Palabra 51: Siluetazo
Las escuelas bonaerenses construyen memoria. Palabras, conceptos y definiciones.
Creado: 2 septiembre, 2026 | Actualizado: 6 de octubre, 2026
Autoría:
Producción: Laura Arnold, Tomás Canteros, Thiago Quiroz, Antonella Peñaloza y Martín Rodríguez.
Tutoría: Marcelo Campilongo.
Institución educativa: Escuela Secundaria Nº 3 Martín Miguel de Güemes, Esteban Echeverría.
Siluetazo es un neologismo formado por “silueta” + el sufijo “-azo”, que en español puede denotar: 1) Golpe o impacto (como en “portazo” o “manotazo”), 2) Acción colectiva o masiva (como en “cacerolazo”). En este caso, “Siluetazo” alude a una acción masiva de siluetas que irrumpe en el espacio público como gesto de denuncia y visibilización.
El Siluetazo fue una manifestación artístico-política colectiva realizada en Argentina, por primera vez el 21 y el 22 de septiembre de 1983 en la Plaza de Mayo, Ciudad de Buenos Aires, en el contexto de la última dictadura militar (1976-1983), anticipando lo que casi un mes después, el 30 de octubre, aconteció como “día de recuperación de la democracia”, cuando se llevaron a cabo las elecciones presidenciales —las primeras desde el golpe—, con gran protagonismo ciudadano, constituyéndose como acto en un proceso comunitario de reconstrucción democrática nacional. Fue impulsada originalmente como “Silueteada”, pero hoy es recordada y valorada como Siluetazo.
Nuestra elección de este vocablo como palabra-clave, obedece a su propiedad semántica de concentrar simultáneamente tres dimensiones de interés (una por cada una de las materias intervinientes): referencia histórica, acción social y proceso comunicacional expresivo, para el abordaje del terrorismo de Estado y los Derechos Humanos.
El nombre del Siluetazo proviene de la acción central del evento: la creación y pegado masivo de siluetas humanas contorneadas en tamaño real, representando simbólicamente a personas detenidas-desaparecidas, cada una sin rostro, con o sin nombre, pero con presencia. La acción fue realizada por artistas, militantes y ciudadanos transeúntes, que prestaron sus cuerpos para delinear las siluetas, lo que generó una experiencia de participación directa. El Siluetazo convirtió el arte en herramienta de memoria, resistencia y demanda de justicia.
Inicialmente, se fijaron en las paredes de la recova del Cabildo varias siluetas pegatineadas, y se pintaron grafitis. Luego, también se pegaron verticalmente sobre paredes de edificios aledaños, sobre otros carteles existentes, sobre árboles, etcétera. El proyecto incluía la participación de distintos sectores sociales, y tomaba como soporte a las calles de Buenos Aires. La acción culminó en una gigantesca instalación urbana que ocupó gran parte de la ciudad. Como resultado, miles de siluetas, realizadas sobre papel y cartón, ocuparon las calles y quedaron estampadas en paredes, persianas y señales urbanas exigiendo verdad y justicia.
Artísticamente y como expresión comunicativa, consistió en una intervención urbana colectiva, realizada por iniciativa de un grupo de artistas (Rodolfo Aguerreberry, docente y artista plástico, 1942-1997; Guillermo Kexel, diseñador y serígrafo, 1953; Julio Flores, docente y artista visual, 1950), conjuntamente con grupos estudiantiles y agrupaciones juveniles (centros universitarios todavía prohibidos como Bellas Artes Prilidiano Pueyrredón; Arquitectura, Filosofía y Letras, Sociología y Farmacia - UBA) y con el apoyo de organismos de Derechos Humanos. Precisamente, la primera de las tres jornadas performativas que conformaron el Siluetazo se llevó a cabo dentro de la Tercera Marcha de la Resistencia, convocada por las Madres de Plaza de Mayo y otros organismos de Derechos Humanos, para demandar qué había pasado con las personas detenidas/desaparecidas. La idea que impulsaban las Marchas de la Resistencia desde 1981 era ocupar, disputar y reapropiarse del espacio público durante veinticuatro horas ininterrumpidas, a través de una clara consigna. La más potente fue “Aparición con vida”.
Para el ’83, comenzaba a difundirse la cifra de los desaparecidos. Con las siluetas anónimas negras, hechas con plantillas, se buscaba arribar a la dimensión cuantitativa de la desaparición de personas, con el objetivo inicial de fabricar 30 mil siluetas a escala real, que reprodujeran y materializaran la suma de esos numerosos cuerpos violentamente arrancados de la sociedad. El disparador de esta idea fue una obra del artista polaco Jerzy Skapski reproducida en la revista El Correo de la UNESCO de octubre de 1978, relacionada con la cruel vivencia de Auschwitz.
