Las relaciones entre sociedades indígenas y la sociedad hispano criolla en los siglos XVI y XIX
Introducción a la conformación de una sociedad de frontera entre las sociedades indígenas y la sociedad hispano criolla entre los siglos XVI y XIX.
Creado: 13 noviembre, 2025 | Actualizado: 4 de marzo, 2026
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Relaciones de frontera entre indígenas e hispano criollos
Desde hace miles de años, el continente americano estuvo poblado por muchos grupos indígenas que tenían formas de vida muy diferentes. Desde cazadores recolectores, con organizaciones políticas simples ligadas a pequeños grupos nómades –como los había en las pampas–, hasta formaciones estatales que se organizaban sobre el control de un conjunto muy amplio de comunidades que basaban su economía en la agricultura –como las había en la zona andina–. El mundo indígena era muy heterogéneo y los grupos que lo conformaban estaban muy conectados entre sí, incluso a través de grandes distancias como las que había entre las pampas y los Andes.
Al momento de la invasión europea, estas sociedades estaban en pleno proceso de contacto y de cambio. La conquista condujo a nuevas transformaciones. Entre ellas, se puede hacer una distinción muy importante entre situaciones en las que las sociedades indígenas fueron dominadas –más o menos rápidamente– por los españoles y situaciones en las que no.
Entre las primeras, el dominio español sobre el Imperio inca se produjo relativamente rápido, aunque no sin resistencia. Los españoles pudieron utilizar el aparato estatal incaico y ejercer una dominación directa sobre las comunidades ocupando el lugar de un estado ya construido.
En cambio, muchas sociedades indígenas con una organización política diferente a la estatal no pudieron ser dominadas por los españoles. Es allí donde se formaron relaciones de frontera que tuvieron siglos de duración. Esto es lo que pasa, por ejemplo, en las Pampas, el Chaco y la Patagonia –en lo que hoy es la República Argentina– y en la Araucanía –en lo que hoy es la República de Chile.
Texto elaborado a partir de la entrevista a la antropóloga Ingrid de Jong, Dirección Provincial de Educación Primaria, 2025.
La invasión europea en la zona del Río de la Plata comenzó a principios del siglo XVI y se fue consolidando a partir de la segunda fundación de Buenos Aires en 1580, a fines del mismo siglo. La Revolución de Mayo de 1810 inició un proceso que puso fin al imperio español en América del Sur y, a partir de allí, se sucedieron diferentes intentos de conformación de nuevas unidades políticas que finalmente dieron lugar a la organización de la República Argentina.
Los mapas elaborados por el Instituto Geográfico Nacional (IGN) que se pueden ver a continuación muestran las diferentes organizaciones estatales: española y criolla. En ellas se pueden observar dos zonas de frontera con las sociedades indígenas: en el Gran Chaco y en las Pampas y Patagonia (ver zonas demarcadas con líneas en diagonal). Las relaciones de frontera en ambas regiones perduraron hasta la década de 1880, cuando el Ejército Nacional de la Argentina conquistó a las sociedades indígenas y se apropió de sus territorios.




Más allá y más acá de la frontera
Cuando nos imaginamos la frontera entre indígenas y blancos, pensamos en una línea tajante que dividía dos mundos distintos y totalmente separados. También imaginamos que la única relación que se establecía entre ambos era la guerra. Pero las relaciones entre los que estaban de un lado y del otro iban mucho más allá de la pelea.
Un inglés observador
En 1825 llegó a la Argentina Francis Bond Head, un ingeniero inglés de una compañía que se proponía extraer minerales de las montañas riojanas. La empresa falló y Head regresó a su tierra natal. Pero las impresiones de su viaje quedaron escritas en un libro que publicó poco después de su vuelta a Inglaterra: las Pampas y los Andes.
En su recorrido de Buenos Aires a Mendoza, Head fue observando las relaciones que existían entre los indígenas y los blancos. La ocupación de la tierra por parte del hombre blanco terminaba en algún lugar no siempre bien delimitado, pero al que llamaban “la frontera”. Quienes lo acompañaban, que eran parte del mundo de los blancos, decían que esa línea –con sus espaciados fortines y ranchos– marcaba el fin de la civilización y que, más allá, se encontraba la tierra de los salvajes, del enemigo, de lo desconocido: la tierra del indio.
