Anexo Parte 1. Testimonios de personas que atravesaron la etapa de la dictadura militar en distintos momentos de su vida

Recopilación de testimonios producidos por el equipo curricular.

Creado: 16 octubre, 2026 | Actualizado: 21 de octubre, 2026

Infancias en dictadura

A continuación se presentan testimonios que desarrollan temáticas sobre la escuela primaria, las vivencias de la guerra, los peligros, los miedos y el exilio. 

Laura, 56 años en 2026 (6 años en 1976)

Hice la escuela primaria en Cañuelas, provincia de Buenos Aires. Cuando ocurrió el Golpe yo tenía 6 años, así que toda mi escuela primaria transcurrió durante la dictadura. Lo que pasaba en la escuela en aquella época me parecía normal. Pero cuando crecí me di cuenta de que muchas de las cosas que pasaban se vinculan con la dictadura. 

Por ejemplo, recuerdo que en los actos escolares, eran frecuentes los desfiles en la plaza del pueblo. En invierno, no podíamos llevar abrigo durante el acto; teníamos que estar con el guardapolvo blanco. Y además, las chicas debíamos usar pollera ¡nos congelábamos!

En tiempos de la guerra nos enseñaron la Marcha de las Malvinas y nos hicieron hacer simulacros de bombardeo. El simulacro consistía en meternos debajo de las mesas del aula cuando la maestra nos daba la señal y quedarnos quietos hasta que ella nos indicara. Nos daba miedo pensar que eso estaba pasando. También escribimos cartas para los soldados, juntamos comida y abrigo para mandar a las islas y tejimos bufandas verdes o marrones –como la vestimenta militar–. La que yo tejí era marrón oscuro y creo que no le hubiera servido a ningún soldado en un lugar tan frío. Tenía algunos agujeros, apenas sabía tejer. 

En 1978, el Mundial de Fútbol se realizó en Argentina. La ceremonia de inauguración se hizo en la cancha de River. Como parte de la ceremonia, chicas y chicos se distribuían en la cancha con ropa blanca y formaban figuras o palabras al compás de la música. Ese año la fiesta de cierre de la escuela fue parecida a la de la inauguración del Mundial: las y los estudiantes, con vestimentas del color que le tocaba a su grado, bailamos y armamos figuras en el patio de la escuela. Desde que me di cuenta de que esa fiesta fue parecida a la del Mundial, ese recuerdo me da tristeza.

Otra cosa que me resultó muy dolorosa fue saber que un cantito que cantábamos en las competencias deportivas fue una consigna de la dictadura: “El silencio es salud”. Cuando el equipo contrario perdía o el nuestro hacía un tanto, cantábamos: 

“Shh, shh, shh
Shh, shh, shh
El silencio es salud”.

También recuerdo las calcomanías que se veían pegadas en la luneta de los autos, que decían “Los argentinos somos derechos y humanos”. Es otra consigna que los dictadores instalaron durante la celebración del mundial para contrarrestar las campañas de denuncia de violaciones de los derechos humanos que se hacían desde el exterior cuando fue el Mundial.

Roberto, 63 años en  2026 (12 años en 1976)

A mí me gustaba caminar con las dos manos atrás de la cabeza, en la nuca. Era una costumbre. Un amigo me dijo que eso era peligroso porque parecía que la policía me estaba deteniendo. Él me hablaba de muchas cosas que podían ser peligrosas. Yo en ese momento no tenía idea de lo que pasaba. En mi casa no se hablaba de política. Pero en la casa de él sí. Cuando vino la democracia, el papá de mi amigo fue ministro de Alfonsín.

Verónica, 57 años en 2026 (8 años en 1976)

El 24 de marzo de 1976 yo tenía 8 años. Estaba en tercer grado en una escuela de la ciudad de Buenos Aires. 

Vivíamos a unas cuadras de la escuela. Mi papá era economista, trabajaba en un banco y además daba clases en la universidad. Mi mamá, psicopedagoga, atendía a pacientes y trabajaba en una escuela. Antes también había trabajado en un hospital. 

Cuando fue el golpe de Estado, mis papás se asustaron mucho. Los dos se conectaron rápidamente con la crudísima realidad de la dictadura, más allá de que todas las personas –en lo cotidiano– tomaron conocimiento acerca de cómo les iba cambiando la vida. 

