La diplomacia indígena

Normas y ceremonias que los pueblos indígenas de las pampas utilizaban para relacionarse en forma pacífica y amistosa con los «blancos».

Creado: 13 noviembre, 2025 | Actualizado: 4 de marzo, 2026

Los protocolos de circulación y los parlamentos

El funcionamiento del espacio indígena se basaba en normas que regulaban las relaciones entre las diferentes parcialidades. Estas normas establecían, por ejemplo, cómo se debía circular por el territorio, cómo recibir a un viajero, cómo tomar decisiones conjuntas o lograr acuerdos, cómo comerciar o administrar justicia. Los modos de relacionarse entre parcialidades indígenas estaban regidos por un principio de reciprocidad y de hospitalidad y cortesía. Tenían, además, aspectos ceremoniales como los agasajos, las formas de bienvenida, de saludo y de conversación, de celebración. Parte de estos rituales y los tiempos en los que se desarrollaban estaban destinados a conocer al otro antes de dejarlo avanzar en el propio territorio. La diplomacia propia del mundo indígena también reguló las relaciones con los “blancos” en los tres siglos de duración de la frontera.

Recorrer territorios indígenas: reglas y protocolos de tránsito

Al interior del Wallmapu, diferentes grupos organizados bajo la autoridad de un cacique controlaban el territorio donde estaban asentados y desarrollaban sus actividades, por ejemplo, el cultivo o la cría de ganado. Pero este control territorial no estaba cerrado a la comunicación ni a la circulación de personas, tal como lo muestran los caminos que conectaban los asentamientos de las distintas parcialidades entre sí y con las localidades hispano-criollas entre los océanos Atlántico y Pacífico.

La circulación por el territorio de las distintas parcialidades exigía el cumplimiento de ciertas reglas y protocolos de tránsito. Un día antes de llegar a las tierras controladas por un jefe indígena había que avisar a través un chasqui que se enviaba primero. Luego, al acercarse, los viajeros debían mantener conversaciones prolongadas con los enviados del jefe –sin bajarse del caballo– hasta que, cuando los anfitriones lo consideraran oportuno, los invitaran a descender.

Los viajeros indígenas o nampülkafe eran gente especializada en transitar el territorio: cumplían las normas y protocolos e iban generando vínculos y lazos de parentesco que favorecían su circulación. Eso les aseguraba que serían bien recibidos en el punto de llegada. Los nampülkafe acentuaban las conexiones entre las parcialidades en un espacio indígena vinculado y regulado por ciertas reglas. 

Texto elaborado a partir de la entrevista a la antropóloga Ingrid de Jong, Dirección Provincial de Educación Primaria, 2025.

Diferentes viajeros dieron testimonio de cómo era posible recorrer los territorios indígenas. Sus obras permiten reconstruir las reglas y los protocolos de tránsito así como otros aspectos de la diplomacia indígena. Entre ellas, las de Luis de la Cruz, quien salió de Chile y atravesó el norte pampeano; Guillermo Cox, quien también partió de Chile y llegó al sur de Neuquén o Lucio Mansilla quien viajó a la zona ranquel como coronel del Ejército Argentino. 

Una excursión a los indios ranqueles es el relato de un viaje de 18 días que realizó Lucio V. Mansilla, en el año 1870, cuando tenía 39 años. En ese momento, él prestaba servicio en la guarnición de Río Cuarto, en el sur de la actual provincia de Córdoba. 

Los jefes de Mansilla, sus propios compañeros y los mismos indígenas que permanecían prisioneros en Río Cuarto desaconsejaban el viaje que el coronel planificaba realizar. Pensaban que resultaba muy riesgoso que un grupo de menos de 20 personas prácticamente desarmadas –dos de ellas sacerdotes– se adentraran en las pampas. 

Mansilla fundamentó su proyecto en la necesidad de conversar personalmente con el cacique general de los ranqueles, Mariano Rosas, y con los caciques Baigorrita y Ramón, para “arreglar el modo como ha de tener ejecución el tratado de paz” que habían acordado con el presidente Domingo Faustino Sarmiento. Finalmente logró la autorización. Mansilla consideraba que el viaje no sería peligroso y que resultaría muy útil para evitar problemas con los caciques.

En su relato de las vicisitudes del viaje que realizó a las tolderías ranqueles, el coronel Mansilla describe situaciones vividas en contacto con los “indios” que le resultaron extrañas, inesperadas, asombrosas. Suma al relato sus reflexiones, surgidas de ese acercamiento a un “otro” hasta entonces desconocido: comenta acerca de la organización política y la diplomacia de los caciques ranqueles, los gustos y las costumbres de la vida cotidiana, la caza, la cría de ganado, el comercio, la religión, la mirada sobre los criollos, la buena fe y la desconfianza. 

El relato de viaje de Mansilla fue publicado en distintas entregas de los periódicos de la época. Años después fueron compiladas en forma de libro: Una excursión a los indios ranqueles.

Para 1890, el libro llevaba ya tres ediciones ilustradas por diferentes dibujantes. En la edición de ese año se incluyó este retrato fotográfico de Lucio V. Mansilla.

La obra de Mansilla se transformó en un clásico leído en la escuela primaria o secundaria por generaciones de argentinos hasta la actualidad.

También lo leen las y los investigadores porque es una de las fuentes más completas sobre los indígenas del oeste pampeano en esos tiempos.

Retrato del coronel Mansilla. Fuente: Salvioni, A. (2020). El silencio de las imágenes. Las ilustraciones a Una excursión a los indios ranqueles. Universidad de Murcia, Servicio de Publicaciones.

Una excursión a los indios ranqueles: los parlamentos en la llegada a las tolderías de Mariano Rosas, cacique general de los ranqueles

El coronel Mansilla parte a las tolderías de Mariano Rosas, ubicadas en Leubucó –en la zona norte de la actual provincia de La Pampa– acompañado por un grupo de menos de 20 integrantes. Entre ellos, dos sacerdotes franciscanos y un lenguaraz –o traductor– llamado Mora.

El camino a las tolderías 

Siguiendo el protocolo de los ranqueles, Mansilla envió un chasqui, antes de llegar. Este debía informar acerca de su próxima llegada en son de amistad y de su intención de conversar con el cacique sobre los pormenores del acuerdo de paz con el Presidente Sarmiento. Luego de la partida del chasqui, la comitiva de Mansilla comenzó a recibir mensajeros enviados por Mariano Rosas, quien también mandó al cacique Caniupán. 

Lucio Mansilla narra con humor los tres días que empleó su excursión para realizar un trayecto relativamente corto pero constantemente interrumpido por los encuentros con diferentes grupos que llegaban a recibirlo y darle la bienvenida. En esos tres días, los criollos fueron teniendo oportunidad de contactarse con los indígenas e ir conociendo sobre sus costumbres, sus formas de expresar alegría, sus gustos y sus desconfianzas. 

Mansilla y su grupo acamparon en las inmediaciones de una laguna, en el lugar que Canuipán le había indicado detenerse. Después de un día de espera, el cacique regresó para reiniciar la marcha hacia las tolderías de Mariano Rosas. Así lo cuenta Mansilla en el capítulo 19:

Presentóse por fin Caniupán con unos cuarenta individuos vestidos de parada, es decir, montando briosos corceles enjaezados con todo el lujo pampeano, con grandes testeras, coleras, pretales, estribos y cabezadas de plata, todo ello de gusto chileno. Los jinetes se habían puesto sus mejores ponchos y sombreros, llevando algunos bota fuerte, otros de potro y muchos la espuela sobre el pie pelado.

Caniupán y sus hombres tenían la misión de escoltar al grupo criollo y guiarlo hacia Leubucó por médanos, lagunas y montes. Además, Caniupán indicaba a Mansilla cómo recibir y responder a los agasajos y mensajes de hospitalidad que le iban llegando en el camino. Todos esos agasajos expresaban el modo en que Mariano Rosas recibía a la primera visita oficial del Estado Nacional al pueblo ranquel.

En su andar, la comitiva “cristiana” también participó de una serie de conversaciones ceremoniales, llamadas “parlamentos” por los criollos, con nuevos grupos indígenas que se iban sumando a la escolta. Los largos parlamentos* entre los oradores ranqueles y criollos –intermediados por sus lenguaraces– significaban extensas paradas que demoraban el arribo a Leubucó. 

Mansilla estaba ansioso por llegar a destino. Cuenta cómo las interrupciones de los representantes de Mariano Rosas en un principio lo irritaron. A medida que esas paradas se fueron multiplicando, el coronel fue comprendiendo que no tenía otra posibilidad que respetar las costumbres de sus anfitriones y aguardar todo lo que fuera necesario hasta llegar al encuentro con el cacique general.

