Palabra 51: Tiranía

Las escuelas bonaerenses construyen memoria. Palabras, conceptos y definiciones.

Creado: 4 septiembre, 2026 | Actualizado: 6 de octubre, 2026

Producción: estudiante de segundo año de la modalidad Adultos: Silvina Ramírez. 
Tutoría: Florencia Rodríguez (profesora).
Institución educativa: Centro Educativo de Nivel Secundario N° 451, Capitán Sarmiento.


La palabra tiranía nos hace pensar en el poder cuando se usa mal, cuando alguien manda sin escuchar a los demás y sin respetar las leyes. Es una palabra antigua, pero todavía tiene mucho que decirnos. En la historia argentina, la tiranía se hizo realidad durante los años de la última dictadura militar. Por eso, pensar en ella hoy nos ayuda a recordar, a entender y a no repetir los errores del pasado.

El origen de la palabra viene del griego tyrannos, que al principio solo significaba “gobernante”. Pero con el tiempo empezó a usarse para nombrar a quien tomaba el poder por la fuerza y gobernaba sin respetar al pueblo. En Grecia, el tirano era alguien que mandaba solo para su propio beneficio. Su autoridad no venía del acuerdo ni de la justicia, sino del miedo. Desde entonces, tiranía pasó a significar poder injusto, abuso y dominio.

En Argentina, la palabra tiranía nos hace pensar directamente en la dictadura que comenzó el 24 de marzo de 1976. Fue un gobierno que no llegó por elección, sino por un golpe de Estado. Los militares tomaron el poder diciendo que venían a “poner orden”, pero lo que hicieron fue imponer el silencio y el terror. Durante esos años, miles de personas fueron secuestradas, torturadas, asesinadas o desaparecidas por pensar diferente, por tener ideas políticas o por querer un país más justo.

Esa fue una verdadera tiranía: un poder que no aceptaba preguntas ni críticas. Un poder que usó la violencia para callar. En las dictaduras, no hay lugar para la diversidad ni para la palabra libre. Todo se controla: los medios, las escuelas, las calles, las ideas. Pero incluso en ese tiempo oscuro hubo personas que se animaron a resistir, a decir lo que pasaba, a buscar a sus seres queridos. Fueron las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, los periodistas valientes, los artistas comprometidos, los estudiantes y los trabajadores que no aceptaron la mentira. Ellos demostraron que, frente a la tiranía, la memoria y la verdad son la mejor forma de lucha.

Durante esos años, también se intentó controlar el lenguaje. Muchas palabras fueron prohibidas o cambiadas de sentido. Se decía “desaparecidos” como una forma de decir secuestros, violaciones, asesinatos, torturas. Una palabra que fue denuncia y dio cuenta de la singularidad de una dictadura que se escondía bajo el nombre de “proceso de reorganización nacional”. Nombrar las cosas con sus verdaderos nombres era peligroso. Por eso, recuperar las palabras fue un acto de memoria. Decir dictadura en lugar de proceso, víctima en lugar de subversivo, fue una forma de devolver la verdad a la sociedad.

La tiranía no se impone solo con armas: también se sostiene con el miedo y con el silencio. Muchas personas no se animaban a hablar, otras preferían no saber. Y ese silencio permitió que el poder siguiera actuando. La historia nos enseña que las tiranías crecen cuando la gente deja de preguntar, cuando se acostumbra a obedecer sin pensar. Pero también nos enseña que siempre hay quienes se animan a romper el miedo y a defender la justicia.

Hoy, en democracia, seguimos teniendo que estar atentos. La tiranía puede tomar nuevas formas. Ya no aparece siempre como una dictadura militar, pero puede mostrarse en otros modos de abuso: cuando alguien usa el poder para imponer sus ideas, cuando desde el poder se discrimina a otros, se miente o se manipula la información. A veces la tiranía está en la desigualdad, en la pobreza, en las voces que no son escuchadas. Por eso, la palabra sigue siendo importante: nos recuerda que debemos cuidar la libertad todos los días.