Los dos, en sus lugares de trabajo, estuvieron tempranamente en contacto con compañeros y personas que desaparecían, no se sabía más nada de ellos, había amenazas. En el caso de mi mamá, desaparecieron colegas y compañeras de trabajo, como Blanca Tarnopolsky. También desaparecieron padres de pacientes que ella tenía. En el caso de mi papá, varias personas de la cátedra de Economía de la Facultad de Derecho donde él daba clases, fueron desapareciendo –sustraídas de sus lugares de trabajo o de sus casas– sin que se tuviera más noticias sobre lo que había pasado con ellas ni dónde estaban.

Mis papás entendieron que esto que estaba pasando no iba a ser puntual o por un tiempo, sino que era algo que había llegado para quedarse. Lamentablemente, así fue. Y empezaron a pensar en ir a vivir a otro país.

El lugar que eligieron fue Barcelona, Cataluña, parte del estado español. Y el motivo fue que era un lugar que tenía la misma lengua que Argentina y también que tenía costa, salida al mar. A mí me dijeron que nos íbamos a ir por dos años, yo tenía ocho.

Mi papá viajó primero, en agosto. Consiguió un trabajo, alquiló una casa, compró un auto usado y nosotras viajamos en octubre, el 7 de octubre de 1976. Mi mamá, mi hermana (que tenía 4 años) y yo.

Lo que recuerdo de ese momento fue, bueno. Las despedidas de la escuela, me hicieron regalos, cartitas, me llevé fotos. Son todas cosas que conservo hasta el día de hoy, como la carta de mi maestra de tercer grado. También recuerdo que pude llevarme muy pocas cosas. Solamente me pude llevar dos muñecos y alguna que otra cosita. Alguna parte más de nuestros objetos (ropa, juegos, juguetes, libros) fueron por barco. Todo lo demás quedó en Buenos Aires. Nosotras viajamos en avión y nuestras cosas tardaron muchos meses en llegar a Barcelona. Recuerdo que, ya estando allá, esperaba con mucha ansiedad que llegaran mis cosas, que eran poquitas, pero bueno…

Cuando llegamos a Barcelona resultó que, en ese momento, hubo un cambio de idioma. ¡Justo lo que mis papás pensaban que no iba a haber! Fue así porque en ese momento en España terminaba la dictadura de Franco, que había durado 40 años. Y en Cataluña, donde había sido prohibido durante todo el franquismo el idioma catalán, se estaba trabajando fuertemente por recuperar su lengua. Así que todo era en catalán. Entonces tuve que aprender esa lengua. Recuerdo que me la transmitieron y me la enseñaron con mucha amorosidad y me gustó mucho aprenderla. 

Hubo que acostumbrarse a muchas cosas y muchas de ellas fueron muy buenas, muy lindas de vivir en ese país hermoso que es Cataluña y conocer otra cultura. Empecé a tener un amor muy grande por esa otra cultura, ese otro país que nos había alojado, recogido y que amo profundamente hasta hoy. 

Pero fue muy duro el día a día, los domingos, la familia, uno se junta, se reúne y… Faltan los abuelos, faltan los primos, los tíos, ¿no? Eso fue lo más difícil: no tener más a los abuelos, no tener a los primos.

La comunicación en ese tiempo no era como ahora. El teléfono, hablar por teléfono a larga distancia, era muy caro. Solo lo hacíamos unos segundos, ni minutos, unos segunditos para saludar por algún cumpleaños o por alguna cuestión más urgente que hubiera que transmitir. Toda la comunicación la hacíamos, sobre todo, a través de cartas y el envío de fotos. Yo les mandaba dibujitos a mis abuelos. 

Esperábamos ansiosamente las cartas que llegaban de los abuelos y los amigos. Había que escribir en un papel de carta finito porque para enviar la carta se pagaba la estampilla según el peso, entonces no se podían poner papeles muy gruesos. Hacíamos papeles de cartas decorados, les pegábamos florcitas, dibujitos. Yo particularmente escribía mucho, me gustaba mucho escribir cartas y, por supuesto, recibirlas. Siempre que llegaba de la escuela me fijaba en el buzón que había abajo del edificio donde vivíamos y si había cartas que tenían el sobre que decía "vía aérea" seguramente era una carta de alguien de Argentina.

