instancia de cierta paz que no está dada porque desde Buenos Aires se cambia la forma de pensar con respecto a las poblaciones nativas, sino que se explica básicamente porque el Río de la Plata entra en guerra con Brasil. Y el ejército que estaba destinado a combatir a las poblaciones indígenas tiene que trasladarse a la Banda Oriental a luchar contra los brasileros. Entonces, ahí se entra en una cierta instancia de paz que se va a extender aproximadamente hasta inicios de la década de 1830, cuando Rosas lleve adelante su famosa campaña al desierto.

Ahí hablas vos de otra etapa, cuando introducís a Rosas. Te referís a la frontera negociada como algo que cambió bastante a partir del gobierno de Rosas. ¿De qué se trata eso?

Lo que hay que decir primero es que Rosas no fue el único gobernador de Buenos Aires ni la única autoridad (española o criolla) que, a lo largo de los 300, 400 años de colonización española estableció relaciones y pactos con las poblaciones nativas. Eso es algo que se da desde inicios de la conquista española y que supo hacer muy bien Cortés con los tlaxcaltecas al momento de conquistar el Imperio Azteca. Después todas las autoridades españolas, en mayor o en menor grado, lo implementaron. La particularidad que tiene el gobierno de Rosas es que él logra darle una mayor organización a esas tratativas de paz. Se lo va a conocer como “negocio pacífico de indios”. Rosas va a destinar una parte importante del presupuesto del Estado de Buenos Aires para comprar la paz con las poblaciones nativas.

¿Qué hace Rosas? Él divide a las poblaciones nativas en tres categorías: los indios amigos, los indios aliados y los indios enemigos.

Los “indios amigos” son poblaciones que reciben de parte del estado provincial, de parte del gobernador Rosas, dinero, cargos en el ejército de Buenos Aires, reciben tabaco, reciben yerba, reciben papel, lo que se conocen como raciones y, sobre todo, reciben trimestralmente una cantidad importante de yeguas que era una carne que les gustaba muchísimo a los indígenas para alimentarse. A cambio de eso, lo que hacían sus indios amigos era incorporarse al ejército de Buenos Aires para luchar con otras poblaciones indígenas más hostiles y radicarse al interior del territorio bonaerense. Es decir, vivían de la frontera “hacia adentro”.

El hecho de que esas poblaciones indígenas fueran amigas en un momento no quería decir que lo fueran siempre. Es decir, había que negociar constantemente esa buena relación y esa buena voluntad entre el gobierno y las poblaciones nativas.

Los “indios aliados” eran grupos de indígenas que vivían fuera de la frontera, no estaban dentro del territorio de Buenos Aires, pero mantenían buenas relaciones con el gobierno y, por ejemplo, se habían comprometido con Rosas a avisarle cuando los indios hostiles preparaban alguna invasión. Entonces, el ejército de Buenos Aires podía prepararse para repeler esa entrada.

Y los “indios hostiles”, obviamente, eran los que no habían establecido ningún tipo de pacto con el gobierno de Buenos Aires y en ciertos momentos eran hostiles y en otros momentos se quedaban tranquilos, pero no tenían buena relación con el gobierno de Buenos Aires, lo que no quería decir que no tuvieran buenas relaciones con otros gobiernos provinciales, porque estamos en una etapa en donde la Argentina como país no existe. Lo que tenemos son provincias autónomas, cada una con su gobernador, muy levemente o muy tenuemente articuladas en torno a la Confederación Argentina que dirige Rosas como el gobernador más importante. Pero las provincias eran autónomas a la hora de tomar decisiones sobre la relación con las poblaciones indígenas.

Esta etapa de frontera negociada se extiende hasta 1852, 1853, 1854. Los historiadores todavía discutimos la fecha porque el fin del rosismo en 1852 no implica, necesariamente, un cambio abrupto con respecto a la forma de relacionarse con las poblaciones nativas.

En los primeros momentos del nuevo Estado de Buenos Aires los gobernantes de Buenos Aires mantienen vínculos con las poblaciones nativas, sobre todo cuando están enfrentados con otros criollos y cuando están enfrentados con Urquiza que preside la Confederación Argentina. Después van a intentar poner fin a ese negocio pacífico y avanzar militarmente a la frontera. 1855 es un momento de muchísimos enfrentamientos en la frontera bonaerense, de muchos malones. Es el momento en el cual antiguos “indios” que fueron amigos durante el rosismo pasan a ser indios enemigos u hostiles y van a hacer malones en muchos puntos de la frontera bonaerense. Ahí se da cuenta el Estado bonaerense que no puede romper con los indígenas, que no puede tomar la decisión unilateral de expandir la frontera y vuelve a negociar la paz con esas poblaciones nativas. 

