Palabra 51: Doctrina de la Seguridad Nacional

Las escuelas bonaerenses construyen memoria. Palabras, conceptos y definiciones.

Creado: 9 septiembre, 2026 | Actualizado: 6 de octubre, 2026

Producción: equipo de estudiantes del proyecto Jóvenes y Memoria.
Tutoría: Luciana Mingrone (profesora).
Institución educativa: Instituto Superior de Formación Docente N° 34, Tres de Febrero.


El contexto de la “Guerra fría” impuso un mundo ordenado desde el enfrentamiento entre dos polos: el comunista hegemonizado por la Unión Soviética y el capitalista por Estados Unidos que, a partir de los tratados de Bretton Woods, la implementación del Plan Marshall y la creación de la Organización del Tratado del Atlántico Norte, ganaba la pulseada a los europeos y construía un férreo dominio económico y político cada vez más centrado en lo militar.

En ese marco, la constitución de Estados Unidos como el hegemón de “Occidente” se cimentaba sobre la creación de un “monstruo”, de un enemigo que le permitía la unidad de su propia sociedad, la justificación del crecimiento de su poder militar y, por consiguiente, del motor de su economía: su complejo industrial militar. Como señala Eric Hobsbawn, aunque la rivalidad y la competencia no implicaran un riesgo cotidiano real, era necesario construir ese temor porque “si los mismísimos Estados Unidos no estaban a salvo, no podía renunciar a las responsabilidades del liderazgo mundial” (Hobsbawn, 1998: 238).

El triunfo de la revolución en Cuba, en 1959, fue saludado inicialmente por Estados Unidos, pero, tras la adopción de algunas políticas como la reforma agraria, la potencia alentó la invasión de la isla caribeña y pronto el proyecto que lideraban Fidel Castro y Ernesto Guevara se alineó con el régimen soviético como estrategia de supervivencia. A partir de la fallida invasión de Bahía Cochinos, América Latina -considerada por EEUU su “patio trasero” desde el desarrollo de la Doctrina Monroe en 1825- fue el escenario de la puesta en juego del enfrentamiento con la URSS como excusa para una nueva etapa. 

En aquel contexto, el desarrollo de la Doctrina de Seguridad Nacional justificó la acción de las Fuerzas Armadas ante un “enemigo interno” representado ya no solo en los viejos partidos de la izquierda tradicional como el Partido Comunista o el Socialista, sino también por algunos espacios del sindicalismo más combativo o las organizaciones armadas que florecieron especialmente en Sudamérica desde fines de los años sesenta.  Así, tras la consolidación de la Revolución Cubana, Estados Unidos alentó la consolidación de legislación “antisubversiva” en toda la región y ese aparato represivo legal sirvió también para cimentar los gobiernos autoritarios que ocuparon el poder político de América del Sur desde 1962.

Tal como ha demostrado Esteban Pontoriero (2022) para el caso argentino, el afianzamiento de esta legislación represiva que le dio herramientas a las Fuerzas Armadas para inmiscuirse en el “orden interno”. Una expresión de esa represión legal alentada por la “Doctrina de la Seguridad nacional” puede ser el “Plan de Conmoción Interna” (más conocido como plan “CONINTES”) que fue implementado durante la presidencia de Arturo  Frondizi, un gobierno elegido en comicios restringidos por la proscripción del peronismo pero que se identificó a sí mismo como democrático y que, sin embargo, a través de esta legislación reprimió el ejercicio de la militancia política y sindical y llenó las cárceles comunes de presos políticos. En la misma línea se puede reconocer al “Estatuto de la Revolución Argentina”, el gobierno militar que rigió los destinos del país entre 1966-1973, que tras conquistar el poder promovió la Cámara Federal en lo Penal de la Nación - “Camarón” en la jerga de la época- que perseguía la “violencia extremista” en los términos de la doctrina promovida por el gobierno estadounidense. 

La legitimidad de estas formas de represión legal se fundamentó en la noción de subversión objeto último de la doctrina de seguridad nacional que lo asimilaba con aquellos agentes que podían expandir la influencia política del comunismo soviético. En Argentina, además, esa identificación se asimiló, como estudió Marina Franco (2012) al discurso de la infiltración que desde junio de 1973 expandió con su regreso al país Juan Domingo Perón que identificó a los representantes de la Juventud Peronista, en general, y de Montoneros, en particular como infiltrados del régimen soviético en el peronismo. De este modo, discursivamente no solo se legitimó la implementación de la represión política y de la Alianza Anticomunista Argentina, una organización paraestatal que persiguió a los jóvenes identificados con los diferentes “frentes de superficie” de Montoneros (tales como la Juventud Trabajadora Peronista o la Unión de Estudiantes Secundarios) pero también dirimió por la vía violenta internas sindicales o políticas. 

Lentamente, se fue construyendo el escenario que terminó en los operativos Independencia en Tucumán y Serpiente Roja en Paraná que fueron políticas del gobierno “democrático” de Isabel Martínez y que antecedieron en muchos sentidos a la dictadura del “Proceso de Reorganización Nacional”. 

Todo este andamiaje represivo legal e ilegal no logró debilitar el robusto proceso de movilización política y protesta social permanente que también se inauguró en la Argentina durante ese período. Es quizá por eso que, mientras en otros países del Cono Sur las dictaduras que ocuparon el poder en los tempranos sesentas se perpetuaron, en nuestro país la tercera presidencia peronista interrumpió el régimen autoritario. Quizá también sea por esa resistencia popular a la represión que la dictadura que dio el golpe de marzo de 1976 fue tan determinada en el desarrollo de su plan sistemático de desaparición de personas auspiciado, amparado y legitimado por la “Doctrina de la seguridad nacional”. 

Creemos que este modo de entender el rol que las Fuerzas Armadas debían tener al interior de las fronteras de Latinoamérica es importante para comprender por qué Estados Unidos alentó dictaduras en la región mientras mostraba un supuesto perfil democrático. Este aspecto represivo profundiza el reconocimiento de los intereses económicos que la potencia sostuvo especialmente en Chile y Argentina con la implementación de políticas neoliberales que transformaron las matrices productivas de la región. Este trasfondo doctrinario sirve para comprender en profundidad la formación militar en la Escuela de las Américas y el amplio despliegue del Plan Cóndor, así como ciertos aspectos del apoyo popular a los regímenes autoritarios. Asimismo, es una herramienta útil para darle profundidad y complejidad a la noción de Guerra Fría que puede ser visto como un simple ordenamiento del mundo bipolar, pero cuyo despliegue transformó a nuestra región en un escenario dramático. 

Referencias y recursos bibliográficos

Franco, M. (2012). Un enemigo para la nación: orden interno, violencia y "subversión" (1973-1976). Fondo de Cultura Económica.

Hobsbawm, E. (1998). Historia del siglo XX. Crítica.

Pontoriero, E. D. (2022). La represión militar en la Argentina (1955-1976). FAHCE.

Este trabajo fue realizado en el marco de la convocatoria Palabra 51 (edición 2025). Para su publicación, se han hecho correcciones tipográficas respetando el formato original de la presentación y el uso del lenguaje elegido por sus autoras y autores.

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