Palabra 51: Complicidad Civil

Las escuelas bonaerenses construyen memoria. Palabras, conceptos y definiciones.

Creado: 2 septiembre, 2026 | Actualizado: 6 de octubre, 2026

Producción: Britez, Daiana.
Tutoría: Britez, Micaela.
Institución educativa: Instituto Martín Miguel Güemes de Isidro Casanova, La Matanza.


La complicidad civil es una de esas expresiones que, aunque parecen pertenecer al pasado, siguen teniendo una enorme vigencia. Hablar de complicidad civil implica revisar momentos oscuros de nuestra historia, como la última dictadura militar en la Argentina, pero también pensar en cómo esa misma actitud puede repetirse en el presente bajo otras formas. La palabra “complicidad” remite a participar de algo, a compartir una responsabilidad, y cuando se la une al término “civil”, se está señalando la participación de personas comunes, que no forman parte de las fuerzas armadas ni del gobierno, pero que igualmente fueron parte del sostenimiento de un sistema injusto.

Durante la dictadura que comenzó en 1976, la complicidad civil se manifestó de distintas maneras. Hubo empresarios que entregaron listas de trabajadores militantes, jueces que no investigaron las denuncias de desapariciones, periodistas que difundieron información falsa o parcial, y también ciudadanos comunes que prefirieron callar o mirar hacia otro lado. Esa actitud permitió que el terror se consolidara y que miles de personas fueran secuestradas, torturadas o desaparecidas. Por eso, cuando hoy se habla de complicidad civil, no solo se señala a quienes actuaron directamente, sino también a quienes, por omisión o silencio, ayudaron a mantener el miedo y la impunidad.

Sin embargo, la complicidad civil no es un concepto estático. Históricamente, el término fue tomando fuerza a medida que se conocieron más pruebas sobre la participación civil en la dictadura. Al principio, se pensaba que los responsables del terrorismo de Estado eran solo los militares. Pero después se descubrió que, sin el apoyo de ciertos sectores civiles, el plan represivo no habría sido posible. Las empresas se beneficiaron económicamente y colaboraron con los militares entregando información sobre sus empleados, los medios que justificaron los crímenes, las instituciones religiosas que callaron y los ciudadanos que aceptaron la censura fueron piezas fundamentales para sostener la dictadura. 

Todos estos casos demostraron que el terrorismo de Estado no fue una obra exclusiva de los militares, sino el resultado de una red de intereses y silencios.

Pero la resignificación del concepto también llegó gracias al trabajo de los organismos de derechos humanos, los sobrevivientes y los familiares de las víctimas. Ellos insistieron durante décadas en que la memoria debía incluir a todos los responsables, no solo a los que usaban uniforme. Gracias a esas luchas, hoy la complicidad civil forma parte de la memoria colectiva y del debate social. Este proceso de reconocimiento no fue inmediato. Durante muchos años, se hablaba solo de “víctimas” y “represores”, como si el resto de la sociedad no hubiera tenido ningún rol. Décadas después del regreso de la democracia, se empezó a poner en evidencia esta responsabilidad compartida. En ese sentido, la palabra “complicidad” se volvió una herramienta para mirar críticamente nuestro pasado y entender que el silencio también puede ser una forma de participación.

 Siempre se habla de los dictadores, de los que dieron las órdenes o de los que las cumplieron, pero pocas veces se habla de los que se beneficiaron o prefirieron no intervenir. Reflexionar sobre la complicidad civil es una manera de hacernos preguntas sobre nuestro presente: ¿qué cosas dejamos pasar? ¿Cuántas veces callamos ante algo injusto por miedo, comodidad o indiferencia?

La complicidad civil no quedó en los libros de historia. Hoy sigue existiendo, aunque se exprese de otras formas. Se puede ver en la falta de empatía ante los problemas sociales, en la desinformación, en los discursos de odio que algunos repiten sin pensar, o incluso en la pasividad frente a las injusticias cotidianas. Cada vez que alguien elige no involucrarse, hay una pequeña dosis de complicidad. Por eso, hablar de este tema no es solo un ejercicio de memoria, sino también un acto de responsabilidad hacia el presente.

Esta palabra genera sensaciones muy distintas. Por un lado, tristeza, porque muestra una parte oscura del ser humano: la capacidad de adaptarse a lo injusto. Pero también genera reflexión, porque creo que entenderla puede ayudarnos a no repetir los mismos errores. Si sabemos reconocer la complicidad en el pasado, quizás podamos evitarla en el futuro.