A partir de ese momento, en la década de 1860 y 1870, se podría decir que se produce un cierto empate: ni el ejército argentino puede derrotar a los indígenas ni los indígenas pueden mantener una situación de latente conflicto con la sociedad criolla porque han ido perdiendo fuerzas, se encuentran en una situación complicada con respecto al Estado argentino.

Las últimas campañas y el fin de la frontera

Decís que esa es la época del fin de la frontera porque estás hablando de todo un espacio donde hay unas formas de vida específicas, la de los territorios de frontera, que en un momento termina. Ese empate se desempata. ¿Cómo es eso?

Yo lo planteo como algo figurativo y simbólico. Tiene que ver con un Estado argentino que se va consolidando cada vez más. Cambia la logística, cambia la comunicación, cambia la infraestructura, aparece el telégrafo, aparece el ferrocarril.

Algo no menos importante es que los conflictos entre los criollos empiezan a languidecer, ya no son tan importantes. Sigue habiendo revoluciones, sigue habiendo peleas entre distintos partidos políticos, pero ya no son tantas. Sobre todo el ejército es cada vez más poderoso como para poder derrotar esas disidencias internas.

Se han terminado los conflictos internacionales, la Argentina dejó atrás la guerra del Paraguay, en la cual estuvo envuelta durante 5 años y se hizo posible, entre otras cosas, que un plan que se aprobó durante la presidencia de Mitre en 1867, que era llevar la frontera indígena hasta el Río Negro y hasta el Río Neuquén, se pueda poner en práctica unos 12 años más tarde, durante la presidencia de Avellaneda y el ministerio de Guerra de Julio Argentino Roca.

Antes de eso, se produjo un avance muy importante que es la famosa Zanja de Alsina. Se ganaron una gran cantidad de kilómetros de tierra para el estado bonaerense porque este llevó la frontera hasta Trenque Lauquen, Guaminí, Puán, Carhué y la vinculó con Bahía Blanca. Es decir, se expandió mucho el territorio de la provincia de Buenos Aires en ese entonces y ahí lo que hace al Alsina es planificar la construcción de una zanja (que se construyó en parte) cuyo objetivo no era que los indígenas no pasaran esa zanja, sino que no pudiesen arrear con tanta facilidad el ganado de las estancias porteñas. Estancias, por otra parte, que se habían construido sobre territorios que hasta hacía unas décadas atrás eran territorios indígenas y que habían sido incorporados en estas expansiones.

El hecho de que el ejército argentino haya podido ocupar esas tierras en donde había lagunas muy importantes –que eran un lugar de paso clave para las poblaciones nativas con los malones– hizo cada vez más dificultoso que las formas de vida de esas sociedades indígenas pudiesen seguir reproduciéndose. El Estado Argentino con su ejército entró en una ventaja comparativa con respecto a lo que sucedía antes de 1876, y eso hizo posible toda una política de desgaste. Algunos historiadores hablan de “malones invertidos”: era el ejército, pequeñas partidas del Ejército Argentino, que entraban a las tolderías indígenas ubicadas en el actual territorio de La Pampa o en el actual territorio del sur de la provincia de Córdoba, atacaban las tolderías indígenas, raptaban mujeres indígenas. En vez de la cautiva blanca, la cautiva morena, la cautiva trigueña. En algunos casos daban muerte a algunos indígenas, les robaban sus ganados. Era una forma de debilitarlos. Hubo entre unas 20 o 30 expediciones de este tipo entre 1878 e inicios de 1879. Ese operativo de desgaste hizo posible después la campaña de Roca de 1879 que sí lleva la frontera hasta el río Negro, hasta el río Neuquén y toma prisioneros a importantes caciques que eran los que encabezaban la resistencia. Así fue la ocupación de ese territorio nativo por parte de las fuerzas del Ejército Argentino. Ahí nosotros cerramos la historia de expansión de la frontera bonaerense, que no es el fin de la frontera. Después esas campañas seguirán con la expansión hacia la Patagonia a lo largo de las décadas de 1880 y de 1890, con consecuencias tan drásticas como las de la campaña de Roca y las campañas previas.

La presencia del Estado: fuertes, fortines y comandancias

Dentro de tus temas de investigación, me parece que hacés foco en cómo fue la organización del Ejército Argentino. Tal vez podés explicar un poquito la diferencia entre los fuertes, los fortines, las comandancias; cómo fueron modificándose a lo largo de tanto tiempo.