El coronel relata detalladamente las paradas en el camino para la realización de los parlamentos. Eran anunciadas por el polvo que levantaba en las pampas el galope de las comisiones de indios enviadas por Mariano Rosas. Dice Mansilla en el capítulo 22: 

Divisamos otros polvos en el rumbo que llevábamos y oyéronse varias voces: —¡Aquellos vienen para acá!

Mora [el lenguaraz] me dijo: —Esos polvos, señor, que tenemos al frente, han de ser de otro parlamento que viene a saludarlo.

Para mis adentros exclamé: ¡Si se acabaran algún día los cumplidos!

Caniupán me dijo: —Esa comisión grande viniendo a topar (…)

Volvimos a ponernos al galope (…) Galopamos un rato, y cuando la comisión que venía se dibujó claramente sobre una pequeña eminencia del terreno, como a unos dos mil metros de nosotros, Caniupán me dijo:

—Ese comisión lindo, hermano, ahora no más topando.

—Cuando guste, hermano, topando no más.

Marchamos así hasta quedar distantes unos de otros como cuatrocientos metros.

Caniupán me dijo:

—Cerquita ya, topando.

—Topando, le contesté.

Él se lanzó a toda brida; yo le seguí, y los buenos franciscanos, haciendo de tripas corazón, imitaron mi ejemplo. Cuando íbamos materialmente a toparnos, sujetamos simultáneamente [las riendas] unos y otros, quedando distantes veinte pasos.

El que presidía el parlamento destacó su orador. Caniupán destacó el suyo. Colocáronse equidistantes de sus respectivos grupos, mirando el uno al oriente y el otro al occidente, y comenzó el parlamento. Duró lo bastante para fastidiar a un santo (…)

Mariano Rosas me mandaba decir:

Que se alegraba mucho de que fuera llegando a su toldo (1º razón).

Que cómo me había ido de viaje (2º razón).

Que si no había perdido algunos caballos (3º razón).

Que cómo estaba yo y todos mis jefes, oficiales y soldados (4º razón).

A estas cuatro razones, yo contesté con otras cuatro. (…) 

Después que estos interesantes saludos pasaron, tuve que dar la mano a todos. Eran unos ochenta, entre ellos había muchos cristianos. A cada apretón de manos, a cada abrazo, me aturdían los oídos con hurras y vítores (…) 

Mezcláronse los indios que habían venido con los de Caniupán, y formando un solo grupo y marchando todos en orden, proseguimos nuestro camino, avistando a poco andar otros polvos.

—Ese otro comisión, me dijo Caniupán, señalándomelos.

—Me alegro mucho, le contesté, diciendo interiormente: A este paso no llegaremos en todo el día a Leubucó.

Subíamos a la falda de un medanito y Mora me dijo: —Allí es Leubucó.

Miré en la dirección que me indicaba y distinguí confusamente, a la orilla de un bosque, los aduares del cacique general de las tribus ranquelinas, las tolderías de Mariano Rosas.

Los polvos se acercaban velozmente. Llegó un indio; habló con Caniupán y éste destacó otro. Después llegaron tres y Caniupán destacó igual número. En seguida llegaron seis y Caniupán destacó seis también. 

Así, recibiendo y despachando mensajes y mensajeros, ganábamos terreno rápidamente, de modo que no tardamos en avistar la nueva serie de embajadores en cuyas garras íbamos a caer.

Caniupán me dijo:

—Ese comisión, lindo, grandote.

—Ya veo que es linda, le contesté.

Y tenía razón de lo grandote, porque, en efecto, formaban un grupo considerable.

Caniupán me dijo:

—Topando fuerte, hermano.

—Topando como guste- le contesté.

—Mandando hacer alto, hermano- agregó.

Hice alto.

—Formando gente, hermano— me dijo.

Llené sus indicaciones, y mi comitiva formó en batalla, poniéndome yo con los frailes al frente (…) Los indios de Caniupán me cubrieron la retaguardia y los otros, haciendo dos alas, se colocaron a derecha e izquierda de mí. Las tres banderas ocuparon el centro de la línea que formábamos (…) Caniupán iba a mi lado.

Formados en esa disposición, rompimos la marcha al galope. Los que venían avanzaron también al galope. Oyéronse toques de corneta. Caniupán me dijo:

—Ese comisión ahorita topando.

—Ya lo veo– le contesté.

Galopamos algunos minutos —hicimos alto viendo que los que venían se habían parado- y después que hablaron con Caniupán, trayendo y llevando mensajes varios indios, continuamos la marcha.

A una indicación de corneta, Caniupán me dijo:

—Ahora topando ya, hermano.

Y como de costumbre, lanzóse a media rienda, dándome el ejemplo. Esta vez íbamos a toparnos a todo correr en medio de una espantosa algazara que hacían los indios golpeándose la boca abierta con la palma de la mano. (…)

Las dos comitivas avanzaban, íbamos materialmente a toparnos ya, cuando a una indicación de corneta sujetaron [las riendas] los que venían y nosotros también. Siguióse una escena igual a la anterior, entre dos oradores que se ocuparon una media hora de mi salud y de mis caballos (…)

Terminados los saludos (…) llegó el turno de los abrazos y apretones de mano. Esta vez no hubo más alteración en el ceremonial que toques de corneta. Di unos ciento y tantos abrazos y apretones de mano; y cuando ya no me quedaba costilla ni nervio en la muñeca que no me doliera, comenzaron los alaridos de regocijo y los vivas, atronando los aires. Todo el mundo, excepto mi gente, se desparramó gritando, escaramuceando, rayando los caballos, ostentando el mérito de éstos y su destreza. Aquello era una verdadera fiesta, una fantasía a lo árabe. (…)

A un toque de corneta se reunieron todos (…) Acababa de llegar un enviado de Mariano Rosas.

Su toldo estaba ahí cerca. Penetrar en él era cuestión de minutos, al fin.

Regresó el mensajero y Caniupán me dijo:

—Caminando poquito, hermano– dicho lo cual recogió su caballo y se puso al tranco.

Tuve que conformarme con su indicación. Recogí mi caballo e igualé el paso del suyo.

Llegó otro mensajero de Mariano Rosas, habló con Caniupán, y después me dijo éste:

—Parando, hermano.

Le habló a Mora en su lengua y éste me tradujo: que debíamos echar pie a tierra y esperar órdenes.

El lector juzgará si había motivo para rabiar un rato.

El encuentro, José Bouchet (1890). Fuente: Salvioni, A. (2020). El silencio de las imágenes. Las ilustraciones a Una excursión a los indios ranqueles. Universidad de Murcia, Servicio de Publicaciones.

Descripción de imagen

Esta obra del artista español José Bouchet, ilustra la tercera edición, de 1890, del libro Una excursión a los indios ranqueles. Bouchet era en ese tiempo uno de los principales intérpretes de la pintura argentina de tema histórico y estaba componiendo los murales de la rotonda del Museo de la Plata con imágenes de la vida indígena pampeana. La investigadora Amanda Salvione analiza la representación de El encuentro: “Se trata del primer contacto entre Mansilla y una embajada de Mariano Rosas, en el cual se desarrolla la primera conversación ‘en parlamento’, o sea la modalidad diplomática de la conversación ranquel. El encuentro se refiere, entonces, al primer contacto verbal, que se produce con la complicada mediación de intérpretes y delegados, obedeciendo a las reglas de la oratoria ranquelina. 

La llegada a la toldería

Cuando finalmente llegan al frente de la toldería, Mansilla recibió una vez más la indicación de detenerse, y fue por un largo rato. Él y su gente quedaron así expuestos a la mirada escrutadora de los anfitriones. 

Escribe el coronel sobre el tan esperado encuentro con Mariano Rosas en el capítulo 25: 

Permanecimos a caballo, en el mismo orden de formación que llevábamos. Aquella parada a última hora (…) que no había formado parte del programa imaginario de nadie, tenía en el ceremonial de la corte de Mariano Rosas un gran significado.

En las paradas anteriores, el objeto real había sido, unas veces, ganar tiempo hasta que se tranquilizara la multitud, otras veces, cumplir con los deberes oficiales y sociales de la buena crianza y cortesía.