Otra cosa muy importante que usábamos para la comunicación eran los casetes. Cuando alguien viajaba, venía de visita o iba desde Barcelona para la Argentina, llevaba casetes. Nosotros grabábamos (así como ahora se graba un audio) y contábamos cómo nos iba en la escuela y las cosas que hacíamos, cantábamos, les enseñábamos a mis abuelos como estábamos aprendiendo canciones en catalán. Y así eran relatos un poco más detallados y no mediatizados por la escritura, ¿no? 

Y, bueno, así fueron pasando los años... Empezamos a poder hacer algunos viajes a Argentina, aun estando el gobierno militar. Recuerdo que me daba mucho, mucho miedo. No era temor de viajar a la Argentina sino de pasar todo lo que eran los controles policiales de la aduana. Es que en Barcelona yo estaba en contacto con otros chicos que también se habían exiliado con sus familias y que habían tenido situaciones muy difíciles, como tener que estar escondidos o tener que escaparse y de manera muy muy atemorizante, fea. Entonces, pese a no haber atravesado nosotros esa situación como familia, sí tenía mucha información de otras experiencias de otros niños y realmente desarrollé un miedo muy grande por todo lo que tenía que ver con la policía. Al volver a la Argentina, entonces, eso me daba mucho miedo, o también cuando veía policías por la calle. Eso era difícil de estar acá, más allá de que venía siempre y que me encantaba venir. 

Después empecé a venir todos los años en las vacaciones escolares de España, que eran en los meses de julio y agosto. Al estar en Argentina, iba a mi escuela y veía a mis amigos.  Eso hizo que, 10 años después de habernos ido, decidiera regresar. Con 18 años volví a conocer un poco más cómo era la vida acá, en Buenos Aires, a vivir con mis abuelos. Y me quedé para siempre. Elegí volver a vivir en el país en el que nací.

Adolescentes y jóvenes en dictadura

En los siguientes testimonios se mencionan temáticas vinculadas a: la escuela secundaria (los cambios en las materias: la escuela secundaria (los cambios en las materias, la relación con las y los profesores, la posibilidad de expresarse, la vestimenta y la apariencia personal, las sanciones, la participación política, los desfiles en los actos escolares), la circulación en el espacio público, las detenciones, el servicio militar, la inminencia de la guerra y los estudios superiores.

Betina, 62 años en 2026 (13 años en 1977)

Los desfiles por el Día de la Bandera

Me tocó hacer toda la secundaria en dictadura en una escuela en la Ciudad de Buenos Aires. Yo entré en 1977.

Todos los años, para el 20 de junio, se organizaba un desfile de todos los estudiantes. Hacíamos muchos ensayos en las horas de Educación Física. Teníamos que marchar tipo desfile militar hasta el convento de Santo Domingo, donde está el mausoleo con los restos de Manuel Belgrano. El recorrido era corto, (cuatro o cinco cuadras) pero teníamos que estar  formados sobre la avenida Belgrano durante todo el acto. Hacía mucho frío porque estábamos cerca del río y por la avenida corría un viento espantoso. Además no nos podíamos mover.

Teníamos que estar con el uniforme. Sin bufandas, ni guantes, ni gorros, ni camperas, ni tapados. Solo con un blazer azul como abrigo. Los chicos, de pelo corto, las chicas con vincha azul y pelo recogido. Los varones usaban pantalón gris y las chicas un jumper. Recuerdo que las rodillas se me ponían blancas de frío y casi no las podía mover.

Si te encontraban conversando o moviéndote en el acto, te ponían amonestaciones y si faltabas, se ponía doble falta. 

Marina, 61 años en 2026  (17 años en 1982)

En 1982 yo tenía 17 años. Estábamos en la escuela, en clase de Derecho, y el profesor comenzó a hablar sobre la Guerra de Malvinas (en ese momento se estaban realizando los primeros combates). 

Germán, un compañero, pidió la palabra para decir lo que pensaba. Lo que dijo fue más o menos así:

“Yo creo que las Malvinas son argentinas y que es justo el reclamo. Pero me parece que eso no justifica una guerra. No creo que por una disputa de territorio tengan que morir un montón de jóvenes”.

El profesor le contestó a los gritos que él no se merecía ser argentino y lo sancionó con la suspensión por varios días.

Yo pensaba lo mismo que Germán, pero no me animé a decir nada…

Fabián, 65 años en 2026 (15 años en 1976)

En 1976 estaba en tercer año de la secundaria, en el Nacional 17 de Buenos Aires. Me acuerdo que echaron a la rectora, que era una persona muy querida y respetada. A partir de ese momento nos empezaron a exigir camisa y corbata y a controlar el pelo corto.

