Palabra 51: Los pactos de silencio

Las escuelas bonaerenses construyen memoria. Palabras, conceptos y definiciones.

Creado: 4 septiembre, 2026 | Actualizado: 6 de octubre, 2026

Producción: estudiantes de primer y segundo año de la modalidad Adultos: Carnevalini, Mía; Guerrero, María Gilda; Romero, Mirta; Zurita Zeballos, Rodolfo; Molfesa, Sandra. 
Tutoría: Quintana Goicoechea, Pilar (docente).
Institución educativa: Centro Educativo de Nivel Secundario N° 460 de Lisandro Olmos, La Plata.


Uno de los fenómenos menos visibles pero fundamentales en la perpetuación del sistema represivo de la dictadura militar argentina instaurada el 24 de marzo de 1976 fueron los pactos de silencio, tanto dentro de las Fuerzas Armadas como en amplios sectores de la sociedad civil que se prolongaron durante la democracia y aún continúan dejando severas consecuencias en la construcción de la memoria colectiva.

Durante los años del “Proceso”, el pacto  de silencio se manifestó como un acuerdo implícito entre quienes participaron directa o indirectamente en los crímenes de lesa humanidad. Este pacto tuvo como propósito ocultar la verdad, borrar las huellas de los delitos y garantizar la impunidad. Fue un silencio sostenido no solo por los perpetradores, sino también por quienes, por miedo o complicidad, prefirieron callar. En este contexto, el silencio se convirtió en una forma de violencia simbólica que complementó la violencia física ejercida sobre las víctimas.

En el ámbito militar, el pacto de silencio se sostuvo sobre la base de la obediencia debida y el secreto institucional. Los miembros de las Fuerzas Armadas y de seguridad que participaron en secuestros, torturas y desapariciones, firmaron su lealtad a través del silencio y la omisión. La estructura jerárquica impuso la idea de que hablar equivalía a traicionar a la Patria, y así los represores mantuvieron ocultos los nombres de las víctimas, los lugares de detención clandestinos y el destino de los desaparecidos. Esta política de silencio tuvo como objetivo borrar las pruebas materiales y simbólicas del terrorismo de Estado.

Sin embargo, el pacto de silencio no fue exclusivo del ámbito militar. También se extendió a otras instituciones que colaboraron o guardaron silencio frente a los crímenes. Parte del poder judicial archivó causas, ignoró habeas corpus y legitimó la represión. Algunos sectores de la Iglesia Católica callaron o incluso justificaron las desapariciones en nombre del orden y la moral. Empresarios y medios de comunicación colaboraron con el régimen o se beneficiaron de su política económica, evitando cuestionar las violaciones a los derechos humanos. De este modo, el silencio se volvió un entramado colectivo que garantizó la continuidad del sistema represivo.

El pacto de silencio también alcanzó a la sociedad civil. El miedo, la censura y la desinformación provocaron una pasividad generalizada. Muchos ciudadanos prefirieron no preguntar, no ver, no involucrarse. Las desapariciones eran explicadas como “ausencias voluntarias” o “problemas personales”. La estrategia del terror funcionó precisamente porque logró que el silencio se naturalizara. En palabras de los organismos de derechos humanos, “el silencio fue la mejor arma de la dictadura”. La sociedad entera se convirtió en testigo mudo de una tragedia que aún deja huellas.

Con el retorno a la democracia en 1983, se esperaba que el pacto de silencio se rompiera definitivamente. Sin embargo, aunque el Juicio a las Juntas representó un avance histórico, el silencio persistió. Las leyes de Punto Final y Obediencia Debida, así como los indultos posteriores, consolidaron temporalmente la impunidad y alentaron a los responsables a seguir callando. Muchos represores se negaron a declarar, ocultaron información sobre los centros clandestinos y los cuerpos de las víctimas. Los archivos de las Fuerzas Armadas permanecieron cerrados y la verdad siguió fragmentada.

El silencio también se prolongó en el ámbito social. Durante los primeros años de la democracia, gran parte de la población evitó hablar del pasado reciente. Las víctimas y sobrevivientes fueron, muchas veces, marginados o incomprendidos. El miedo no desapareció de inmediato: persistía la sensación de que “hablar” podía traer consecuencias. Así, el pacto de silencio se transformó en un obstáculo para la reconstrucción de la memoria y la búsqueda de justicia.

A pesar de ello, los organismos de derechos humanos desempeñaron un papel crucial en la ruptura de ese silencio. Las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo y luego los HIJOS y otros movimientos sociales impulsaron la denuncia, la memoria y la búsqueda de verdad. Su insistencia logró poner en palabras lo que el Estado y muchos sectores habían callado. La visibilización del horror, las marchas, los juicios y las exhumaciones fueron actos concretos de resistencia contra el silencio impuesto. Gracias a esa lucha, la sociedad argentina pudo comenzar a reconstruir una memoria colectiva que desafía la negación y el olvido.