Esta vez el cacique mayor, los caciques secundarios, los capitanejos, los indios de importancia –como se estila en Tierra Adentro– querían verme un rato de cerca, antes de que echara pie a tierra, estudiar mi fisonomía, mi mirada, mi aire, mi aspecto; asegurarse, por ciertas razones fundamentales, de mis intenciones, leyendo en mi rostro lo que llevaba oculto en los repliegues del corazón. Y querían hacer esto, no sólo conmigo, sino con todos los que me acompañaban, inclusive los dos reverendos franciscanos, santos varones, incapaces de arrancarle las alas a una mosca. (…)**

Estábamos al habla (…) y siguiendo el plan conocido me destacó un embajador. (…)

Así duraba más tiempo la exposición de mi persona y séquito; se nos examinaba prolijamente. (…)

Habló el representante de Mariano Rosas.

Las coplas fueron las consabidas, con el agregado de que se alegraba tanto de verme llegar bueno y sano a su tierra; que estaba para servirme con todos sus caciques, capitanejos e indios, que aquel era un día grande, y que, en prueba de ello, oyese.

Al decir esto, hacían descargas con carabinas y fusiles unos cuantos cristianos andrajosos (…); quemaban cohetes de la India en gran cantidad y prorrumpían en alaridos de regocijo.

Yo contestaba con toda la afabilidad de un diplomático, por el órgano de mi lenguaraz, que a su turno se dirigía a un representante que me había designado Caniupán (…)

Después que fui saludado, cumplimentado y felicitado, me pidieron permiso para hacerlo con los franciscanos (…) Concedí el permiso, y vino un diálogo como los que ya conocemos, con su multiplicación de razones, con sus últimas sílabas prolongadas a más no poder (…)

En pos de los franciscanos vinieron mis oficiales, para cuyo efecto me pidieron también la venia. A ese paso, iban a ser interrogadas, saludadas y agasajadas hasta las mulas que llevaban las cargas. (…)

En tanto que estos parlamentos tenían lugar, muchos indios viejos, de extraño aspecto, giraban en torno mío y de los míos, con aire misterioso, callados, cejijunto el rostro y como estudiando a los recién llegados y la situación. Se iban y venían, tornaban a irse y volvían a venir. (…)

Mariano Rosas estaba formado en ala, frente a mí, como a unos cincuenta pasos. A su izquierda tenía a Epumer, su hermano mayor, su general en campaña. (…) Después de Epumer, seguían los capitanejos Relmo, Cayupán, otros más, y entre éstos Melideo, que quiere decir cuatro ratones, de meli, cuatro, y deo, ratón. (…)

En seguida de los capitanejos, ocupaban sus puestos, varios indios de importancia, luego alguna chusma y por fin algunos cristianos (…) armados de fusil y carabina (…) Eran los que con gran apuro y dificultad hacían las salvas en honor mío. 

La morada de Mariano Rosas consistía en unos cuantos toldos diseminados y en unos cuantos ranchos, (…) un corral y varios palenques (…) La hora de recibirme había llegado. ¡Ya era tiempo!

Un enviado salió de las filas de Mariano Rosas y me dijo, siempre por intérprete:

—Manda decir el general que eche pie a tierra con sus jefes y oficiales.

—Está bien– contesté.

Y eché pie a tierra, junto conmigo los cristianos e indios, que me seguían. Y a ese tiempo se oyó un hurra atronador y un viva al coronel Mansilla.

Yo contesté, acompañándome todo el mundo:

—¡Viva Mariano Rosas!

—¡Viva el presidente de la República!

—¡Vivan los indios argentinos!

Había verdadero júbilo, los tiros de carabina y de fusil no cesaban, ni los cohetes, ni la infernal gritería, golpeándose la boca abierta con la palma de la mano. (…)

Como no me habían hecho ninguna indicación, me quedé junto a mi caballo, después de desmontarme. Ya estaba aleccionado. Hubo otro parlamento. (…)

Un indio, que debía ser algo como paje del cacique, habló con Mariano Rosas, y en seguida, con Caniupán, mi inseparable compañero.

Este a su turno habló con Mora.

Mi lenguaraz, siguiendo la usanza, me dijo:

—Señor, dice el general Mariano que ya lo va a recibir; que quiere darle la mano y abrazarlo; que se dé la mano con sus capitanejos y se abrace también con ellos, para que en todo tiempo lo conozcan y lo miren como amigo, al hombre que les hace el favor de visitarlos, poniendo en ellos tanta confianza. (…)

Mora volvió a conversar con Caniupán, y me dijo después:

—Señor, dice Caniupán que ya puede adelantarse a darle la mano al general Mariano; que haga con él y con los demás que salude, lo mismo que ellos hagan con usted.

—¿Y qué diablos van a hacer conmigo?- le pregunté.

—Nada, mi coronel, cosas de los indios, así es en esta tierra- me contestó. (…) es que han de querer tratarlo con cariño; porque están muy contentos de verlo (…) Es que han de querer abrazarlo y cargarlo- respondió.

—Pues si no es más que eso –murmuré para mis adentros–, no hay que alarmarse–.

¡Adelante! ¡Adelante! ¡Caballeros! –dije mirando a mis oficiales y a los dos franciscanos (…): Vamos a saludar a Mariano.

Avancé, me siguieron, llegamos a tiro de apretón de manos del Cacique y comenzó el saludo.

Mariano Rosas me alargaba la mano derecha, se la estreché.

Me la sacudió con fuerza, se la sacudí.

Me abrazó cruzándome los brazos por el hombro izquierdo, lo abracé.

Me abrazó cruzándome los brazos por el hombro derecho, lo abracé.

Me cargó y me suspendió vigorosamente, dando un grito estentóreo; lo cargué y suspendí, dando un grito igual.

Los concurrentes, a cada una de estas operaciones, golpeándose la boca abierta con la mano y poniendo a prueba sus pulmones, gritaban: ¡¡¡Aaaaaaaa!!! 

Después que me saludé con Mariano, un indio –especie de maestro de ceremonias– me presentó a Epumer. Hicimos lo mismo que con su hermano en medio de incesantes y atronadores ¡¡Aaaaaaaaaaaaa!!

Luego vino Relmo, igual escena a la anterior: ¡¡Aaaaaaaaaaaaa!!

En seguida Cayupán, lo mismo: ¡¡Aaaaaaaaaa!!

En pos de éste, Melideo (alias) cuatro ratones, indio sólido como una piedra, de regular estatura; pero panzudo, gordo, pesado (…) Aquí fueron los apuros para cargarlo y suspenderlo.

Mis brazos lo abarcaban apenas; hice un esfuerzo, el amor propio de hombre forzudo estaba comprometido, no alcanzarlo me parecía hasta deshonroso para los cristianos; redoblé el esfuerzo y mi tentativa fue coronada por el éxito más completo, como lo probaron los ¡¡¡aaaaaaaaaaaa!!! dados esta vez con más ganas y prolongados más que los anteriores. (…)

¡Pero qué! Después de Melideo vinieron otros y otros capitanejos; después de éstos varios indios de importancia; por conclusión, la chusma ranquelina y cristiana. 

No se oía más que la resonación producida por la repercusión de los continuados gritos ¡¡¡aaaaaaa!!! Yo sudaba la gota gorda, mi voz estaba ronca, mis fuerzas agotadas (…)

Los franciscanos no fueron obligados más que a dar la mano; lo mismo mis oficiales; lo propio mis asistentes.

Muy cerca de una hora tardamos en abrazos, salutaciones y demás actos de cortesanía indiana.

Con el último indio que yo saludé, abracé y cargué gritando lo más fuerte que mis gastados pulmones lo permitieron ¡¡aaaaaaaaaaaa!! se oyeron los postreros hurras y vítores de la multitud, que no tardó en desparramarse montando la mayor parte a caballo, entregándose a los regocijos ecuestres de la tierra, como carreras, rayadas, pechadas y piruetas de toda clase, por fin. (…)

De vez en cuando llegaban a mis oídos estos ecos: “Ese coronel Mansilla muy toro; ese coronel Mansilla cargando; ese coronel Mansilla lindo”. Y esto diciendo, un sinnúmero de curiosos se acercaban a mí, hasta estrecharme y no dejarme mover del sitio. Mirábanme de arriba abajo, la cara, el cuerpo, la ropa, el puñal de oro y plata que llevaba en el costado, las botas granaderas, la cadena del reloj y los perendengues que pendían de ella; todo, todo cuanto llamaba por su hechura o color la atención. Y después de mirarme, bien, me decían alargándome la mano: 

—Ese coronel, dando la mano, amigo.– Y no sólo me daban la mano, sino que me abrazaban y me besaban (…)

Idénticas demostraciones hacían con los oficiales, con los asistentes y con los franciscanos.