Yo participaba en distintas actividades del movimiento estudiantil. Para ese año se estaba organizando un campeonato de fútbol y nos anotamos. Cuando se enteraron las autoridades me llevaron al despacho del rector y me hicieron un interrogatorio. Querían saber si yo conocía a los que lo habían organizado. Yo lo único que dije es que me había anotado porque un conocido me lo había comentado y porque me gustaba jugar al fútbol. El campeonato no se hizo, todas esas actividades quedaron prohibidas.

También sacaron la materia Estudios de la Realidad Social Argentina (ERSA) que era para formarnos como ciudadanos. Después de la dictadura de Lanusse, el gobierno democrático la había puesto para eso, para que entendiéramos el funcionamiento de la democracia y la participación. Ellos la sacaron y la reemplazaron por Instrucción Cívica. 

Nos pusieron un preceptor que le decíamos "Pechito” porque se movía y hablaba como un militar. 

El año del Mundial 78 estábamos en quinto año y queríamos organizar algunos festejos. Me acuerdo que había una propaganda de calefones que decía “Con un botón más sería el infierno” y nosotros hicimos unos cartelitos que decían que “La escuela con un botón más sería el infierno”. El último día de clases agarraron a algunos compañeros, les querían poner amonestaciones y hacerlos rendir exámenes de todas las materias. No sé cómo terminó eso… 

Norberto, 66 años en 2026 (16 años en 1976)

En 1976 yo estaba en tercer año de la secundaria, tenía 16 años. Iba a una escuela técnica en Buenos Aires.

Recién empezaban las clases cuando fue el Golpe. Nosotros teníamos una materia que se llamaba Estudios de la Realidad Social Argentina y le decíamos ERSA. Me acuerdo que en ese mismo año (1976) le cambiaron el nombre. O sea, la sacaron y pusieron otra que creo que se llamaba Instrucción Cívica. Pero nada que ver con la materia anterior. El libro que usábamos en ERSA también lo cambiaron y creo que después estuvo prohibido.

En la escuela se pusieron muy pesados con el tema de la ropa y el pelo. Había que ir con camisa y corbata y no se podía usar el pelo como a uno le gustaba. Te decían que tenía que estar dos dedos por encima del cuello de la camisa. Una vez quisimos hacer una volanteada. Como estaba prohibido, la hicimos en los baños. Cuando las autoridades descubrieron los volantes –creo que eran por el boleto estudiantil– nos gritaron y nos pidieron que delatáramos a los que lo habían hecho. Fue muy feo.

Me acuerdo que en esos días –los del Golpe– mi perra estaba enferma y yo la tenía que llevar a la Facultad de Veterinaria para que la atendieran. Fui y estaba cerrada, creo que tardaron bastante tiempo en reabrirla.

Una cosa que para mí fue muy dolorosa fue que yo vivía en el barrio de Parque Chacabuco y tenía muchos amigos entre los chicos del barrio con los que había ido a la Primaria. Cuando vinieron los milicos, decidieron hacer la primera autopista. La querían tener lista para el Mundial. Y entonces expropiaron y demolieron un montón de casas por donde querían hacer pasar la autopista. A nosotros no nos tocó aunque quedamos muy cerca de la autopista. Pero casi todos mis amigos se tuvieron que mudar. Me quedé sin amigos del barrio.

Pablo y Mario, 62 años en 2026 (12 años en 1976)

Nosotros salíamos de la escuela y nos tomábamos el colectivo para ir a la academia de ingreso a la Secundaria. Creo que en ese momento todas las escuelas secundarias públicas tenían examen de ingreso. Una tarde, intentamos tomar el colectivo. Estábamos con ropa de gimnasia y arriba el guardapolvo blanco. El colectivero no nos dejó subir porque teníamos pantalones cortos. Vivíamos en el barrio de Palermo, en la ciudad de Buenos Aires, cerca del Hospital Militar. Era un barrio donde vivían muchos militares. Por las noches ponían unas vallas y los colectivos no podían pasar. Quedábamos encerrados.

Clara, 67 años en 2026 (22 años en 1981)

Una noche estaba con unos amigos en La Academia, un bar con billares en el centro de Buenos Aires. Éramos dos chicas y tres chicos. Cayó la policía y se llevó a los tres varones. No se por qué, tal vez solo porque era tarde. La otra chica y yo le avisamos a los padres de los chicos para que supieran lo que había pasado.