A lo largo del siglo XIX, lo que observamos es que hay un incremento en la cantidad de este tipo de establecimientos militares que se van fundando en el territorio bonaerense. Por ejemplo, si tomamos como momento de inicio la fundación del fuerte Independencia de Tandil, en 1823, estamos en presencia de un fuerte que tiene una forma de estrella y una capacidad para reunir en su interior a unos 400 o 500 soldados milicianos, una cantidad muy importante de gente. Se trata de una fortaleza que tiene fosos, que tiene construcciones para que los indígenas no puedan entrar, un puente levadizo. Está construida de piedra en este caso, por estar cerca de las sierras de Tandil. En el interior tenía la comandancia del jefe militar, barracas para los soldados o los milicianos, lugares para guardar los caballos. Pudo tener una capilla en donde se celebraban las misas, un hospital militar para curar las heridas de los soldados. Es decir, los fuertes son establecimientos que tienen dimensiones bastante importantes que alojan y cubren las necesidades de centenares de personas. Construcciones similares, por ejemplo, se dieron en Junín, en Azul, en 25 de Mayo, en 9 de Julio. Son construcciones típicas de las décadas de 1820, 30, 40, 50, 60.

Lo que vemos es que entre esos fuertes solían estar intercaladas construcciones menores, que podrían ser cantones o fortines. Su función era ser más bien un lugar desde donde se brindaba información a esos fuertes más grandes ante la posible entrada de algún malón indígena. Estoy pensando, por ejemplo, en Tapalqué, en el Fuerte Esperanza, lo que hoy en día es General Alvear, acá en el sur de la provincia de Buenos Aires. Son establecimientos más pequeños en donde hay un jefe acompañado por unos 20, 30, 40 soldados o milicianos, no más. Allí las comodidades, obviamente, eran mucho más rudimentarias que en los fuertes. A medida que entramos en la última etapa de expansión de la frontera, en las décadas del 60, del 70, vemos una multiplicación de estos establecimientos militares. Más que hablar de fuertes, hablamos de comandancias. Esas comandancias son el lugar de residencia del Comandante de la Frontera. Son comandancias que uno podría decir son como pueblos incipientes, en su interior y por fuera, porque también hay un hospital, se monta una iglesia. Hay barracas (ya no para 400 o 500 soldados, sino para reunir hasta miles de soldados). En torno a esas comandancias es probable que ya empezara a trazarse la plaza principal, algunas calles. Estoy pensando, por ejemplo, en Adolfo Alsina, en Carhué, en esa zona. Pero así como tenemos estas grandes construcciones militares que pueden reunir hasta 1000 soldados, esas grandes comandancias estaban secundadas por fortines bien pequeñitos, que tenían lugar para cuatro o cinco personas, cuatro o cinco milicianos, acompañados de un cabo, de un sargento, que ni siquiera era un oficial y que estaban equipados con un cañón. Ese cañón no servía para derribar una entrada indígena, sino para disparar, hacer ruido que, como había otros fortines cada 5 o 10 km, se escuchaba el ruido e iban avisando a los fortines de al lado sobre la entrada de un malón indígena mediante la utilización del cañón. La mayor parte de los efectivos del ejército, los milicianos, los Guardias Nacionales, estaban en esas comandancias de frontera y había algunos poquitos en cada uno de esos fortines en condiciones que eran pésimas. 

Una aclaración, no solo había hombres en esta historia de frontera. También había mujeres, había niños, muchas de estas mujeres acompañaban la expedición militar, el corrimiento de la frontera. Hacían de enfermeras, de lavanderas, de cocineras. Algunas acompañaban a sus maridos, algunas acompañaban a sus hijos. Es decir, cuando hablamos de sociedad de frontera, nos estamos refiriendo también a cómo, al calor de la expansión territorial, la sociedad criolla también se va corriendo. Y no es solo un mundo de hombres, sino que es un mundo de familias integradas por mujeres, por niños, pese a que algunos comandantes los rechazan porque decían: "No, esto atenta contra la disciplina, contra la moral del ejército". Otros dirían: "Es fundamental que el soldado esté acompañado de su familia porque si no se va, se nos deserta”.