Varias chinas y mujeres blancas cristianizadas, por no decir cristianas, se acercaban a éstos, se arrodillaban, y tomándoles los cordones les decían: “La bendición, mi padre”. De veras, aquel recogimiento, aquel respeto primitivo me enterneció”. (…) 

Los abrazos, José Bouchet, 1890. Otra de las representaciones de José Bouchet incluida en la edición del libro de 1890 fue la del abrazo entre Mansilla y Melideo. Esta imagen refuerza la “proeza” que el coronel narra en forma humorística. Fuente: Salvioni, A. (2020). El silencio de las imágenes. Las ilustraciones a Una excursión a los indios ranqueles. Universidad de Murcia, Servicio de Publicaciones.

*El parlamento es una conversación ceremonial del lenguaje, en forma de pregunta y respuesta, en el que los interlocutores no pueden interrumpirse. En su intervención, cada orador despliega sus razones y argumenta. Cuando su interlocutor responde, estudia su razonamiento y prepara su respuesta. Los oradores usan un tono uniforme, como el murmullo de una corriente de agua –dice Mansilla– y prolongan la última sílaba de la palabra final. Eso le permite saber a su interlocutor que ha terminado y que comienza su turno en el uso de la palabra. El despliegue de cada razón, su repetición en diferente orden sin cambiar su sentido, es un modo de que lo conversado quede claro para todos los presentes y pueda ser retenido. Esto es importante en sociedades que no tienen escritura.

**En su relato, más adelante, el coronel Mansilla reflexiona sobre esta situación y los encuentros anteriores que dilataron la llegada a Leubucó. Piensa entonces que estos rituales no solo habían tenido un significado ceremonial sino que también fueron una estrategia nacida de la necesidad de Mariano Rosas de anticiparse a posibles intenciones traicioneras de los enviados del Estado nacional. Recién cuando el cacique se sintió seguro, les indicó descender de los caballos para saludarse personalmente.

Ceremonias de bienvenida del cacique Mariano Rosas al coronel Lucio Mansilla

Ilustración de Juan Battilana y Hernán Vargas, 2025. Fuente: Archivo DGCyE. 

Las juntas

Las juntas eran reuniones celebradas entre los indígenas para discutir sobre temas importantes para la comunidad y tomar decisiones acordadas colectivamente. Se realizaban al interior de cada grupo o entre diferentes parcialidades para llegar a acuerdos sobre problemáticas que tenían en común. 

Estas reuniones eran importantes porque, en el mundo indígena, la autoridad delegada en los caciques se construía desde las bases. En otras palabras, para ejercer su autoridad, los caciques debían generar el consenso entre sus seguidores. 

A partir de su visita diplomática a los indios ranqueles, en el capítulo 21 de Una excursión a los indios ranqueles, el coronel Lucio Mansilla (1966) describe las juntas indígenas en estos términos: 

Reúnese ésta, nómbrase un orador, una especie de miembro informante, que expone y defiende contra uno, contra dos o contra más, ciertas y determinadas proposiciones. El que quiere le ayuda. El miembro informante suele ser el cacique. El discurso se lleva estudiado, el tono y las formas son semejantes al tono y las formas de la conversación en parlamento, con la diferencia de que en la junta se admiten las interrupciones, los silbidos, los gritos, las burlas de todo género (…) Después de mucho hablar, triunfa la mayoría (…)

Y agrega una apreciación personal sobre estas reuniones: 

Y aquí es el caso de hacer notar que el resultado de una junta se sabe siempre de antemano, porque el cacique principal tiene buen cuidado de catequizar con tiempo a los indios y capitanejos más influyentes en la tribu.

Una excursión a los indios ranqueles: Mansilla participa en una junta para discutir un acuerdo de paz celebrado entre los ranqueles y el presidente Sarmiento

El motivo del viaje de Mansilla era retomar el tratado de paz que los caciques habían firmado con el presidente Sarmiento, quien cambió algunos puntos del acuerdo original sin consultar a los indígenas. El coronel pensaba que para lograr la real puesta en práctica del tratado era imprescindible mantener una conversación amistosa y de igual a igual con los líderes ranqueles y su pueblo.

En su relato del viaje al territorio ranquel, Mansilla describe detalladamente las 9 horas que duró la junta en la que las tribus discutieron si aprobarían o no los términos del acuerdo de paz ya firmado con el presidente. Presenta también algunas situaciones previas a la reunión y describe el lugar donde las tribus se reunían para las discusiones importantes: “la raya”, es decir, el límite entre las tierras de los diferentes grupos.

Concertada la junta en la que participarán los caciques Mariano Rosas y Baigorrita, Mansilla cabalga con sus hombres hacia el lugar de la reunión tan esperada. Anochecía cuando…

Subimos a la falda de los médanos, y al llegar a la cumbre de uno de ellos (…) oyéronse toques de clarín. Jamás el bélico instrumento resonó en mis oídos con más solemnidad (…) 

Las cornetas de Baigorrita contestaron. Estábamos en la raya.

Hicimos alto. Llegó un parlamento, habló y habló; le contestaron razón por razón; lo despacharon; volvió otro y otro, se hizo lo mismo y a las cansadas llegó un hijo de Mariano Rosas, invitándonos a avanzar. Marchamos y llegamos, pasando por una gran playa, que es donde los indios, después de sus grandes juntas, juegan a la chueca (…) (Capítulo 50)

Mariano Rosas y su gente estaban acampados en una colina escarpada (…) bajo dos coposos algarrobos (…) Parlamentaba solemnemente con los capitanejos e indios circunvecinos y lejanos que sucesivamente llegaban al lugar de la cita.

A todos los recibía con la misma consideración; a todos les hacía las mismas preguntas; a todos los conocía por sus nombres, sabía de dónde venían, cómo se llamaban sus abuelos, sus padres, sus mujeres, sus hijos; y a todos les explicaba el motivo de la junta, que al día siguiente se celebraría. (…) (Capítulo 51)

Mansilla continúa su narración con un sueño intranquilo que tuvo durante la noche. A la madrugada siguiente… 

Llegó un mensajero de Mariano Rosas; mandaba informarse de cómo había pasado la noche y prevenirme que en cuanto saliera el sol nos moveríamos y que la señal sería un toque de corneta (…) Se oyó un toque de corneta. Los clarines de Baigorrita contestaron, montamos a caballo y nos movimos, rompiendo la marcha en dispersión.

A poco andar avistamos la gente de Mariano Rosas, coronando la cumbre de una cuchilla. Tocaron alto, llamada y reunión (...) Los toques fueron obedecidos, lo mismo que lo habría hecho una tropa disciplinada. Formamos en batalla, Baigorrita, yo y mi séquito nos pusimos al frente de la línea, y en ese orden avanzamos. La indiada de Mariano Rosas hizo la misma maniobra. Las dos líneas marchaban a encontrarse.

Seríamos trescientos de cada parte.

El sol se levantaba en ese momento (…) 

Cuando las dos líneas que avanzaban al paso estuvieron a cincuenta metros una de otra, los clarines y cornetas tocaron alto y las dos indiadas se saludaron golpeándose la boca. (…)

Nadie llevaba armas; todo el mundo montaba excelentes caballos, vestía su mejor ropa y ostentaba las prendas de plata y los arreos más ricos que tenía.

Mariano Rosas destacó un indio; Baigorrita otro; colocáronse equidistantes de las dos líneas; cambiaron sus razones, y volvieron a sus respectivos puntos de partida. Los dos caciques acababan de saludarse y de invocar la protección de Dios para deliberar con acierto.

Tocaron atención, dieron voces de mando en lengua araucana, (…) tocaron marcha y las dos líneas quedaron formadas en alas (…) 

Los saludos empezaron, consistiendo en fuertes apretones de manos y abrazos (…)

Las dos líneas de jinetes formaron un círculo (…) Echaron pie a tierra Mariano Rosas y los suyos; Baigorrita, yo y los míos quedamos encerrados en dos círculos concéntricos, formados el exterior por caballos y el interior por indios.

Todas estas evoluciones se hicieron en silencio, con orden, revelando que estaban sujetos a una regla de ordenanza conocida. Ningún indio maneó ni ató su caballo en las pajas. Sólo le bajó las riendas. Los mansos animales no se movían de su puesto.

Entonces, Mariano Rosas invitó a todo el mundo a sentarse. 

Nos sentamos, pues, sobre el pasto humedecido por el rocío de la noche, sin que nadie tendiera poncho ni carona, cruzando la pierna a la turca.