En la actualidad, esta palabra nos invita a mirar alrededor y reconocer nuevas formas de complicidad. Por ejemplo, cuando se toleran discursos discriminatorios, cuando se normaliza la violencia de género o cuando se justifican los abusos de poder, estamos ante una sociedad que sigue reproduciendo mecanismos de silencio y justificación. Tal vez ya no haya una dictadura, pero todavía existen situaciones en las que el miedo o la indiferencia pesan más que la empatía y la solidaridad.

Desde mi lugar de estudiante, me parece fundamental entender que la complicidad no siempre es evidente. A veces se disfraza de neutralidad o de “no meterse”. Pero no tomar postura también es una forma de decidir. En la escuela, por ejemplo, si presenciamos un caso de acoso o discriminación y no hacemos nada, también somos parte del problema. Esa misma lógica puede aplicarse a muchos otros ámbitos de la vida social. Por eso, hablar de complicidad civil no es solo estudiar un hecho del pasado, sino aprender a identificar las actitudes que la alimentan en el presente.

Creo que el desafío para nuestra generación es no repetir los silencios. No estuvimos en la dictadura, pero sí podemos aprender de ella. La memoria no sirve solo para recordar, sino para actuar distinto. Ser conscientes de la complicidad civil nos ayuda a entender que cada acción o cada omisión tiene consecuencias.

Cuando pienso en cómo transmitir esta palabra a otros, imagino hacerlo de una forma visual y participativa. Podría mostrar fotos de la época, titulares de diarios, testimonios de víctimas y frases que representen el discurso social de aquel entonces, como “por algo será” o “algo habrán hecho”. Son expresiones que muestran cómo la gente intentaba justificar lo injustificable. También usaría ejemplos actuales, para que se note que la complicidad no es solo un tema histórico, sino algo que puede repetirse si no aprendemos a mirar críticamente.

En definitiva, la complicidad civil representa la parte de responsabilidad que todos tenemos en la construcción o destrucción de una sociedad justa. No se trata de culpar a todos por igual, sino de entender que los sistemas de poder no se sostienen solos. Necesitan de la pasividad, del miedo y, muchas veces, del beneficio de quienes prefieren no cuestionar lo que pasa a su alrededor.

Por eso, me parece una palabra profundamente actual. Nos interpela no solo como ciudadanos, sino como seres humanos. Nos invita a pensar qué haríamos nosotros si viviéramos una situación parecida, y sobre todo, qué hacemos hoy frente a las injusticias que nos rodean.

Hablar de complicidad civil es hablar de memoria, de ética y de compromiso. Es entender que el “yo no sabía” o el “no me meto” también tienen consecuencias. Y que el silencio, en muchos casos, puede doler tanto como la violencia misma.

La historia argentina nos enseñó que los horrores más grandes no se construyen sólo con armas, sino también con palabras, con silencios y con miradas que se desvían. Reconocerlo es el primer paso para no repetirlo.

Por eso, la complicidad civil no debería ser vista sólo como una categoría histórica, sino como una advertencia permanente. Nos recuerda que todos formamos parte de la historia, incluso cuando creemos que no tenemos poder. Cada decisión, cada palabra y cada gesto pueden contribuir a sostener o a transformar una realidad. La complicidad civil no debe ser un tema del pasado, sino una pregunta constante: ¿de qué somos cómplices cuando decidimos callar?

Referencias y recursos bibliográficos

Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (CONADEP). (1984). Nunca Más. Buenos Aires, Eudeba.

Crenzel, E. (2008). La historia política del Nunca Más. La memoria de las desapariciones en la Argentina. Siglo XXI Editores.

Espacio Memoria y Derechos Humanos (ex ESMA). (s.f.). Complicidad civil: el rol de los actores económicos, judiciales y religiosos durante la dictadura. 

Feitlowitz, M. (1998). Un léxico del terror: Argentina y los desaparecidos. Editorial Adriana Hidalgo.

Franco, M. (2012). Un enemigo para la nación. Orden interno, violencia y “subversión”, 1973-1976. Fondo de Cultura Económica.

Lvovich, D., & Bisquert, J. (2008). La cambiante memoria de la dictadura: Discursos sociales y legitimidad democrática. Edhasa.

Página/12 (2023). La complicidad civil en la dictadura: empresarios, jueces y medios. 

Secretaría de Derechos Humanos de la Nación (Argentina). (2022). Juicios por delitos de lesa humanidad y participación civil. Buenos Aires: Ministerio de Justicia y Derechos Humanos.

Este trabajo fue realizado en el marco de la convocatoria Palabra 51 (edición 2025). Para su publicación, se han hecho correcciones tipográficas respetando el formato original de la presentación y el uso del lenguaje elegido por sus autoras y autores.

Palabra 51

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