Simultaneidades: la frontera entre la independencia y la consolidación del Estado nacional

Repensando todo lo que nos contás. Otra cosa que le falta al relato tradicional sobre la frontera son las simultaneidades que marcás y también los cambios. En un momento es el Estado colonial, en otro se produce la Revolución de Mayo, en otro momento hay autonomías provinciales, enfrentamientos entre unitarios y federales, Guerra del Brasil, Guerra del Paraguay. Hay una cantidad de cosas que parece que se quedan esperando que las volvamos a mirar mientras miramos la frontera. En la escuela tiene mucha presencia el proceso revolucionario. Después se desdibuja bastante la etapa siguiente y se retoman con fuerza los tiempos del modelo agroexportador, la gran inmigración. Nosotros ahora estamos hablando de otro período.

Este proceso de expansión de la frontera que mencionamos, en el siglo XIX se da simultáneamente o formando parte de dos grandes procesos históricos que se cruzan, no solo en la provincia de Buenos Aires, ni solo en Argentina, sino en toda América Latina e incluso a nivel mundial, porque estamos hablando de economías que uno no puede decir que fueran “globalizadas” pero sí que eran muy conectadas entre sí. ¿Cuáles son estos dos procesos? Por un lado está la gestación y la consolidación de una economía capitalista con lo que conlleva: un mayor intercambio internacional, la definición productiva de los países en relación con el comercio internacional. En segundo lugar hay otro proceso simultáneo, el de la construcción de los estados nacionales tras las revoluciones de independencia. Los dos son procesos complejos de largo aliento que van atravesando distintas etapas.

Con respecto al primer punto, que es la consolidación de una economía capitalista, tenemos que hacer una clara diferenciación entre lo que son las décadas de 1820 a 1840 y las décadas de 1850, 1860, 1870 y lo que viene de ahí en adelante. Acá me voy a referir exclusivamente a la provincia de Buenos Aires.

Con la Revolución, la economía minera es desplazada por la economía pecuaria. Porque, como decía hoy, el Río de la Plata pierde el control del Alto Perú, pierde el control de las minas de Potosí y no le queda otra que voltear sus ojos a la explotación pecuaria. Entonces, desde 1810 en adelante, el principal producto de exportación del Río de la Plata –y de la provincia de Buenos Aires en particular– va a ser el cuero. Le seguirán el sebo, el tasajo, esa carne salada que se vende sobre todo a las plantaciones esclavistas. Recordemos que será más adelante –y después, en todo caso, podemos volver sobre el modelo agroexportador– cuando lo que se vende es carne enfriada para el consumo de la población británica. Ese será otro tipo de mercado, otro tipo de consumo completamente distinto. Ahora estamos en presencia de una economía bonaerense mucho más rudimentaria. La mayor parte de la gente se dedica a las actividades pecuarias, no es tan importante todavía el cultivo, sino el ganado para extraer el cuero y para extraer la carne que se sala y se vende como tasajo.

¿Cuáles son las industrias rudimentarias incipientes más importantes en esta época? El saladero, que está instalado en los márgenes de la ciudad de Buenos Aires, en algunos pueblos cercanos de la ciudad capital y que, como decía, produce carne que se consume pero que también se vende a las plantaciones de esclavos de Brasil, de Cuba y de algunas otras partes más.

No debemos confundir esa etapa con la etapa del modelo agroexportador en donde tenemos una Argentina ya integrada como Estado, como país, que empieza a diversificar su producción y ya no vende tasajo para los esclavos porque la esclavitud ha dejado de existir. Estamos en presencia de hombres libres. La esclavitud terminó a finales del siglo XIX y Argentina para ese entonces ha refinado el ganado vacuno, ha importado razas europeas, tanto de ovejas como de vacas, y esa carne se vende primero congelada y después enfriada (a inicios del siglo XX) en barcos frigoríficos que llegan a Europa.

Eso fue posible en parte porque Buenos Aires y la Argentina habían logrado expulsar a la población indígena del territorio que ocupaban antes. Hay más tierra. Se puede reorientar la producción del ganado. Aparece el alambrado que divide las propiedades, antes no existía. Lo que hace que de alguna forma las relaciones sociales de producción de tipo capitalista se consoliden. Ya no estamos en presencia de un gaucho errante que anda a caballo por la pampa carneando vacas ajenas y viviendo de eso sino de peones que se conchaban en las haciendas y trabajan para generar esa producción. Es decir, la situación ha cambiado, dejamos atrás esa economía rudimentaria de la década de 1820, 30, 40, 50, propia de la época del rosismo. Se reemplaza por una economía que exporta lana en la década del 40, del 50, del 60 y del 70 y posteriormente la carne vacuna reemplaza a la lana. Y más adelante, la Argentina exportará granos y será ahí donde aparecerá la imagen del país como granero del mundo. Pero esto ya es a inicios del siglo XX y nos estamos yendo mucho de la historia de la frontera bonaerense.