Mariano Rosas me cedió a su lenguaraz José; colocóse éste entre él y yo, y el parlamento empezó. (…)

Apoyé los codos en las rodillas, y ocultando la cara entre las manos, me dispuse a escuchar el discurso inaugural de Mariano Rosas. El lenguaraz me previno que todavía no empezaba a hablar conmigo.

El cacique general tomó la palabra y habló largo rato, unas veces con templanza, otras con calor, ya bajando la voz hasta el punto de no percibirse los vocablos, ya a gritos; ora accionando, con la vista fija en tierra, ora mirando al cielo (…)

Las palabras: Presidente, Arredondo, Mansilla, yeguas, azúcar, yerba, tabaco, plata y otras castellanas que los indios no tienen, flotaban (…) a cada paso.

Los oyentes aprobaban y desaprobaban alternativamente. Cuando aprobaban, el orador bajaba la voz; cuando desaprobaban, gritaba como un condenado.

Terminado el discurso inaugural, en medio de entusiastas manifestaciones de aprobación, llegó el turno del debate.

Mariano Rosas comenzó a dirigirse al coronel Mansilla: 

El cacique empezó por invocar a Dios. Me dijo que protegía a los buenos, y castigaba a los malos; me habló de la lealtad de los indios, de las paces que en otras épocas habían tenido, que si habían fallado, no había sido por culpa de ellos; me hizo un curso sobre la libertad con que entre ellos se procedía; agregó que por eso había reunido los principales capitanejos, los indios más importantes por su fortuna o por sus años para que dijesen si les gustaba el tratado, porque él no hacía sino lo que ellos querían; que su deber era velar por su felicidad; que él no les imponía jamás: que entre los indios no sucedía como entre los cristianos, donde el que mandaba, mandaba; y terminó pidiéndome [que] leyera los artículos del tratado referentes a la donación trimestral de yeguas, etc., etc. (…)

Metí la mano al bolsillo, saqué mi libro de memorias; busqué en él el extracto del tratado de paz, y procurando imitar la mímica oratoria de la escuela ranquelina, tomé la palabra.

Expliqué el tratado, punto por punto; hablé de Dios, del Diablo, del cielo, de la tierra, de las estrellas, del sol y de la luna; de la lealtad de los cristianos; del deseo que tenían de vivir en paz con los indios, de ayudarlos en sus necesidades, de enseñarles el trabajo, de hacerlos cristianos para que fueran felices, del Presidente de la República, del general Arredondo y de mí. Este fue mi primer discurso. (Capítulo 53)

Mariano Rosas me exigió que repitiera la lectura de los artículos que estipulaban la entrega de yeguas, yerba, azúcar, tabaco, etc., diciéndome que quería que todos los indios se enterasen bien de la paz que se iba a hacer (…)

Mansilla había ido notando inquietud en el auditorio, la buena disposición inicial cambió, el cacique general mencionó en diferentes oportunidades la frase “recién voy a dar cuenta a mis indios de lo que hemos arreglado, y lo que ellos decidan, eso será lo que se haga”. El Coronel no entendía que el tratado se planteara en ese momento solo como una posibilidad. Él estaba confiado en que ya se había cerrado un acuerdo en las conversaciones previas; pensaba que ya estaba resuelto y que la Junta lo aceptaría. 

Por pedido de Mariano Rosas, Mansilla volvió a leer artículos del tratado que establecían las raciones acordadas. Al finalizar…

Varias voces gritaron en araucano:

—¡Es poco! ¡Es poco!

Lo comprendí porque ciertos cristianos repitieron la frase en castellano, con intención, apoyándola con repetidos ¡sí!, ¡sí!

Mariano Rosas, notando aquello, me echó un discurso sobre la pobreza de los indios, exigiéndome la entrega de más cantidad de yeguas, yerba, azúcar y tabaco.

Contesté que los indios eran pobres porque no amaban el trabajo; que cuando le tomaran gusto se harían tan ricos como los cristianos, y que yo no podía comprometerme a dar más de lo convenido, que no era poco, sino mucho.

—¡Es poco!, ¡es poco!– volvieron a gritar varios a una.

—¿Lo ve usted?– me dijo Mariano Rosas, que no me trataba ya de hermano-. Dicen que es poco.

—Lo veo- le contesté–; pero es que no es poco; al contrario, es mucho.

—¡Poco, poco, poco!– gritaron simultáneamente más voces que antes (…)

—Ya ven ustedes– gritaba con toda la fuerza de mis pulmones y mímica indiana, para que todos me oyeran y creyendo seducirles con mi estilo- cómo los indios ranqueles son preferidos a los de Calfucurá (…)

Expliqué lo que antes le había explicado en Leubucó, lo que es el Presidente de la República, el Congreso y el Presupuesto de la Nación. Les dije que el Gobierno no podía entregar inmediatamente lo convenido, porque necesitaba que el Congreso le diera la plata para comprarlo, y que éste antes de darle la plata tenía que ver si el tratado convenía o no. (…)

Me decía para mis adentros, mientras mi lengua funcionaba: Mariano Rosas ha firmado el tratado, yo lo creía concluido, y ahora resulta que la junta lo puede anular. Pues es lo mismo que sucede con el Presidente y el Congreso (…)

A esa altura de la Junta, Mariano Rosas tomó la palabra y viró el tema en discusión: le reclamó a Mansilla que explique las razones por las cuales los criollos habían ocupado parte de las tierras en las que vivieron sus antepasados.

Estas interpelaciones y cargos hallaron un eco alarmante. 

Algunos indios estrecharon la rueda, acercándose a mí para escuchar mejor lo que contestaba (…).

Siempre con los codos en los muslos y la cara entre las manos fija la mirada en el suelo, tomé la palabra y contesté que la tierra no era de los indios, sino de los que la hacían productiva trabajando.

No me dejó continuar, e interrumpiéndome, me dijo:

—¿Cómo no ha de ser nuestra cuando hemos nacido en ella? (…)

—Pero ustedes roban lo ajeno- les dije-, porque las vacas, los caballos, las yeguas, las ovejas que se traen no son de ustedes.

—Y ustedes, los cristianos– me contestaron–, nos quitan la tierra.

—No es lo mismo– les dije–; primero, porque nosotros no reconocemos que la tierra sea de ustedes (…); segundo, porque en la tierra no se vive, es preciso trabajarla (…)

Eché una mirada rápida a mi alrededor, y vi brillar más de una cara amenazante (…) 

Oigan lo que les voy a decir: Hace muchísimos años que los gringos desembarcaron en Buenos Aires.

(…) Ustedes eran muy pobres entonces; los hijos de los gringos, que son los cristianos, que somos nosotros (…) les hemos enseñado una porción de cosas. Les hemos enseñado a andar a caballo, a enlazar, a bolear, a usar su poncho, chiripá, calzoncillo, bota fuerte, espuela, chapeado.

—No es cierto- me interrumpió Mariano Rosas–; aquí había vacas, caballos y todo antes que vinieran los gringos, y todo era nuestro.

—Están equivocados– les contesté–; los gringos que eran los españoles, trajeron todas esas cosas. Voy a probárselo: Ustedes le llaman al caballo caballo, a la vaca vaca, al toro toro, a la yegua yegua, al ternero ternero, a la oveja oveja, al poncho poncho, al lazo laxo, a la yerba yerba, al azúcar achúcar, y a una porción de cosas lo mismo que los cristianos.

¿Y por qué no les llaman de otro modo a esas cosas?

Porque ustedes no las conocían hasta que las trajeron los gringos. Si las hubieran conocido les habrían dado otro nombre.

¿Por qué le llaman al hermano peñi? 

Porque antes de que vinieran los padres de los cristianos ustedes ya sabían lo que era hermano (…) (Capítulo 54)

Ya avanzado el día, al calor del sol, la junta empezaba a tomar todo el aspecto de la efervescencia popular. Mansilla se sentía convertido en acusado y trataba de defenderse.

—A mí no me pidan cuentas– les dije–, de lo que han hecho otros; el Presidente que ahora tenemos no es como los otros que antes teníamos. Yo tampoco les pido a ustedes cuenta de las matanzas de cristianos que han hecho los indios siempre que han podido- (…)

—¡Winca!, ¡winca!, ¡mintiendo!– gritaron algunos.

Y en varios puntos del círculo se hizo como un tumulto. Era el peor de los síntomas. (…)

El sol quemaba como fuego, y hacía ya largas horas que la discusión duraba (…)

Viendo que la situación se hacía peligrosa, lo miré a mi compadre Baigorrita, que no había hablado una palabra, permaneciendo inmóvil como una estatua. No hallé su mirada.