Como Head era un hombre astuto, pudo ver que lo que le decían no era totalmente cierto. En primer lugar, no le gustó mucho eso de llamar “salvajes” a los aborígenes y los observó con enorme respeto. Este respeto resulta bastante fuera de lo común para la época en que vivía este inglés, en la que todo lo distinto era considerado incivilizado. Por eso, su testimonio se vuelve todavía más interesante.
La frontera y la guerra
A Head le llamó la atención el modo en que los aborígenes de las pampas hacían la guerra y la manera fluida en que ésta se integraba al resto de sus actividades. Los guerreros indígenas podían movilizarse con una facilidad admirable. Eran hábiles jinetes que pasaban una buena parte de su vida cabalgando. Tanta era su habilidad, que podían cabalgar de lado de modo que desde el otro lado pudiera pensarse que el caballo iba solo.
Cuando iban a la guerra llevaban una gran cantidad de caballos y yeguas para saltar de un animal cansado a otro fresco y continuar el ritmo de la batalla. Cuando necesitaban descansar solo bastaba el suelo. Cuando estaban hambrientos carneaban algunas de las yeguas que llevaban y las comían, pues su carne dulzona era su plato preferido. De esta manera los indígenas de las pampas habían logrado combinar, de un modo muy inteligente, todos los elementos necesarios para una guerra.
Head coincidía con sus informantes en que una parte de las relaciones entre blancos y aborígenes se daba en el terreno de la enemistad. Cada tanto, los indígenas organizaban un malón, es decir, un ataque a algún fortín o algún grupo de ranchos. Esta, sin embargo, era solo una parte de la historia. Pues también los indígenas se veían acosados por los blancos, que los atacaban en sus tolderías. Así como –en sus ataques– los blancos se llevaban aborígenes como prisioneros, lo mismo hacían los indígenas con los blancos en sus malones. El objetivo de llevarse prisioneros era intercambiarlos más tarde, pedir algún rescate o usarlos como mano de obra.
Más allá de la guerra
Las relaciones entre indígenas y blancos iban mucho más allá de la guerra y se extendían al comercio, que era muy importante. Los indígenas solían ir a las poblaciones blancas con plumas de ñandú, pieles y cueros que cambiaban por cuchillos, espuelas, yerba, tabaco, azúcar, bebidas alcohólicas.
Indígenas y blancos vivían en mundos diferentes, por lo que las modalidades de comercio también eran distintas. Además de no aceptar dinero, los indígenas no compraban al peso, sino que señalaban sobre un cuero la cantidad de azúcar, de yerba o de cualquier otro artículo que deseaban intercambiar.
Este comercio formaba parte de una red mucho más extensa. Los indígenas de las pampas desarrollaban una gran actividad comercial, pues llevaban caballos hacia la zona de los Andes, donde se los vendían a través de otros indígenas a los mapuche o araucanos, un grupo que vivía –a principios del siglo XIX– en el sur de la actual República de Chile. A cambio, los mapuche les daban ponchos y mantas de lana que ellos tejían.
Los indígenas no formaban un solo grupo. Pertenecían a diferentes tribus que, con frecuencia, estaban en guerra. Con el tiempo, los mapuche comenzaron a migrar hacia el lado Este de la cordillera y se mezclaron con las tribus indígenas que poblaban las pampas. Cincuenta años después del viaje de Head, era muy difícil notar la diferencia entre unos y otros. El mundo indígena era muy dinámico y móvil.
No menos dinámico era ese mundo difuso y ambiguo de la frontera donde indígenas y blancos interactuaban. Además, no faltaban blancos que, escapados de la justicia o por alguna razón política, decidían ir a vivir a las tolderías. Es decir, la frontera era a la vez una línea divisoria y un lugar de encuentro. Indígenas y blancos estaban realmente más relacionados entre sí que lo que parecía a simple vista. Pero finalmente la enemistad terminó por imponerse. Los blancos fueron desplazando progresivamente la frontera a través de la guerra. Y los indígenas terminaron perdiendo sus tierras.
Tomado de Luchilo, L. y Rocchi, F. (2002) La búsqueda de la Argentina. Colección Los caminos de la historia. Altea.