Los tres pasaron la noche en la comisaría de la avenida Las Heras, por averiguación de antecedentes. Al día siguiente los lberaron, menos a Fernando que, como era uruguayo, demoraron dos días más en soltarlo.

Ellos contaron que en el calabozo había un muchacho que estaba muy angustiado porque se lo llevaron en su despedida de soltero y se casaba al día siguiente.

No nos preocupamos tanto porque era algo que pasaba mucho. A los menores de 18 años los dejaban hacer una llamada telefónica desde la comisaría, pero en esa época mucha gente no tenía teléfono en sus casas y no había celulares. 

Liliana, 63 años en 2026 (17 años en 1980)

Una tarde, con mi amiga Marcela, salíamos del cine en el centro. Nos paró la policía y nos separó. A ella la pusieron del lado de la pared y a mí del lado de los autos. Nos preguntaron a cada una de dónde veníamos y hacia dónde íbamos. Como las dos contestamos que veníamos del cine y dijimos la misma película, nos dejaron seguir caminando. Pero quedamos muy asustadas. 

Jorge, 63 años en 2026 (18 años en 1981)

Con un amigo, íbamos caminando por el centro de la ciudad de Buenos Aires, cerca del Obelisco y nos estábamos matando de risa. De pronto, una persona vestida de civil nos paró y nos pidió los documentos. Seguro era policía de civil, porque había muchos. Le mostramos los documentos y contestamos sus preguntas. Quedamos muy asustados…. Y seguimos caminando… pero ya no nos reíamos.

En esa época, con unos amigos, nos acercamos a un partido político. Nos hablaban todo el tiempo de los cuidados que teníamos que tener. Decíamos “el club” en vez del partido.

Javier, 62 años en 1982 (18 años en 1982)

Yo estaba haciendo la colimba en La Pampa cuando empezó la guerra por las Malvinas. Estábamos muertos de miedo. Dos veces nos hicieron preparar todas nuestras cosas, nos subieron en camiones, arrancaron y empezaron a andar sin decirnos nada. Creíamos que nos llevaban a la guerra. Pero después de un rato –que a mí me pareció larguísimo– volvimos al regimiento. Eran como simulacros. No sé por qué lo hacían. Pero las pesadillas me persiguieron durante años.

Cristina, 70 años en 2026 (22 años en 1978)

La Universidad de Luján abrió en el año 1972 y yo empecé a estudiar para ser ingeniera agrónoma en 1973. Estaba muy contenta. Me gustaba mucho la carrera y quedaba cerca de donde yo vivía. En 1978 rendí la última materia. Como tenía una nena y estaba embarazada de mi segundo hijo, decidí hacer tranquila mi trabajo final para recibirme. Pero el año 1979 fue muy feo. Por todos lados se hablaba de que los militares iban a cerrar la universidad.

En diciembre, el ministro de Educación anunció por cadena nacional que iban a cerrar la Universidad Nacional de Luján. Los estudiantes y los profesores hicieron muchas cosas para evitarlo: reuniones, actos y petitorios. Muchas personalidades reconocidas de la ciencia expresaron públicamente su posición de rechazo al cierre. Pero no se logró. Yo me apuré a escribir mi tesis y la presenté a fines de ese año. Fue increíble, porque la defendí el día 20 de febrero de 1980 y al día siguiente, el 21, se concretó el cierre. Por suerte yo ya me había graduado.

El gobierno militar consideraba que la universidad era un “nido de comunistas", también denunciaba como una anomalía que en esa universidad había estudiantes que daban clases, y criticaban los planes de estudio. Pero la UNLU tenía muy buen nivel académico y había personas con distintas ideologías. Además es común que en las universidades haya ayudantes estudiantiles, es parte de la carrera docente.

El cierre fue muy duro, porque era una universidad innovadora. Tenía la primera y única carrera de Ingeniería en Alimentos, también ofrecía educación a distancia que, en esa época, era algo muy moderno. Una de las carreras más numerosas era la de Trabajo Social (en esa época se llamaba distinto, creo que Licenciatura en Desarrollo Social). Además, fue la primera en tener un plan para incorporar jóvenes con 25 años de edad o más sin los estudios secundarios completos. Estábamos muy orgullosos de nuestra universidad.