Los artistas tenían el objetivo de que este hecho gráfico “golpee por su magnitud física y por lo inusual de su realización”, y que “dé a conocer a la opinión pública a través de los medios masivos, la denuncia de la existencia de 30 mil desaparecidos”. Una vez disuelta la movilización, y con las siluetas pegadas en la calle, los desaparecidos tendrían presencia pública “tanto tiempo como tardase la dictadura en hacerlos desaparecer nuevamente”.
La iniciativa fue aceptada, reformulada por las Madres y concretada por la movilización que se apropió rápidamente del procedimiento y lo transformó en hechos. El grupo realizador resolvió que las siluetas fueran todas idénticas y sin inscripción alguna. Los artistas llevaron a la plaza “innumerables rollos de papel madera, toda clase de pinturas y aerosoles, pinceles y rodillos” y unas 1500 siluetas ya hechas. También plantillas para generar una imagen uniforme. Como las plantillas no fueron suficientes, en el entorno de la Plaza se dibujaron contornos de los manifestantes y se formaron filas para ser modelos de siluetas. Así, la Plaza se convirtió en un improvisado taller de producción de siluetas, desde la tarde del 21 hasta pasada la medianoche. Fueron las Abuelas las que señalaron que también debían estar representados niños y mujeres embarazadas.
A pesar de la decisión de que las siluetas no tuvieran marca identificatoria, espontáneamente en algunas, la gente escribió el nombre de su desaparecido/a y la fecha de su desaparición. El jueves 22 la ronda de las Madres concluyó con una marcha hacia el Congreso. Las fuerzas represivas no estaban preparadas para reprimir un hecho creativo y estético y se decidieron por custodiar las paredes. Para marchar, se levantaron todas las siluetas que no habían sido pegadas y muchos manifestantes las usaron como ponchos enhebrándoselas por la cabeza. Otras se fueron pegando a pesar de la presencia policial.
Hubo muchas lecturas del suceso: 1- La investigadora Ana Longoni postula que el “Siluetazo” fue “uno de esos momentos excepcionales de la historia en que una iniciativa artística coincide con una demanda de los movimientos sociales, y toma cuerpo por el impulso de una multitud. Implicó la participación, en un improvisado e inmenso taller al aire libre que duró hasta la medianoche, de cientos de manifestantes que pintaron y pusieron su cuerpo para bosquejar las siluetas, y luego las pegaron (…) a pesar del amenazante operativo policial”. Agrega que “la acción de poner el cuerpo porta una ambigüedad intrínseca: ocupar el lugar del ausente es aceptar que cualquiera de los allí presentes podría haber desaparecido, correr esa incierta y siniestra suerte”. 2- El historiador del arte Roberto Amigo señala que las siluetas “hicieron presente la ausencia de los cuerpos en una puesta escenográfica del terror del Estado y [también activó] una recuperación de los lazos solidarios perdidos durante la dictadura”. 3- El crítico Gustavo Buntinx considera que las siluetas ratificaron la esperanza de vida que alentaban las Madres con la consigna “Aparición con Vida”. No se trató de “la mera ilustración artística de una consigna, sino de su realización viva”. Se llevó así la vida al arte, y el arte a la vida. 4- Desde la mirada de Eduardo Gil, uno de sus fotógrafos testimoniales, el “Siluetazo” logró “simbolizar lo irrepresentable de las desapariciones forzadas” y logró articular de manera emblemática el arte con una demanda social colectiva: aparición de los que no están.
El Siluetazo fue una acción colectiva que se produjo cuando las artes visuales comenzaron a alejarse del silencio propio de los primeros años de la dictadura. Es recordada como la práctica artístico-política que proporcionó potente visualidad en el espacio público al movimiento de derechos humanos, estando todavía vigente la dictadura. Se trata de uno de esos momentos excepcionales de la historia, en que una iniciativa artística coincide con la demanda de un movimiento social y toma cuerpo por el apoyo de una multitud, afianzando y reforzando la memoria colectiva; cuya acción e intensidad marcó los desarrollos culturales de tiempos posteriores. Tales acciones pasaron a formar parte de la historia de lucha por la vigencia de los derechos humanos y, fundamentalmente, del itinerario del arte argentino contemporáneo.
Referencias y recursos bibliográficos
Battiti, F. (2013). El “siluetazo” desde la mirada de Eduardo Gil. Tomado de: Parque de la Memoria.
Cabildo Nacional (2019). 24 de marzo: Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia.
Flores, J. (2004). La mirada y la necesidad. Buenos Aires, Archivos privados del autor.
Longoni, A. y Bruzzone, G. (2008). El Siluetazo. Buenos Aires, Adriana Hidalgo Editora.
Este trabajo fue realizado en el marco de la convocatoria Palabra 51. Para su publicación, se han realizado correcciones tipográficas respetando el formato original de la presentación y el uso del lenguaje elegido por sus autoras y autores.