Palabra 51: Acá no pasaba nada
Las escuelas bonaerenses construyen memoria. Palabras, conceptos y definiciones.
Creado: 2 septiembre, 2026 | Actualizado: 6 de octubre, 2026
Autoría:
Producción: estudiantes de primer año del Profesorado en Historia: Bischof, Jennifer Marlen; Bustillo Roseró, Aylin; Fuentes Nevado, Pilar; Clatt Stutz, Martina.
Tutoría: Tomaszewicz, Jorgelina (docente).
Institución educativa: Unidad Académica María Célica Lagouarde de Sanseau - ISFDyT N° 146, Salliqueló.
En Salliqueló, pequeño pueblo ubicado al oeste de la provincia de Buenos Aires, a más de quinientos kilómetros de la capital, la frase se repite como un eco: “acá no pasaba nada”. La dicen los más viejos, los comerciantes que vivieron los años duros detrás de un mostrador, los que crecieron sin hacer demasiadas preguntas. La frase parece inocente, casi una forma de sentir orgullo por la tranquilidad del pueblo, pero guarda detrás una sombra densa. Porque sí pasaba. Pasaba el miedo, pasaba el silencio, pasaba la historia que no se cuenta…
Durante los años más oscuros del país, Salliqueló fue escenario de hechos que todavía hoy se mencionan en voz baja. El primero no ocurrió en el pueblo, pero el protagonista fue un joven nacido aquí que se había ido a Buenos Aires para estudiar abogacía. Compartía nombre y apellido con su padre, lo que a la larga trajo consecuencias nefastas, tan nefastas como el período en que ocurrieron los acontecimientos. Una noche irrumpieron en su departamento y se los llevaron a los dos. El padre fue liberado dos días después. El hijo, nunca volvió. Su nombre quedó suspendido, como una palabra que no se pronuncia del todo. En el pueblo, la noticia llegó entre susurros. Algunos lo lamentaron; otros se encogieron de hombros; mientras pensaban que “en algo andaría”, muchos eligieron callar. El silencio fue una forma de protección o, al menos, así se decía.
El segundo hecho ocurrió unos meses después y marcó aún más esa grieta entre lo que se sabía, lo que se decía y lo que se ocultaba. Ella era María Rosa Moreda, de profesión odontóloga, nacida en Salliqueló; él, Aníbal Rodríguez Álvarez, médico español radicado en la Argentina. Con el inicio de la represión, decidieron establecerse en el pueblo, creyendo que la distancia y el anonimato rural los resguardarían. Pero el terror no conocía fronteras. Una noche de junio de 1976, mientras compartían un café con una pareja amiga, escucharon un golpe en la puerta. Preguntaron por el doctor. Él salió confiado, ya que casi todos los días alguien preguntaba por el doctor fuera de horario. Pasaron cinco minutos… diez…Cuando su esposa decidió asomarse, irrumpieron hombres armados, vestidos de civil. Nadie vio emblemas, ni escuchó explicaciones. Solo órdenes breves, amenazas, armas, miedo. Los obligaron a tirarse al suelo y esperar dos horas que parecieron eternas. Luego se los llevaron. Sin dejar rastros, sin argumento, sin palabras.
El amanecer siguiente fue de una normalidad enrarecida. Los negocios abrieron tarde, los vecinos cruzaban la mirada sin detenerse, algunos fingieron no haber visto nada. En la radio local no pronunciaron ni una sola oración sobre el caso. En las casas se hablaba poco y en voz baja. El miedo se instaló como una presencia concreta, una especie de pared invisible que separaba a las personas. Las reuniones sociales empezaron a escasear, las fiestas se suspendieron, los vecinos volvían temprano a sus casas y, después de las ocho, las calles quedaban vacías.
Mientras tanto, el hermano de la odontóloga emprendió una búsqueda desesperada. Viajó hasta Bahía Blanca, siguiendo rumores de un centro clandestino de detención. Preguntó en hospitales, comisarías, parroquias. Recibió evasivas, silencios, amenazas. El pueblo observaba de lejos, en un equilibrio extraño entre la compasión y el miedo. Nadie quería hablar demasiado. Nadie quería ser el próximo.
Dos meses después, el teléfono sonó. Los citaron para una entrega. Cuando la familia la encontró, apenas reconocieron su rostro. Era la sombra de lo que había sido. Estaba quebrada, golpeada, desnutrida, casi sin poder hablar. Nunca contó lo que le hicieron. La trajeron de regreso a Salliqueló, pero ya nada sería igual. Ni para ella, ni para el pueblo.
Con el paso del tiempo, la vida volvió a su rutina. El mercado abrió de nuevo, la plaza recuperó la gente en sus bancos, los niños jugaron bajo la mirada tranquila de los mayores. La sociedad empezó a repetir que “acá no pasaba nada”. Que las cosas malas sucedían en las grandes ciudades, que el ruido, los secuestros, las desapariciones eran de otros lugares. Salliqueló, decían, seguía siendo un pueblo tranquilo, trabajador, “de buena gente”. Era una forma de conjuro, una manera de alejar el horror sin nombrarlo.