El segundo proceso importante es la consolidación de los estados nacionales, que a veces queda ajena a la historia de la expansión de la frontera y dificulta notar cómo la frontera está vinculada con otros episodios históricos u otros procesos históricos. Nosotros no podemos decir que en 1810 –con la Revolución de Mayo– y en 1816 –con la declaración de Independencia– ya estamos en presencia de un país.

Lo que tenemos en ese entonces son proyectos de país que van a tener enormes dificultades para poder cristalizarse y consolidarse. La Argentina no tiene una constitución, la Argentina no tiene un sistema presidencialista, la Argentina no tiene un parlamento. Para todo eso habrá que esperar hasta 1853 y mientras tanto la forma de resolver los conflictos va a ser mediante la guerra. Y la guerra, así como destruye vidas humanas, también destruye recursos. La guerra imposibilita la conformación del Estado Argentino. Recién cuando se constituye en 1853, la provincia de Buenos Aires va a dedicar todos sus recursos a ocuparse de la expansión fronteriza y de ocupar esas tierras que habitaban las poblaciones nativas.

Las poblaciones indígenas sabían muy bien esto y trataban de sacar provecho de estas situaciones muchas veces aliándose con unitarios, otras veces aliándose con federales y viendo qué tajada podían sacar de la situación. Estos conflictos internos, por ejemplo entre unitarios y federales, no son ni más ni menos que distintos proyectos de país que luchan para sobreponerse uno sobre otro.

Los conflictos internacionales afectan a la incipiente Argentina, que no se ha constituido como tal todavía. Por ejemplo, la guerra que la enfrenta con el Imperio del Brasil entre 1825 y 1828 por ver quién se queda con la Banda Oriental -que, cuando finaliza, la Banda Oriental se constituirá como Estado Oriental del Uruguay independiente en 1828-.

Más adelante tendremos el conflicto entre la República Argentina, aliada con Uruguay y con Brasil, contra Paraguay. Es una guerra muy desgastante que lleva unos cinco años y demanda una gran cantidad de recursos de la Argentina. De hecho, se endeuda internacionalmente para poder llevar adelante esa guerra. El Estado argentino deposita la mayor parte de sus recursos en esa guerra, destina la mayor parte del ejército a esa guerra y la frontera queda en un estado de segunda o tercera prioridad.

Y es ahí donde entran en juego actores locales en la frontera. Por ejemplo, comandantes, vecinos de la frontera. Ellos harán lo imposible para mantener pacificado ese espacio y ese territorio. Para no sufrir, además del conflicto que tienen en Corrientes, en Misiones y más adelante en Paraguay, también un conflicto en la frontera bonaerense que pueda llevar, por ejemplo, a un despoblamiento de ese territorio. No podemos pensar en la expansión de la frontera bonaerense como algo completamente aislado de la situación económica nacional e internacional, ni tampoco de los conflictos políticos y militares que atraviesa este proceso de construcción de los estados nacionales. Es algo que está siempre presente.

Distintas formas de propiedad de la tierra

Ahora que hablaste de la generalización del capitalismo, ¿podríamos hacer una caracterización de cómo es la propiedad para las sociedades indígenas y cuáles son sus diferencias con la propiedad privada?

Hay que hacer una aclaración con respecto al tipo de sociedades indígenas que tenemos en la provincia de Buenos Aires, en el territorio pampeano y en la Patagonia, en relación con otras sociedades indígenas del noroeste argentino o de otras zonas de América Latina. Pienso, por ejemplo, en Bolivia, en Perú. En las primeras sociedades indígenas que habitaron la región que estamos tratando, no estamos en presencia de poblaciones que sean del todo sedentarias. Son poblaciones que más bien están en un ida y vuelta constante. Permanecen un tiempo en un territorio, practican la agricultura, pero no se mantienen en un mismo lugar durante décadas o siglos. Transitan el territorio, se van moviendo.