En los últimos años, solo unos pocos exmilitares han decidido romper el pacto de silencio, aportando datos sobre centros clandestinos o la identidad de víctimas. Sin embargo, la mayoría de los responsables aún calla. En muchos casos, las familias de los desaparecidos continúan sin conocer la verdad sobre el destino de sus seres queridos. Este silencio perpetuado agrava el dolor y prolonga el trauma social. El pacto de silencio, entonces, no pertenece únicamente al pasado: sigue vigente mientras existan verdades ocultas.

Desde una perspectiva social y cultural, el pacto de silencio se expresa también en el negacionismo. Algunos discursos contemporáneos intentan relativizar los crímenes del terrorismo de Estado, cuestionar el número de desaparecidos o poner en duda la existencia misma de los centros clandestinos. Estas narrativas reactivan el pacto de silencio bajo nuevas formas. La indiferencia o el revisionismo histórico se transforman en mecanismos que amenazan la memoria democrática. Romper el silencio no solo implica obtener información, sino también sostener un compromiso ético con la verdad y la justicia.

Las causas estructurales de este pacto se encuentran en el miedo, la complicidad y la falta de justicia efectiva. El terror impuesto durante la dictadura destruyó los lazos de confianza social y generó un trauma colectivo que perdura. Las instituciones democráticas debieron enfrentar ese legado de miedo y desconfianza, tarea que aún hoy no se ha completado plenamente. Mientras haya archivos cerrados, represores que no hablen y sectores que relativicen el horror, el pacto de silencio continuará siendo una herida abierta.

Las consecuencias del pacto de silencio son profundas. En primer lugar, impide la reparación integral de las víctimas y de sus familias. En segundo lugar, debilita la justicia, ya que la falta de testimonios y pruebas obstaculiza las condenas. En tercer lugar, deteriora la memoria colectiva y facilita el surgimiento de discursos negacionistas. El silencio, por tanto, no es neutral: es una forma de violencia que perpetúa la impunidad.

Romper el pacto de silencio implica una tarea constante del Estado y de la sociedad. Es necesario garantizar el acceso a los archivos militares y de inteligencia, continuar con los juicios por delitos de lesa humanidad y fomentar la educación en derechos humanos. Los espacios de memoria, los museos y los testimonios cumplen un papel central en esa tarea. Cada historia recuperada, cada nieto restituido, cada documento desclasificado representa una victoria contra el silencio.

La educación pública tiene una función esencial para desarticular este pacto. Transmitir a las nuevas generaciones lo que ocurrió durante la dictadura no solo preserva la memoria, sino que refuerza los valores democráticos. La enseñanza sobre el terrorismo de Estado debe basarse en una pedagogía de la memoria, que promueva la empatía, la reflexión crítica y el compromiso social. Solo así podrá construirse una sociedad que repudie la impunidad y valore la verdad como un bien común.

En conclusión, los pactos de silencio sobre la dictadura militar argentina fueron y siguen siendo una herramienta de poder y dominación. Durante el terrorismo de Estado, funcionaron como una estrategia de encubrimiento; en democracia, se transformaron en un obstáculo para la justicia y la memoria. Romper ese silencio implica más que obtener información: significa asumir la responsabilidad histórica de mirar el pasado de frente, escuchar las voces de las víctimas y reconstruir colectivamente la verdad. Mientras haya un desaparecido sin nombre o una familia que no sepa dónde está su ser querido, el pacto de silencio seguirá vigente. La tarea de la memoria, entonces, no ha terminado. Romper el silencio es un acto de justicia, de reparación y de compromiso con el “Nunca Más”.

Referencias y recursos bibliográficos

Agencia de Noticias de Ciencias de la Comunicación. (10 de diciembre de 2024). Es necesario quebrar el pacto de silencio de la dictadura militar. Universidad de Buenos Aires. 

Barros, M. (2024). El silencio bajo la última dictadura argentina. Archivo Cóndor Atlanta. 

Ministerio de Justicia y Derechos Humanos de la Nación. (2023). Campaña "Fui Colimba". Presidencia de la Nación. 

Página 12. (19 de enero de 2022). Qué es un pacto de silencio. 

Este trabajo fue realizado en el marco de la convocatoria Palabra 51 (edición 2025). Para su publicación, se han hecho correcciones tipográficas respetando el formato original de la presentación y el uso del lenguaje elegido por sus autoras y autores.

Palabra 51

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