Busqué otras caras conocidas para decirles con los ojos: aplaquen esta turba desenfrenada. Todas ellas estaban atónitas. Si me miraban no me veían. (…)

Redoblé mi energía y seguí hablando.

—Yo soy aquí el representante del presidente de la República; yo les prometo a ustedes que los cristianos no faltarán a la palabra empeñada, que si ustedes cumplen, el tratado de paz se cumplirá (…)

Camargo [uno de los “cristianos” que vivía en las tolderías] se acercó a mí en ese instante, y me dijo al oído:

—Hable de lo que se da por el tratado, Coronel, hable de eso.

—¿Y qué más quieren- continué diciendo- que hagan los cristianos? ¿No les van a dar dos mil yeguas para que se repartan entre los pobres; azúcar, yerba, tabaco, papel, aguardiente, ropa, bueyes, arados, semillas para sembrar, plata para los caciques y los capitanejos? ¿Qué más quieren?

Mariano Rosas tomó la palabra después de un largo silencio, y dijo:

—Ya estamos arreglados; pero queremos saber qué cantidad de cada cosa nos van a dar. -Diga, hermano- agregó.

Y, dirigiéndose a los indios:

—Oigan bien.

Volví a hacer la enumeración de lo que se había de entregar según el tratado.

La calma se restablecía y la junta parecía tocar a su fin.

Aproveché las buenas disposiciones que renacían para hacer presente, a fin de quitar todo motivo de resentimiento futuro:

Que la paz no era hecha conmigo, que yo era un representante del Gobierno (…); que no creyesen si otro jefe me reemplazaba que por eso la paz se había de alterar, que ese jefe tendría que cumplir el tratado y las órdenes que el Gobierno le diera; (…) que así, en ningún tiempo la desaparición mía de la frontera debía ser un motivo de queja, una razón para que se negaran a observar fielmente lo convenido; que cerca o lejos tendrían siempre en mí un amigo que haría por el bien de ellos, si lo merecían, todo cuanto pudiera.

Mariano Rosas se puso de pie, y con una sonrisa la más afable, me dijo:

—Ya se acabó, hermano.

Nueve horas consecutivas los frailes y yo habíamos estado sentados en la misma postura y en el mismo lugar; cuando quisimos levantarnos, las piernas entumecidas no obedecían. Para incorporarnos tuvimos que prestarnos mutua ayuda (…) Estaba harto y cansado; me eché sobre la blanda yerba, y me quedé pensativo un rato viendo a los indios desparramarse como moscas en todas direcciones y desaparecer veloces como la felicidad. (Capítulo 54)

El Coronel Mansilla había quedado muy desconcertado por los rumbos que tomó Mariano Rosas en la Junta. No fue fácil obtener el apoyo de los consultados al acuerdo previamente conversado y ya firmado por el Presidente de la República. ¿Había sido una actitud traicionera la del cacique general de los ranqueles? Pronto pudo volver a sorprenderse. Mansilla iba cabalgando cuando Mariano lo alcanza con su caballo:

—¿Qué le ha parecido la junta?– me preguntó.

—¿Qué me ha parecido?– repuse, fijando en él mis ojos, como diciéndole: Ya lo calculará usted.

Me entendió y dijo:

—Con estos indios se precisa mucha paciencia, es preciso conocerlos bien, son muy desconfiados, en cuanto ven que uno es amigo de los cristianos, ya piensan que los engañan. ¡Los han traicionado tantas veces! Ya ve cómo ha estado su compadre Baigorrita.

—¿Pero de mí, qué podían temer?– le contesté.

—Nada, de usted, nada.

—¿Y entonces?

—Pero si yo hubiera aprobado todas sus razones, quién sabe qué hubieran dicho. (Capítulo 55)

Satisfecho, el coronel Mansilla reflexiona sobre lo ocurrido y reconoce la habilidad diplomática de Mariano Rosas:

Las paces estaban definitivamente hechas. El sufragio popular les había puesto su sello soberano en la junta. 

Las sospechas habían desaparecido. Yo era mirado ya como un indio. Numerosas visitas llegaban a saludarme. El viento de Leubucó me era favorable. Los intrigantes, corridos y avergonzados, solicitaban mi perdón con estudiadas sonrisas y amabilidades.

Fingí que no me había apercibido de sus manejos, estaba en tierra diplomática, y reservé el castigo para la oportunidad debida. (Capítulo 56)

La misión política de Mansilla había sido cumplida. Aún quedaban pendientes conversaciones personales y despedidas y hasta un bautismo comunitario. Volvería a Río Cuarto para informar a sus superiores los resultados de su excursión. Llevaba una mirada totalmente nueva del pueblo ranquel.

La junta, José Bouchet, 1890. Fuente: Salvioni, A. (2020). El silencio de las imágenes. Las ilustraciones a Una excursión a los indios ranqueles. Universidad de Murcia, Servicio de Publicaciones. 

Descripción de imagen

La imagen de la junta en la edición del libro de Mansilla de 1890 es igual a la que puede verse en uno de los murales realizados por Bouchet en el Museo de Ciencias Naturales de La Plata. En ella estaría representado Mariano Rosas (vestido como paisano según su costumbre, fuera de la ronda y a la izquierda), Mansilla (con barba y sombrero), uno de los sacerdotes (a su derecha), el lenguaraz de Mariano Rosas llamado José (con un poncho claro) y un grupo (pequeño) de participantes de la Junta. A la derecha se observan de pie y poco diferenciados, algunos acompañantes de Mansilla y varios indígenas. Mansilla habla y los demás escuchan su presentación. Al fondo el artista dibujó los árboles del monte, a la izquierda los caballos descansando con sus riendas sueltas.

La correspondencia

Las relaciones diplomáticas entre las parcialidades indígenas de las pampas y las autoridades criollas también se desarrollaron a través de la comunicación escrita, de cartas entre caciques y funcionarios de las provincias o del Estado central argentino. Entre otros temas que podían expresar, las cartas formaban parte del proceso de concertación de un tratado de paz y, luego, de su mantenimiento. Esta correspondencia diplomática ya existía en el siglo XVIII pero se hizo mucho más intensa en el siglo XIX. Así como la historia de las fronteras pampeanas se ha conocido como una historia de conflictos, también se puede hablar de una historia de diplomacia fronteriza que se desarrolló desde una impronta indígena. Los archivos históricos conservan muchas cartas que son una fuente privilegiada para conocer esta historia.

Las cartas de los caciques 

Las cartas ranqueles, las cartas salineras, las cartas de los llamados manzaneros o huiliches de Sayhueque son maravillosas porque se despliegan a lo largo de décadas y permiten ver los argumentos y los discursos, las exigencias y las explicaciones que los líderes indígenas van dando en diálogo con las cartas que reciben de los funcionarios.

Es posible reconstruir ese proceso de diálogo y negociación política y escuchar las dos campanas. Con ellas podemos decir con más claridad que, en general, las parcialidades indígenas querían perpetuar las relaciones diplomáticas, pacíficas y mercantiles. No estaban preparadas para defender sus tierras y sus personas frente a un ejército nacional preparado y con armas de otro calibre que las que ellos podían tener. 

En las cartas hay un esfuerzo importante de los líderes para argumentar. Y es importante tener en cuenta que esas cartas no eran una expresión individual del cacique sino que eran fruto de una elaboración colectiva con su grupo. Los lonkos eran los jefes de sus colectivos o “lof” o comunidades. El tipo de relación con sus seguidores era de autoridad: la autoridad consiste en una ascendencia sobre los demás basada en el prestigio, la valentía en las confrontaciones bélicas y las habilidades diplomáticas. De esa autoridad basada en el prestigio, en el desempeño del líder, lo que surge es un apoyo consensual de los seguidores. No es una obediencia obligada.

La autoridad es otorgada desde abajo hacia arriba, es concedida. La obediencia concedida significa que este líder no puede obligar a la obediencia. Lo que puede hacer es suscitar el apoyo mediante una relación de reciprocidad. Esta es la perspectiva que es necesario tener cuando se leen las cartas de los lonkos a las autoridades bonaerenses. 

Texto elaborado a partir de la entrevista a la antropóloga Ingrid de Jong, Dirección Provincial de Educación Primaria, 2025.

Los caciques utilizaron también la correspondencia para relacionarse entre ellos, se fueron apropiando de la escritura como una importante herramienta para la comunicación.