El cierre dejó a muchísimos alumnos abandonados. Algunos pudieron seguir estudiando, por ejemplo, en la Universidad de Buenos Aires, pero estaba lejos y resultaba posible solo para las familias que tenían bastante dinero. Dejaron sin trabajo a la mayoría de los docentes, cerraron los centros regionales de Campana, Chivilcoy, General Sarmiento, 9 de Julio. Pero además hubo una campaña fuerte que desprestigió a la institución, a sus profesores, graduados, alumnos y personal no docente.

Algunos profesores encontraron trabajo en la actividad privada, por ejemplo, en laboratorios. Otros tuvieron que irse a otra ciudad o al exterior. Yo volví al trabajo que tenía antes de estudiar. Pero a mi marido le costó mucho conseguir trabajo. Como había tenido un gran protagonismo en las protestas contra el cierre, quedó muy expuesto y nadie le daba trabajo. 

También me costó conseguir trabajo como ingeniera agrónoma. Muchos decían que mi diploma no tenía valor porque era de la UNLU. Pero, gracias a mis estudios, podía resolver los ejercicios de computación muy rápido y bien.

Con la vuelta de la democracia todo cambió. Una de las primeras medidas que tomó Alfonsín como presidente fue la reapertura de la universidad, que se concretó a mediados de 1984. El acto fue una verdadera fiesta. En el palco que se armó en el predio de Luján estaban Alfonsín y todos sus ministros.

Muchos de los egresados y profesores volvimos a trabajar en la UNLU y continuamos haciéndolo en la actualidad.

Gladys, 65 años en 2026 (16 años en 1975)

A comienzos de 1975 transitaba mi paso por el tercer año de la escuela secundaria en Tandil.

Recuerdo que, como estudiantes, encabezamos una enorme marcha para que la Universidad del Centro de la provincia de Buenos Aires tuviera su sede cabecera en nuestra ciudad. Pero la marcha no solo era por la universidad. También marchábamos por los primeros desempleados de la metalúrgica Buxton.

En los años siguientes, ya en la dictadura, me tocó ser parte de una comunidad que cambiaba rápidamente su fisonomía. Tandil era un polo metalúrgico y agrícola-ganadero, solo era un lugar turístico en Semana Santa o de paso hacia Mar del Plata. Tal era el movimiento de transacciones productivas, que existía el Banco Comercial del Tandil (hoy es un shopping en construcción). Durante el 76, el 77 y en adelante, comenzaron los despidos en las metalúrgicas Tandil, Ronicevi y en aquellos talleres que funcionaban alrededor de ese polo metalúrgico: Tandil Mar y TandilFer, entre otros tantos.

El hermano de mi cuñada fue una de las personas despedidas. Se tuvo que ir a vivir a Ushuaia. En casa nos preguntábamos por qué tan lejos, por qué ese destino. Algunos amigos y conocidos de mi papá, que también perdieron su trabajo, ponían un kiosco o una fiambrería. Lentamente vi cómo los grandes comercios se achicaban, los pequeños cerraban y los empleados metalúrgicos –que con el recibo de sueldo como única garantía compraban electrodomésticos o se hacían sus casas años atrás– perdían poder adquisitivo. 

El obrero metalúrgico, un personaje emblemático de nuestra ciudad que hoy tiene su monumento en la loma del lago, fue perdiendo protagonismo. Todas estas modificaciones en el perfil productivo de la ciudad (y en las ocupaciones de nuestros conocidos y vecinos) fue uno de los cambios más notables que viví en ese tiempo.

Otra de las vivencias de aquel momento fue el debate en relación a mi vocación. Terminando la secundaria, estaba convencida de hacer la carrera de Licenciatura en Psicología. Pero muchas carreras humanísticas fueron cerradas por la dictadura como Sociología y Psicología, entre otras tantas. Las opciones quedaron reservadas a la universidad privada.

Mi mejor amiga también quería estudiar Psicología y se anotó en la Universidad del Salvador en la Ciudad de Buenos Aires. Pero en mi caso, que tenía que valerme con recursos propios para hacer frente a los aranceles y gastos de un estudio superior en la capital, esto no era posible. Por suerte mi profesor de Lógica de quinto año nos habló de las posibilidades en la Universidad del Centro, en Tandil. Me enteré de la existencia de Ciencias de la Educación y me anoté. Con el tiempo, me enamoré de esta carrera.