No son como las sociedades indígenas que tenemos en el noroeste de la Argentina que se incorporaron rápidamente al dominio español o las poblaciones indígenas de Bolivia, de la zona sobre todo de la sierra de Bolivia y del Perú. Ahí estamos en presencia de comunidades indígenas. Uno a veces usa el concepto de comunidades como un sinónimo para referenciar a los indígenas y no todos los indígenas vivían en comunidades. Por ejemplo en Bolivia, en Perú hay una forma de vida comunitaria. La comunidad indígena es propietaria de la tierra porque la tierra es un bien escaso. Es la comunidad la que administra esa tierra, define cómo se trabaja al interior de esa comunidad y donde cada familia trabaja para sí o para la familia de al lado. Hay un espíritu de reciprocidad muy fuerte.

En las tierras de la Pampa y la Patagonia donde lo que abunda es la tierra, ya no hay problema de tierras. No necesariamente hay que quedarse siempre en un mismo lugar, se puede ir circulando por el territorio de acuerdo a las necesidades y a las demandas de la población nativa o de esas familias o esas tribus que están instaladas en el territorio.

Lo que sí está claro es que tanto las comunidades indígenas de estos lugares que yo les mencionaba anteriormente como los asentamientos indígenas más o menos móviles de la Pampa y la Patagonia tienen una forma de organización de la tierra completamente distinta a la de los criollos, los “cristianos”, los “blancos” –hay distintas categorías para definir a esa población, después podemos charlar con respecto a eso– en las que prima la propiedad privada: de un hacendado, de un estanciero, de un poblador que no es propietario pero arrienda la tierra o de uno que la ocupa de hecho y, seguramente, en algún momento insistirá para que el Estado lo reconozca como propietario. Lo que tenemos en el caso de la sociedad occidental es que son propietarios individuales o propietarios familiares que en todo caso querrán expandir la tierra que controlan o cuidar la que tienen. Ellos no producen tanto para la autosubsistencia, como lo hacen las comunidades indígenas. Su producción está volcada al comercio, a obtener ganancias de esa producción.

Ahí hay una diferencia muy clara entre lo que sería una forma de propiedad individual de la tierra, propia del capitalismo y del liberalismo, y una propiedad más de tipo comunal de las comunidades indígenas que, insisto, no son tan recurrentes en la Pampa y en la Patagonia como lo son, por ejemplo, en el noroeste argentino y en otras zonas de América Latina.

El problema de las categorías. Blancos, criollos, cristianos, indios, nativos u originarios. ¿Cómo identificar a los distintos actores?

Tomando la cuestión de las categorías que recién asomaba, uno se siente medio incómodo diciendo "blanco” (¿soy racista?) o diciendo "indio” (porque “indio” tiene una connotación negativa). A veces aparecen entre comillas. En las escuelas puede ocurrir que se eviten, se trate de no decir “indio” por esa cosa peyorativa. ¿Cómo es este tema de las categorías? 

Es un tema complejo. Nosotros, los historiadores, generalmente tendemos a ampararnos en el paraguas de lo que dice la fuente. O la categoría que se utilizaba en la época. Y en ese caso recurrimos a las comillas para utilizar conceptos que en la sociedad en general, por sentido común, pueden ser vistos como algo discriminatorio o peyorativo.

La categoría “indio” es fruto de la colonización española, allá por el 1500, y es un término que escogieron utilizar los españoles para decir “esta es la población que habita las Indias”. Porque los españoles buscaban las Indias orientales, querían llegar a China, querían llegar a Japón. Pasaron algunas décadas hasta que se dieron cuenta que no habían llegado a las Indias orientales, sino que estaban en otro territorio distinto, nuevo para ellos, que era el continente americano. Pero así y todo seguirán refiriéndose a este espacio como las Indias, ahora occidentales. Por eso, toda población que residiese en esas Indias occidentales, y que no fuese blanca, que no fuese de los españoles era “india”. 

El término “blanco” era fundamental en la época colonial porque el color de piel definía el lugar que uno tenía en la sociedad. Era una sociedad de castas, no una sociedad de clases definida por el ingreso económico familiar. En esa época el lugar que una persona, una familia, ocupaba en la sociedad lo definía el color de piel y el origen étnico. Si uno era un indígena pagaba tributo, tenía que someterse a la mita, no podía portar armas, no podía andar a caballo, no podía ordenarse sacerdote, no podía integrarse al ejército, no podía ser funcionario. Mientras que los blancos sí podían, fueran españoles o criollos. Durante todo el siglo XIX esas diferencias coloniales de castas, si bien en teoría se habían roto con la revolución –porque a partir de 1810, insisto, en teoría, somos todos iguales ante la ley– en la práctica no fueron todos iguales ante la ley y lo que vamos a observar es que esas diferencias coloniales perviven. Por ejemplo, para muchos políticos de la Argentina del siglo XIX, esas poblaciones nativas seguirán siendo llamadas “indios” al igual que lo hacían los españoles. Y lo que está claro es que los españoles le habían dado un sentido homogéneo a toda una población que no lo era. Eran aztecas, o eran mexicas, o incas, o tlaxcaltecas, o aimaras, o quechuas. Es decir, había distintos tipos de identificación que muchas veces ni siquiera los historiadores tenemos en claro. Solemos definir a esas poblaciones indígenas como pampas, como serranos, como ranqueles, como tehuelches, como mapuches, pero no sabemos si ellos se definen a sí mismos de esa forma. Son características culturales que los historiadores, los arqueólogos y luego los antropólogos, construimos en base al análisis de las fuentes históricas. 