La escritura de cartas indígenas

Los hijos de caciques que llegaron a las pampas liderando los grupos procedentes de la zona de la Araucanía y también de la ladera del este de los Andes habían aprendido el castellano, a leerlo y escribirlo a partir de las enseñanzas de sacerdotes que misionaban en los valles cordilleranos. Mariano Rosas, nacido en las pampas, había aprendido el idioma en los tiempos de su infancia y juventud en los que permaneció prisionero en la estancia de Juan Manuel de Rosas. 

Estos caciques notaron que la correspondencia era una forma útil para negociar con los “cristianos” y la adoptaron. Se acomodaron a la costumbre criolla así como los criollos se adaptaron a las ceremonias de recibimiento, de agasajo y de comunicación de las que participaban cuando entraban en territorio indígena. La investigadora Geraldine Lenoble Davies sostiene que en las fronteras siempre se establecen relaciones de negociación y adaptación: “Uno comprende la lógica del otro y se adapta a eso, porque la base de las fronteras es que ninguno de los actores puede ejercer la violencia sobre el otro porque no tiene el monopolio del uso de la fuerza. Entonces, sí o sí tienen que negociar”.

En la frontera pampeana, aunque los caciques pudieran comprender, escribir y hablar el castellano, para ellos era una cuestión de prestigio y de paridad disponer de un escriba, así como los gobernantes criollos tenían su secretario. El escriba solía ser un criollo que permanecía refugiado o cautivo en la toldería o un indígena que había aprendido el idioma cautivo de los criollos. 

El cacique dictaba el contenido de la carta en mapudungun, un lenguaraz o el mismo escriba lo traducían al castellano y lo escribía. Su nivel de dominio del castellano se puede observar en el texto que produce. Las cartas seguían las pautas de la época y la costumbre indígena de preguntar siempre en primer lugar por la salud del destinatario y los suyos. Una vez finalizado el dictado, la carta se enviaba al destinatario. Esto podía hacerse por intermedio de un chasqui, de una comitiva que se presentaría y homenajearía a quien la recibiera y esperaría la respuesta, de un enviado criollo que había traído una misiva de su autoridad que requiriera contestación inmediata. 

El contenido de las cartas indígenas era el resultado de las deliberaciones realizadas en los parlamentos o juntas que se expresaban a través de la voz del cacique, tal como mencionan en algunos casos. Los temas podían ser variados: información sobre otros grupos indígenas, pedidos de envío de raciones, de objetos especiales, reclamos por pactos y acuerdos que no se estaban cumpliendo, quejas sobre maltrato a los indígenas en los pueblos o en las zonas rurales. Siempre en ellas aparece la importancia de la paz. Aún después de un malón los caciques piden la paz: “Insisten, uno lo ve en la correspondencia constantemente, como en la carta de Yanquetruz a Villar, donde él menciona su fuerza y los conflictos que hay, pero dice: ‘Lo que deseo es la paz’. Porque la paz les traía estabilidad: un contexto de violencia les impedía el comercio, que era lo que más querían sostener los indígenas con la provincia de Buenos Aires”

Texto elaborado a partir de una entrevista realizada a la historiadora Geraldine L. Davies en el pódcast Cartas y caciques, Indígenas, frontera e historia en Argentina (Universidad Torcuato Di Tella, Spotify, 2023).

Las cartas de frontera y sus intermediarios

Es posible encontrar entre la correspondencia de frontera las cartas de caciques indígenas. Ellos envían cartas a los Comandantes de la Frontera, a las autoridades bonaerenses o a las autoridades nacionales. 

Últimamente se han encontrado algunas cartas que se supone que están escritas de puño y letra por un cacique. Pero, generalmente, esas comunicaciones están mediadas por un escriba o un escritor que es un criollo que vive con los indígenas y conoce la realidad de esa sociedad. Es una especie de secretario que tiene el cacique, que es el que redacta la comunicación y de alguna manera le da forma a la palabra del cacique para que sea más comprensible para la autoridad que la va a recibir. Las escrituras nos permiten, más allá de que la escriba un blanco, conocer cuáles son las demandas o pedidos de los caciques. 

Los jefes de frontera también se comunican con las autoridades. Por ejemplo, reciben una comitiva indígena y le dicen al presidente o al gobernador: "Vino el cacique tal o vino un emisario del cacique tal a pedirme tal y tal cosa y dijo que quiere sellar la paz". Esta comunicación del Comandante puede estar teñida de sus propios intereses: puede desear establecer una vinculación de paz o mantener una situación de conflictividad para justificar su lugar ahí en la frontera. Es un hombre que está a 400 km de la ciudad de Buenos Aires y que tiene la posibilidad de hacer la guerra o de mantener la paz y presentarse como un hombre necesario en esa relación. Entonces, muchas veces las comunicaciones pueden tergiversar las situaciones para justificar el rol propio de mediador en la frontera.

Hay un elemento clave que han estudiado historiadores como Silvia Rato o antropólogas como Ingrid de Jong. Ellas hablan de los mediadores, que son esos personajes que están entre el mundo indígena y el mundo criollo y que tienen la misión de conectar o de vincular dos sociedades distintas que conviven dentro de la sociedad de frontera. 

Texto elaborado a partir de la entrevista al historiador Leonardo Canciani. Dirección Provincial de Educación Primaria, 2025.

Correspondencia entre caciques y autoridades criollas

Carta de José Bulnes Yanquetruz

El cacique José Bulnes Yanquetruz nació hacia 1831. Los investigadores estudian hoy documentación que podría reconocerlo como hijo de un lonko del sur de la actual provincia de Buenos Aires y de una criolla. 

De pequeño fue raptado y llevado al oeste de la cordillera. Se supone que allí sirvió a un hacendado de apellido Bulnes (que después sería presidente de Chile) y que, como padrino de bautismo, le dio el nombre José María y el apellido Bulnes (tal como se acostumbraba hacer en la época). En ese lugar aprendió a leer y escribir.

Cerca de sus 20 años, Yanquetruz se fugó, atravesó la cordillera y se instaló, junto con algunos guerreros que había reunido, cerca del fuerte de Carmen de Patagones. Llegó a tener autoridad sobre los grupos indígenas ganaderos del norte de la Patagonia y construyó una importante alianza con su primo, Valentín Sayhueque, líder de los grupos de la mitad sur del Neuquén. En algunos momentos fue aliado de Calfucurá y en otros, se enfrentó con él.

Fuente imagen: Pueblos Originarios.

En 1857 firmó las paces con el Comandante del fuerte de Patagones, Benito Villar. En esa alianza recibió un alto grado como integrante del ejército y el uniforme y sueldos correspondientes. Visitó la ciudad de Buenos Aires como invitado de honor de las autoridades. Participó en ceremonias oficiales, paseó por las calles a caballo y recibió agasajos. De regreso a su tierra, visitó con frecuencia el fuerte de Carmen de Patagones y encomendó algunos de sus hijos a sus autoridades para que fueran educados como “cristianos”. Murió en 1858 en una pelea con un guardia nacional en una pulpería del pueblo.

En sus años de “indio amigo”, Yanquetruz mantuvo una intensa correspondencia con las autoridades de Patagones. 

Por mucho tiempo los investigadores supusieron que una de esas cartas que Yanquetruz escribió a Benito Villar para negociar la paz estaba escrita con su propia sangre, como una manera de demostrar su profundo compromiso con la paz que solicitaba. En 2019 los especialistas de dos laboratorios de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la Universidad de Buenos Aires pudieron certificar que, efectivamente, la carta fue escrita con sangre humana. No han podido confirmar si se trata de la sangre del propio cacique. 

Carta de Yanquetruz a Benito Villar, 1856*

Señor don Benito Villar, mayo 31 de 1856.

Mi respetado señor, me alegro lo pase sin novedad.

Y respetado señor, aunque yo no lo conozco, pero mis deseos son de conocerle (…). Y lo que deseo se hagan las paces. Puedo que la ordeno, vean lo que mejor les parezca también. Yo de mi parte como escribano es lo que deseo se hagan las paces. 

A ruego de José María Bulnes Yanquitruz.

Abajo digo, tengo fuerza de [500 tachado] 596 hombres.

Imagen y fragmentos de la carta de Yanquetruz a Benito Villar, 1856. Normalizada en su ortografía y algunas formas de expresión para facilitar su lectura. Se puede consultar en José María Bulnes Yanquetruz, sitio Pueblos originarios, biografías (tomado del Archivo General de la Nación).