Pero la negación también es una forma de memoria, una memoria torcida. Durante los años siguientes, cada intento de recordar era reprimido por la costumbre de callar. La frase “acá no pasaba nada” se convirtió en un refugio, en una manera de sobrevivir al propio miedo. Detrás de ella se escondía la culpa, la indiferencia, la comodidad de mirar hacia otro lado. Porque, aunque nadie lo dijera, todos sabían algo: que las camionetas pasaban de noche sin luces, que había casas donde se escuchaban ruidos raros, que el miedo se respiraba junto con el aire.
El tiempo, sin embargo, tiene una forma persistente de abrir hendijas en la memoria. Años después, cuando las palabras “desaparecidos” y “dictadura” comenzaron a ocupar las tapas de los diarios, algunos en Salliqueló empezaron a recordar. No con facilidad, no con claridad, pero recordar al fin. Los hijos preguntaron, los nietos buscaron nombres, las escuelas organizaron actos, y poco a poco, las historias volvieron a salir del pozo del silencio.
En los testimonios recogidos años más tarde, se repiten las mismas frases: “No sabíamos”, “No podíamos hacer nada”, “Teníamos miedo”. Y, sin embargo, el miedo también fue una elección colectiva, un modo de sostener la apariencia de orden. La dictadura no solo se sostuvo por las armas, sino también por los gestos cotidianos de obediencia y silencio. Cada vez que alguien repitió que “acá no pasaba nada”, se reforzó la frontera entre lo visible y lo indecible.
Hoy, cuando caminamos por nuestras calles, cuesta imaginar el peso de aquel silencio. Las fachadas son las mismas, los árboles siguen marcando sombra en las veredas, pero debajo de esa calma persiste la pregunta: ¿qué significa decir que “no pasaba nada”? ¿Es una negación o una confesión? Porque tal vez esa frase no sea una mentira sino una verdad más profunda: para muchos, efectivamente, no pasaba nada, porque el dolor ajeno no alteraba su rutina, porque el miedo los había vuelto espectadores de su propio tiempo.
Sin embargo, la historia no se borra con frases. Queda en los nombres que no se pronuncian, en las cartas sin respuesta, en los hijos que crecieron sin saber del todo quiénes fueron sus padres. Queda, sobre todo, en el silencio heredado, en esa costumbre de hablar bajo o de cambiar de tema cuando alguien pregunta demasiado.
Con el regreso de la democracia, comenzaron a realizarse diversas acciones para reconstruir la memoria. Entre ellas: entrevistas, homenajes, placas con nombres conmemorativos. Sin embargo, Salliqueló se encontraba fragmentado/dividido entre quienes querían recordar y quienes preferían no abrir viejas heridas. Decir “acá no pasaba nada” seguía siendo una forma de mantener las cosas quietas, de preservar cierta paz hecha de olvido. El desafío de la memoria, no fue sólo político; sino también personal/individual/ humano: reconocer que el silencio había sido parte del problema.
Hoy, casi cincuenta años después, las nuevas generaciones empiezan a mirar hacia atrás con otra sensibilidad. En las escuelas se leen testimonios, se investigan los casos, se recuperan los nombres de los desaparecidos del pueblo. Los jóvenes ya no se conforman con la versión del “no pasó nada”. Preguntan, escriben, graban, buscan rastros. En sus voces hay algo de reparación, una voluntad de devolverle densidad a una historia que fue vaciada por la negación.
Quizás por eso, en cada intento de recordar, resuena una tensión entre el pasado y el presente. El silencio, como el olvido, también es una construcción social, un modo de sostener la apariencia de normalidad. Y Salliqueló, con su frase repetida hasta el cansancio, es una muestra de eso: un pueblo que quiso convencerse de su inocencia, pero que guarda en su memoria las marcas de una época en la que el miedo se confundía con la tranquilidad.
Porque sí pasaba.
Pasaba la historia, sin testigos dispuestos a verla. Y aunque hoy la frase aún se diga, ya no suena igual. Cada vez que alguien repite “acá no pasaba nada”, otra voz responde, bajito pero firme, que sí, que pasó.
Referencias y recursos bibliográficos
Dirección General de Cultura y Educación. (2025). Palabras clave para una pedagogía de la memoria: una herramienta para abordar el terrorismo de Estado y los derechos humanos en las escuelas bonaerenses. Buenos Aires.
González María Jorgelina y otros (2008) Despertando conciencia. Comisión por la Memoria. Producción de EEM N°1. En el marco del programa “jóvenes y memoria”
Hage, J., & Rosemberg, V. (2025). Construyendo Memorias: Módulo 3. La responsabilidad por el pasado y por el presente. Línea de Formación de Formadoras y Formadores del área de Ciudadanía y Derechos Humanos. Dirección Provincial de Educación Superior, Dirección General de Cultura y Educación.
SUTEBA. (2016). Salliqueló. Se ratificó el compromiso con la memoria la verdad y la justicia .
Este trabajo fue realizado en el marco de la convocatoria Palabra 51 (edición 2025). Para su publicación, se han hecho correcciones tipográficas respetando el formato original de la presentación y el uso del lenguaje elegido por sus autoras y autores.