Lo que hay que decir es que un historiador o un antropólogo, un arqueólogo desde la actualidad no utilizan esas categorías (por ejemplo la de “indio”) con un sentido discriminatorio. Por ejemplo, cuando se utiliza el concepto de “indio amigo”, que era algo a lo que yo hacía mención antes, se nombra así porque la fuente así lo clasifica, porque los burócratas de la época o los agentes de Estado los mencionan de ese modo. O sea, trabajamos con fuentes que provienen del Estado, no son registros que los propios indígenas nos dejaron sobre ellos. Son registros que el mismo Estado, los criollos, elaboraron sobre una sociedad que muchas veces no alcanzaron a entender. Por eso, tienden a categorizarlas con formas en las que los propios indígenas no se sienten identificados. Sí es cierto que durante gran parte del siglo XIX pervivió una mirada que –para nuestros ojos actuales– sería discriminatoria, se consideraba al indígena como atrasado. “Indio” era posiblemente lo mejor que se le podía llegar a decir. Se los tildaba de bárbaros, de atrasados, es decir, había distintas categorías mucho más fuertes incluso que la de “indios salvajes”. Hay destacados pensadores de la Argentina que se referían en esos términos a la población nativa, pero insisto, es algo propio de la época y que así como está en la Argentina, está en otros países de América Latina y también en Europa.

Es una concepción cultural de ese entonces que tendía a ver a todo aquel que no fuese blanco europeo y occidental como alguien inferior. De alguna forma esa característica de inferioridad que se atribuía a las poblaciones indígenas justificaba la expansión territorial, el sometimiento, el exterminio y la anexión de los territorios. Yo, particularmente, no uso mucho “indio”. Prefiero hablar de indígena. Me parece que es más adecuado para referirse a la población nativa de un lugar, originaria de un lugar.

Hablar de pueblo originario es una decisión política reivindicatoria útil pero, por otro lado, hablar de pueblo originario también tiene la contradicción de que no necesariamente las poblaciones indígenas que habitaron, supongamos, el oeste de la provincia de Buenos Aires a finales del siglo XIX, habían estado ahí desde siempre. De hecho, los historiadores y los antropólogos han hablado ya por la década de 1990 del “proceso de araucanización de las pampas” para referirse a los cambios que aportaron a las poblaciones pampeanas los nativos indígenas del otro lado de la cordillera –que no le podemos decir chilenos porque Chile no existía como Estado nacional y tampoco ocupaba efectivamente ese territorio–. Son araucanos que vivían al oeste de la cordillera –la cordillera de los Andes no era un ámbito de separación sino un espacio de confluencia entre los pobladores de los Andes, para allá y para acá de los Andes– y que se expanden cultural y territorialmente hacia el norte de la Pampa, parte de la Patagonia y generan una cierta homogeneización cultural en esa zona que hoy en día pasamos a reconocer como territorio mapuche. Este es un buen ejemplo de los límites de la expresión “pueblos originarios”: esos araucanos que se instalan en Salinas Grandes en la década del 40, 50 del siglo XIX no son originarios de ahí, son originarios de otra parte. Por eso digo que también estos conceptos que, insisto, sirven a la hora de reivindicarlos históricamente, también tienen sus problemas y sus falencias.

Yo pienso que todavía no existe un concepto indicado para referirse a la población indígena y que lo adecuado implicaría un gran trabajo de investigación para conocer cómo esas poblaciones nativas se identificaban a sí mismas. Entonces podríamos denominarlas de esa forma, aunque implica un trabajo de una complejidad tal que, insisto, no estamos en condiciones de llevar a cabo.