Hablar de tiranía también es hablar de educación. En las escuelas, esta palabra puede ayudarnos a pensar qué significa tener autoridad sin caer en el autoritarismo. Un docente puede tener autoridad porque enseña, orienta y acompaña, pero nunca debe imponer por la fuerza. Lo mismo ocurre con los gobiernos: deben guiar y proteger al pueblo, no dominarlo. Enseñar esto es enseñar democracia. Es enseñar a valorar la palabra, el diálogo y el respeto.

El Nunca Más que se dijo después de la dictadura no fue solo una frase: fue un compromiso. Significa no aceptar nunca más un gobierno que use el miedo, que oculte la verdad o que viole los derechos humanos. Significa también no aceptar pequeñas tiranías cotidianas: la violencia de género, el racismo, la intolerancia, la mentira. Cada vez que alguien se calla frente a una injusticia, la tiranía gana terreno. Pero cada vez que alguien habla, enseña o defiende sus derechos, la democracia se fortalece.

Pensar la tiranía es también preguntarnos qué tipo de sociedad queremos construir. ¿Queremos una sociedad que obedezca sin pensar o una que participe y cuestione? La memoria no es solo recordar lo que pasó, sino usar esa experiencia para mejorar el presente. Recordar la tiranía del pasado nos ayuda a reconocer los abusos del presente. Nos permite decir “esto no” cuando algo amenaza la libertad.

La palabra tiranía también nos invita a mirar dentro de nosotros mismos. A veces, sin darnos cuenta, repetimos gestos autoritarios: no escuchar al otro, creer que solo nosotros tenemos razón, imponer nuestra opinión. En una dimensión más pequeña, esos comportamientos son reflejos de una cultura que aprendió a obedecer más que a dialogar. Aprender a escuchar y a convivir con las diferencias es una forma de romper con esa herencia.

En los últimos años, la memoria colectiva argentina ha crecido mucho. Los juicios por delitos de lesa humanidad, los sitios de memoria, los libros, las películas y las marchas son parte de un gran trabajo social para mantener viva la historia. Cada uno de esos espacios es una respuesta a la tiranía, un modo de decir que la verdad no puede borrarse. Y que la justicia es la única manera de cerrar heridas sin olvidar.

Hoy, a más de cincuenta años del golpe de Estado, todavía tenemos que seguir hablando de tiranía. No porque queramos quedarnos en el pasado, sino porque queremos evitar que vuelva. Las dictaduras no empiezan de un día para otro: se preparan lentamente, cuando el miedo crece y la democracia se debilita. Por eso, hablar, enseñar y recordar son formas de prevenir.

La palabra tiranía nos enseña que el poder necesita límites. Que ninguna persona ni grupo debe tener más poder del que el pueblo le da. Que la libertad, la justicia y la memoria son derechos que hay que cuidar todos los días. También nos enseña que las palabras pueden ser armas: pueden destruir o pueden construir. Usarlas con verdad es una forma de proteger la democracia.

En definitiva, tiranía es una palabra que nos obliga a pensar en el pasado, pero también en el presente y el futuro. Nos recuerda que la libertad no se consigue una sola vez: se defiende siempre. Que el Nunca Más no es solo una promesa, sino una responsabilidad. Y que mientras sigamos hablando, enseñando y recordando, ninguna tiranía podrá imponerse sobre la verdad.

Referencias y recursos bibliográficos

CONADEP (1984). Informe Nunca Más. Eudeba.

Feierstein, D. (2007). El genocidio como práctica social. Fondo de Cultura Económica.

Jelin, E. (2002). Los trabajos de la memoria. Siglo XXI Editores.

Página/12 (2026). Suplemento “Memoria Verdad y Justicia”.

Vezzetti, H. (2002). Pasado y presente. Guerra, dictadura y sociedad en la Argentina. Siglo XXI Editores.

Este trabajo fue realizado en el marco de la convocatoria Palabra 51 (edición 2025). Para su publicación, se han hecho correcciones tipográficas respetando el formato original de la presentación y el uso del lenguaje elegido por sus autoras y autores.

Palabra 51

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