Pero ¿qué hubiera pasado si no hubiese tenido la posibilidad de acceder a una casa de estudios a seis cuadras de mi casa? Aquella lucha por la universidad en Tandil marcó mi destino, así como la dictadura marcó la imposibilidad de ser psicóloga. Me pregunto aún hoy cuánto inciden las políticas de Estado en nuestros destinos como pueblo.

Personas adultas en dictadura

En los siguientes testimonios se desarrollan temáticas vinculadas a: cambios en el trabajo, pérdida del empleo y las oportunidades laborales, cesantías, amenazas, pérdidas, vivencias de la Guerra de Malvinas.

Ana, 89 años en 2026 (39 años en 1976)

Soy médica. Cuando se produjo el Golpe de Estado trabajaba en el Hospital Álvarez y también como profesora en la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires. Tenía 39 años.

Un día, a comienzos del mes de mayo, estaba trabajando y me dijeron que me presentara en la dirección del hospital. Ahí me comunicaron que, por decreto del intendente de la Ciudad de Buenos Aires, Brigadier Cacciatore, yo quedaba cesante. El decreto decía que yo era “real o potencialmente subversiva”. No me dieron ninguna explicación más. Me escoltaron hasta el laboratorio, como si yo fuera una persona peligrosa o violenta, para que agarrara mis cosas y me fuera. Sin despedidas, sin nada… Quedé paralizada de tristeza y de miedo. 

Me quedé sin trabajo. Tuvimos que hacer un esfuerzo, con mi familia, para alquilar un lugar y comprar todos los aparatos para instalar un consultorio. Así logré armar un laboratorio privado para poder trabajar y mantener a mi familia.

Lo cuento y me vuelve la angustia de ese momento. Mi marido estaba muy enfermo, mis hijos eran chicos… tremendo.

Al poco tiempo, me comunicaron por correo (una carta, no había e-mail ni nada parecido) que también quedaba suspendida en la Facultad.

Mi vida cambió totalmente. El hospital no era solo mi lugar de trabajo; ahí yo me seguía formando, trabajaba en equipo, tenía amigas y amigos con los que conversaba sobre todo, pero en especial me escuchaban y me daban consejos en relación a la enfermedad de mi marido y también con mis hijos.

Recién en 1984, con la vuelta de la democracia, pude volver a mi querido hospital.

Raquel, 79 años en 2026 (34 años en 1982) 

En la época de la Guerra de las Malvinas yo estaba viviendo con mi familia en Río Grande, en Tierra del Fuego. Tenía 34 años y trabajaba como docente en la escuela Benjamín Zorrilla. En plena guerra estuvimos todos los días dando clases. Cada día, al finalizar la jornada escolar, salíamos con los alumnos hasta la calle entonando las estrofas de la Marcha de las Malvinas. Eso no lo olvidaré nunca, jamás.

Tampoco olvidaré que cuando íbamos para el trabajo o veníamos desde la escuela, pasaban las ambulancias que traían soldados heridos. El hospital de Río Grande estaba colapsado. Todos le pedíamos a Dios no enfermarnos porque el hospital estaba colapsado totalmente.

Mis padres vivían en Buenos Aires y nos contaban que las noticias decían que íbamos ganando la guerra, pero la realidad era totalmente distinta.

Nosotros estuvimos más de un mes con todas las ventanas de la casa tapadas, no podía filtrarse luz a la noche porque nos decían que había riesgo de bombardeo. El alumbrado público no se encendía y la ciudad quedaba totalmente a oscuras. También teníamos que estar atentos a las sirenas porque si sonaban cuando estábamos en la calle, teníamos que apurarnos para llegar a nuestros hogares y refugiarnos. Mi marido había armado una protección con fardos y rollos de tela dentro de la fábrica. Si tocaba la sirena ese era el lugar para ir y resguardarnos. Una de mis hijas era muy chiquita e ir al búnker era como un juego para ella. Nosotros nos asustábamos mucho.

Muchas compañeras docentes eran esposas de militares que pertenecían al batallón de Infantería de la Marina número 5. En la escuela yo trabajaba en el turno tarde. Recuerdo que desde el lugar de trabajo veíamos salir los Learjet, o sea, los aviones de combate, y muchas veces, con el esposo de alguna de mis compañeras a bordo. Me acuerdo de que veíamos salir como siete aviones y después volvían solamente cuatro. Hasta que un día una de mis compañeras, Graciela, dijo: "Hoy va a salir mi esposo. Dijo que, si le dan la orden, sale a combate." Y así fue, salió y cuando llegamos a casa de vuelta del trabajo, no había noticias de él. Estuvimos 15 días sin saber nada, si estaba con vida o no. Hasta que lo dejaron en libertad, regresó con su familia y (recuerdo que nos reunimos en mi casa) él contó lo que había pasado. Contó que se había eyectado del avión, que lo habían tomado prisionero los ingleses y que lo habían tratado bien.