En lo que respecta a las categorías que utilizamos para referirnos a la población criolla, uno podría decir “argentinos” desde 1870, 1880 en adelante y meter dentro de esa bolsa a todos. Ahora el tema es el siguiente, ¿cómo nos referimos a la población que vivía en 1820, 1830 en el actual territorio argentino cuando la Argentina como país no existía? ¿Cómo los identificamos? ¿Como “rioplatenses”? Pero los que viven en Corrientes o los que viven en La Rioja, ¿cómo se identifican? No sé si se van a identificar como rioplatenses. Ahí tenemos un problema. 

Busquemos otra categoría. Hablamos de “cristianos” como para diferenciarlos de la población nativa indígena que no creían en el mismo Dios que creen los creyentes católicos. Pero no todos creían en Dios, no todos eran cristianos, incluso había indígenas que se habían convertido al catolicismo. Buscamos otra categoría: hablamos de “criollos”. Sí, “descendientes de españoles que residen en el territorio rioplatense, argentino, bonaerense”. Está bien, pero también hay inmigrantes irla/Endeses, escoceses, italianos que van a empezar a llegar al Río de la Plata y que no son criollos, son inmigrantes, son europeos.

Hay toda una serie de conceptos que solemos utilizar y que generalmente lo hacemos entre comillas, porque ninguno nos cuadra y nos resuelve la ecuación. Todavía seguimos buscando categorías que sean un poco menos abarcativas, más precisas, pero eso muchas veces puede llevar a que no contribuyan demasiado para la educación de los niños en las escuelas y para el sentido común.

¿Solo existen fuentes escritas por los hispano-criollos?

Una última pregunta. Nos explicás que estas son las categorías que aparecen en las fuentes. Pero no hay fuentes del lado indígena, solo escriben los criollos, blancos, cristianos o como queramos llamarlos. 

En realidad sí hay fuentes. Generalmente las fuentes a las que tenemos acceso los historiadores están en los archivos. Archivos provinciales, archivos nacionales como por ejemplo el Archivo General de la Nación, (AGN), el Servicio Histórico del Ejército, el Museo Roca. Hay varios archivos nacionales. El más importante es el AGN que está en la Ciudad de Buenos Aires. Uno puede encontrar ahí comunicaciones de caciques indígenas o jefes tribales, especialmente, que envían cartas a los comandantes de la frontera o a las autoridades bonaerenses o a las autoridades nacionales. El tema es que generalmente esas comunicaciones están mediadas por un escriba o un escritor que es un criollo. Es una especie de secretario que tiene el cacique, que es el que redacta la comunicación y que de alguna forma intermedia en la palabra del cacique para adecuarla a cómo la puede recepcionar una autoridad. Últimamente han aparecido nuevas fuentes, de vez en cuando, por ejemplo, algunas cartas que se supone que están escritas de puño y letra por un cacique. De hecho, hace poquito tiempo ya se ha tratado esta cuestión, para el siglo XVIII, para mediados del siglo XVIII. El historiador, Nahuel Vassallo, dijo haber encontrado una carta de puño y letra escrita por un cacique pampeano de esa época.

Lo cierto es que generalmente las cartas están escritas por los escribas de los caciques, que son los que intermedian la comunicación. Sin embargo, esa escritura nos permite de alguna forma, más allá de que la escriba un “blanco” –un criollo que vive con los indígenas, conocedor de la realidad de esa sociedad– conocer cuáles son sus demandas, cuáles son sus pedidos. Otras veces aparecen comunicaciones de jefes de frontera que reciben una comitiva indígena y que le dicen al presidente o al gobernador: “Vino el cacique tal o vino un emisario del cacique tal a pedirme tal, tal y tal cosa y dijo que quiere sellar la paz”. En fin, ahí ya tenemos una comunicación mediada por un comandante que incluso puede tener intereses en establecer una vinculación de paz o mantener una situación de conflictividad para justificar su lugar ahí en la frontera. O sea, es un hombre que está a 400 km de la ciudad de Buenos Aires y que tiene la posibilidad o el rol de hacer la guerra o de mantener la paz y presentarse como un hombre necesario en esa relación. Entonces, muchas veces se terminan tergiversando situaciones para justificar el rol propio de mediador en la frontera. Ahí hay un elemento clave que han estudiado historiadoras y antropólogas como Silvia Rato o Ingrid De Jong. Ellas hablan de los mediadores, que son esos personajes que están entre el mundo indígena y el mundo criollo y que tienen la misión de conectar o de vincular dos sociedades distintas que muchas veces conviven dentro de una sociedad original que es la sociedad de frontera.


1 La colección fue producto de un proyecto de investigación plurianual financiado por el Estado Nacional. 

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