Palabra 51: Reencuentro

Las escuelas bonaerenses construyen memoria. Palabras, conceptos y definiciones.

Creado: 3 septiembre, 2026 | Actualizado: 6 de octubre, 2026

Producción: estudiantes de la modalidad Adultos: María Quijón y Ramona Suárez.
Tutoría: Natalia Luna (docente). 
Institución educativa: Escuela de Educación Primaria de Adultos Nº 701 “Don José de la Cuadra”, Balcarce.


Hay palabras que abren puertas, que invitan a volver, a mirar con otros ojos lo que alguna vez creímos perdido. Reencuentro es una de ellas.

En la Escuela Primaria de Adultos 701 de la ciudad de Balcarce, esta palabra tiene un peso enorme: nombra el regreso de quienes, por distintos motivos, interrumpieron su camino educativo y hoy deciden volver a escribirlo. Pero también representa algo más profundo: el reencuentro con la propia historia, con los otros y con la memoria colectiva de un país que aún sigue reconstruyéndose después de los años más oscuros de su pasado reciente.

El reencuentro es una forma de reparación. No se trata solo de volver a un lugar, sino de volver transformados. Cada estudiante que cruza la puerta de nuestra escuela lleva consigo una historia: de trabajo, de lucha, de familia, de distancia, de pérdida o de esperanza. Cuando esas historias se juntan, se produce algo poderoso: una comunidad. En esa comunidad, la palabra vuelve a tener sentido. Volver a aprender a leer, a escribir, a pensar, a debatir, a escuchar… es también volver a creer.

En la dictadura cívico-militar de 1976-1983, muchos argentinos fueron privados de derechos fundamentales: la libertad, la vida, la identidad, la expresión. También se interrumpieron proyectos, sueños y caminos educativos. La pobreza y el miedo se extendieron, y durante muchos años el acceso al conocimiento fue un privilegio para pocos.

Volver a la escuela, décadas después, tiene un sentido simbólico profundo: es decirle “sí” a la vida, a la palabra, al pensamiento crítico.

En cada clase, el aula se transforma en un espacio de reparación. Los saberes que antes fueron negados o postergados, hoy son recuperados desde la experiencia y la madurez. No hay edad para aprender, porque aprender es una forma de dignidad.

El reencuentro con la educación también significa confiar en que el conocimiento puede cambiar las cosas. Implica reconocer que estudiar no es solo un acto individual, sino un acto político en el mejor sentido: una decisión de ser parte, de ejercer el derecho a la palabra, de construir memoria y ciudadanía.

Durante el terrorismo de Estado, la censura y el silencio fueron herramientas de control. Se prohibieron libros, canciones, ideas. Se borraron nombres, se ocultaron cuerpos, se distorsionaron verdades. La dictadura quiso imponer una sola voz: la del terror.

Por eso, cada vez que en la escuela de adultos alguien escribe su nombre en una hoja, lee un texto en voz alta o se anima a contar su historia, está ocurriendo un acto profundamente político: el de recuperar la palabra.

La palabra es memoria y también futuro. Nombrar es existir. Por eso, el reencuentro con la palabra en la escuela es también una forma de resistir al olvido.

Cada clase es una oportunidad para hablar de lo que antes no se hablaba: de derechos, de justicia, de identidad, de igualdad. Las conversaciones cotidianas se vuelven espacios de reflexión sobre la historia y sobre la vida. La alfabetización, en este contexto, no es solo aprender letras: es recuperar la voz, la mirada, el pensamiento.

La memoria no es un museo ni una fecha en el calendario: es un ejercicio colectivo y activo. Es volver a mirar el pasado para comprender el presente y construir un futuro más justo.
En una escuela de adultos, la memoria se vive de forma especial. Muchos estudiantes vivieron la dictadura siendo niños o jóvenes. Otros nacieron en democracia, pero crecieron escuchando fragmentos de historias, silencios, heridas abiertas. En las aulas, esos recuerdos y testimonios se encuentran, se resignifican y se transmiten.

El reencuentro con la memoria es también el reencuentro con quienes no están: con los 30.000 desaparecidos, con las voces que fueron calladas, con los sueños que quedaron truncos.
Hablar de la memoria en una escuela de adultos es reafirmar el valor del Nunca Más, pero también reconocer que la democracia se sostiene cada día, con educación, respeto y compromiso.

La escuela de adultos es, por naturaleza, un espacio de encuentro. Personas de distintas edades, historias y trayectorias se sientan en la misma mesa y comparten el deseo común de aprender.
Entre mates, cuadernos y risas, se tejen lazos de solidaridad. Cada uno aprende del otro. La empatía, la escucha y el respeto se vuelven parte del aprendizaje.

En esos gestos cotidianos, en la ayuda mutua, en la paciencia para acompañar al compañero que recién empieza, se encarna la pedagogía de los derechos humanos. Aprender en comunidad es aprender a convivir.

El reencuentro con los otros es también una forma de sanar la fragmentación social que la dictadura dejó como herencia. Es volver a confiar en la palabra compartida, en la construcción colectiva, en el poder de la educación como puente.

Volver a estudiar después de mucho tiempo no es fácil. Requiere coraje. Significa animarse a enfrentar miedos, prejuicios y viejos dolores.

Pero también significa redescubrirse. En cada logro, terminar un módulo, leer un texto, rendir un examen, hay una celebración. La autoestima crece, la mirada cambia, la esperanza se renueva.

Ese reencuentro personal tiene una dimensión colectiva: cuando una persona adulta termina la escuela, algo cambia también en su familia, en su barrio, en su comunidad. Se multiplica la confianza en la educación, se siembra el futuro.

Por eso, la palabra reencuentro no solo habla del pasado: habla del presente que estamos construyendo y del futuro que queremos.

El Nunca Más no es una frase del pasado, es un compromiso del presente. Es la decisión de cuidar la democracia y los derechos humanos todos los días, en cada aula, en cada conversación, en cada gesto.

La escuela de adultos encarna ese compromiso. Cada estudiante que aprende, que participa, que debate, está fortaleciendo la democracia. Cada docente que escucha y acompaña está sosteniendo la memoria.

En tiempos donde la desinformación y el individualismo amenazan los lazos sociales, el reencuentro se vuelve una palabra urgente. Nos recuerda que el otro no es un enemigo, sino alguien con quien construir. Que la educación no es un privilegio, sino un derecho. Que la palabra compartida es el camino para que nunca más se imponga el silencio.

Resumiendo, podemos decir que, elegimos la palabra REENCUENTRO porque sintetiza la esencia de nuestra escuela: un lugar donde se reencuentran las trayectorias, las historias, los afectos y los derechos.

El reencuentro con la educación es una forma de justicia social. El reencuentro con la palabra, una forma de libertad. El reencuentro con la memoria, una forma de identidad. El reencuentro con los otros, una forma de comunidad. Y el reencuentro con uno mismo, una forma de dignidad.

En cada cuaderno o carpeta, en cada clase, en cada historia de vida que vuelve a florecer, se renueva la certeza de que educar es un acto de memoria y de amor.
Nuestra Palabra 51 es, entonces, un puente entre el pasado y el futuro, una promesa de vida y una afirmación de humanidad. Porque cada día, en esta escuela, cuando se enciende una palabra, se enciende también la esperanza de un país más justo, más libre y más solidario. 

Este trabajo fue realizado en el marco de la convocatoria Palabra 51 (edición 2025). Para su publicación, se han hecho correcciones tipográficas respetando el formato original de la presentación y el uso del lenguaje elegido por sus autoras y autores.

Palabra 51

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