Otra cosa que recuerdo es que le habían ordenado a toda la población que tenía que guardar alimentos no perecederos en el baúl del auto porque en cualquier momento habría que evacuar la ciudad. Una noche llamaron a la puerta los hombres de Defensa Civil. Esa noche dijeron que era inminente el ataque de las fuerzas inglesas. Y me acuerdo que mi esposo me dijo, "Pero, ¿adónde vamos a ir, si hay una sola salida de la ciudad por el puente? Va a estar toda la gente ahí." Bueno, decidimos quedarnos. No pudimos dormir. Pero no pasó nada, gracias a Dios.

En la ciudad casi no se veía gente porque el tránsito estaba restringido y además muchas familias se habían ido de la isla. Nosotros decidimos quedarnos. La experiencia fue muy fea y me acuerdo que el día que se rindieron las tropas argentinas, yo sentí alivio de que se termine lo que estábamos viviendo, sentí que me sacaba un gran peso de encima. 

Alicia, 80 años en 2026 (José, 58 años en 1976) 

Mi papá trabajaba en una gran fábrica textil. Había dos en Valentín Alsina, el barrio donde nací. Una era Campomar y la otra Argos. Yo era chica, estábamos pasando por una fase de desindustrialización en Argentina, donde muchas fábricas cerraban. Esto ya había pasado en otros momentos de la historia del país. La fábrica Argos cerró unos años antes que la Campomar. 

Cuando la fábrica donde trabajaba mi papá cerró, los dueños vendieron las máquinas. Mi papá compró uno de los telares y alquiló un lugar al lado de mi casa donde empezó a producir telas para pequeñas empresas, que en esa época no se las conocía como pymes, pero lo eran. Los clientes traían los grandes rollos de hilado (de hilos) al lugar donde mi papá tenía la máquina. Mi papá los colocaba en la máquina y cuando la tela estaba lista, la pasaban a retirar. Ese era su trabajo. 

Al principio producía casimires, una tela muy valorada porque era la tela que se utilizaba para confeccionar los trajes que usaban los hombres. Pero cuando llegó el gobierno militar, el ministro de Economía, que se llamaba Martínez de Hoz, implementó una medida drástica, que fue abrir la importación. En Argentina se podían vender telas fabricadas en otros países sin tener que pagar impuestos, sin pagar los aranceles que los países cobran a las mercaderías importadas. Por lo tanto, las telas importadas, un poco menos finas y hermosas que las que producía mi papá, se vendían a un precio más bajo que las producidas acá. 

Mi papá, entonces, tuvo que cambiar una parte de la máquina para poder fabricar otro tipo de tela, la que se usa para hacer jeans, que se llama denim. Mi papá dejó de producir casimires, arregló y acondicionó la máquina para poder tejer las telas para la confección de jeans.

¿Pero qué ocurrió? Comenzó la importación de telas denim que eran más baratas cuando llegaban del exterior que cuando las producían trabajadores argentinos en pequeñas empresas argentinas (que hoy se llamarían pymes). Pasaron los años, seguíamos en época de dictadura, y mi papá ya no pudo rearmar su máquina ni arreglarla.

Así fue como mi papá se quedó sin trabajo, a una edad en la que ya no se conseguía. Ninguna fábrica tomaba empleados de la edad de mi papá, que tenía sesenta y algo. Pasó mucho tiempo sin conseguir trabajo y cada vez se sentía más amargado, más triste, porque toda su vida había sido el sostén de su familia. Él había trabajado desde muy pequeño, porque mis abuelos habían llegado de España y eran muy pobres.

Al final consiguió un pequeño trabajo gracias a un amigo mío, pero seguía sintiéndose triste porque, aunque ganaba algo de dinero, se sentía inútil, incapaz de producir algo que fuera bueno para los demás.

Pienso que mi papá fue una víctima de la dictadura, una más de las víctimas de la dictadura, una de las que por lo general no se tienen en cuenta.

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