El estudio de la correspondencia indígena: la carta de Yanquetruz

La historiadora Geraldine L. Davies estudió muy especialmente esta carta del cacique Yanquetruz. Ella afirma que la escritura con sangre es excepcional. En una entrevista dice que “las cartas se escribían con tinta provista por el Estado en las negociaciones diplomáticas que tenían con los grupos indígenas. Dentro de los obsequios que se regalaban, los caciques siempre pedían papel y tinta (…) Él [Yanquetruz] podía escribir y escribe, y con su propia sangre”. 

Davies explica que la organización política indígena estaba basada en el parentesco: los grupos se formaban entre parientes encabezados por los hombres mayores. “Por eso esta carta, y muchas de las correspondencias, está muy teñida del discurso en torno al parentesco y eso se relaciona con la sangre (…). Eran muy importantes los vínculos de parentesco biológicos y simbólicos a la hora de sellar todo tipo de alianzas y de relaciones. Entonces, posiblemente la sangre para este cacique no era solo un símbolo de alianza, un símbolo de parentesco, sino también tendría una simbología política: está sellando con su sangre la propuesta de sellar un tratado, de realizar un tratado que tiene vínculos de sangre reales (…)”.

Los comienzos de las cartas, también tienen que ver con la importancia de los lazos de parentesco en la organización social y política indígenas. Lo primero que pregunta quien escribe es, en general, cómo está la familia de su destinatario e informa acerca de la suya. También de otros aspectos personales como la salud. 

El propósito de esta carta de Yanquetruz es comunicar su deseo de hacer la paz. En el mundo indígena, estas decisiones se tomaban por consenso: “Se hacían una especie de reuniones que los españoles llamaron parlamentos, porque era similar a lo que era un parlamento europeo, en donde se discutía y se tomaba una decisión en consenso” que, en este caso, es hacer la paz con las autoridades criollas. 

Yanquetruz escribe, también, para mostrar su liderazgo y su poder. “Como vieron al final de esta carta, el cacique pone muy bien: tengo fuerza de tal cantidad de hombres. Entonces: la sangre y la amenaza. Dice: ´negociemos porque ¡ojo! que yo tengo poder´… también es una forma de demostrar bravía. (…) Este es un cacique que se lo reconocía como guapo, como bravo, como cuchillero”, dice Davies.

Tomado de la entrevista a la historiadora Geraldine L. Davies en Cartas y caciques, Indígenas, frontera e historia en Argentina (Universidad Torcuato Di Tella, Spotify, 2023).

Carta del cacique Juan Calfucurá

Hay muchas leyendas e imprecisiones sobre la vida del cacique Juan Calfucurá. No se conoce con exactitud el año de su nacimiento, sí se sabe que en la década de 1830 llegó desde el oeste de la cordillera para instalarse en la zona de las Salinas Grandes. 

Para lograrlo, luchó con los boroganos, un grupo proveniente de la Araucanía, entre los que se encontraba el cacique Coliqueo. Los venció y casi exterminó en la llamada “Masacre de Masallé”. 

Desde las Salinas, Calfucurá construyó una red de acuerdos con otros caciques y formó la extensa Confederación de las Salinas Grandes. Fue un toki, es decir, un cacique de caciques.

Calfucurá fue un hábil negociador que obtuvo un acuerdo de paz muy conveniente para los salineros y sus pueblos aliados. Recibió del gobierno de Rosas raciones muy importantes de ganado, alimentos y lo que las fuentes de la época llaman “vicios”: productos como la yerba, el tabaco, los licores. Él distribuyó esas raciones entre sus seguidores, y esa “generosidad” alimentó su autoridad y el respeto que le tuvieron los indígenas. A su vez, su bravura explica el miedo que le tuvieron los criollos.

Calfucurá falleció de muerte natural en su toldería en 1873.

Imagen del cacique reconstruida por el artista platense Juan Lamela en 1961 a partir de documentación que encontró dispersa. Resaltó su mirada: se decía que sus ojos eran tan vivos y escrutadores que le permitían reconocer los puntos débiles de quien estuviera frente a él. Fuente imagen: Taller de Etnohistoria de la Frontera Sur, Boletín Tefros.

Calfucurá mantuvo correspondencia con las autoridades criollas durante casi cuatro décadas. Sus cartas son muy extensas, tratan muchos temas y están claramente redactadas. Dan cuenta de una relación de igual a igual, entre autoridades del mismo nivel, con un trato cordial que se expresa a través de palabras como “amigo”, “compadre” o “hermano”.

Los párrafos siguientes son fragmentos de una carta del toki al coronel Ignacio Rivas, militar instalado en la zona de Azul, Tapalqué y Olavarría. En 1861 las relaciones de Calfucurá con el coronel eran todavía amistosas. En 1872 Rivas era Comandante de Frontera y formó parte del ejército que derrotó a los salineros y sus aliados en la batalla de San Carlos de Bolívar. La carta contiene 22 párrafos. Cada uno inicia con “querido compadre” y en ellos trata diferentes asuntos.

Carta del cacique Calfucurá al coronel Ignacio Rivas

Michitué, abril 26 de 1861

Querido compadre: He recibido su apreciable de fecha 10 del presente con su enviado Sandoval, lo que me ha alegrado saber que se hallaba bueno; ruego a Dios que al regreso de su enviado Sandoval, lo encuentre a usted gozando de la más perfecta salud con toda su familia y todos sus oficiales y amigos igualmente.

Querido compadre: He recibido sus apreciables cartas por manos de Sandoval y me he bien enterado de ellas y las he mirado derecho, y me hacía de cuenta que mi mismo compadre me estuviera hablando. También me dice que no hay fuerza ninguna acampada; me alegro mucho también me aconsejase muy lindo, diciéndome que con la guerra no se hace nada bueno; que al contrario, que hace padecer a las familias y a todo el mundo; es muy cierto, yo muy bien conozco que la guerra no trae cosa buena, pero espero que de aquí en adelante hemos de vivir en armonía, y que la paz que hemos hecho ha de ser duradera, y que no hemos de romper nuestra amistad nunca.

Querido compadre: Estando Sandoval aquí en mi presencia, hice juntar a todos mis caciques e hice leer delante de todos ellos las cartas que me mandaron, y después les pregunté el parecer de ellos, y me contestaron que era muy bien; también le pregunté que si era bueno que yo hiciera con mi compadre la paz, y todos me respondieron que sí, que estaba muy bien hecho que hiciera las paces, y entonces les pregunté a los que más les gusta ir a invadir y a robar, que después que yo hiciera las paces con mi compadre, ninguno de ustedes no iban a invadir a ninguna parte a escondidas mías, y me contestaron que no, nunca; y yo les dije que estaba bueno, que así podríamos estar para siempre en paz con mi compadre y todos los cristianos; porque con la guerra no se gana sino que hacer morir gente y pasar malos ratos y de disgustos; y entonces todos me dijeron que podía estar tranquilo mi compadre, que de parte de ellos no harían mal a ninguna parte (…)

Querido compadre: (…) Me mandó decir que sería bueno que mandase una comisión a Buenos Aires: le doy a saber que me he dispuesto en mandar la comisión, como usted me lo dijo, porque aquí no hay ya vacas ni yeguas; la gente cuando va a las boleadas para juntar plumas, se les mueren algunos caballos o se les quiebran; le diré también que cuando mi gente va al Azul y llevan algún cuero y plumas, les pagan todo menos que a los cristianos, y si compran todo lo pagan más caro (…)

Querido compadre: También le voy a decir que Bahía Blanca por ahora tiene sus puertas cerradas para nosotros; quisiera que mi compadre le escribiese al jefe de este punto para que nos den sus puertas libres para que pueda ir mi gente a negociar (…) Si diesen puertas libres entonces se trataría de amigos, y aunque se encontrasen por el campo no se habían de hacer nada, y ahora que tratando de la paz no quiero tener enemigos en ninguna parte.

Querido compadre: Le hago recuerdo con respecto a una mujer mía que está en Bahía Blanca; todavía no me la entregaron; también le suplico que haga alguna diligencia para que me la entreguen (…)

Querido compadre: Le agradezco muy mucho los regalos que se ha molestado en mandarme con el portador Sandoval; le doy las infinitas gracias de todo mi corazón.

Sin más por ahora soy de usted para siempre su compadre y amigo

Juan Calfucurá

La carta se encuentra guardada en el Archivo General de la Nación. Se puede consultar su versión completa, digitalizada y transcripta, en el sitio Pueblos originarios, biografías.

Los fragmentos que siguen a continuación son parte de una carta del Presidente de la Nación que da respuesta a varios de los reclamos que Calfucurá le hiciera a Rivas en su correspondencia de 1861. Mantiene el mismo trato respetuoso y amistoso entre pares en sus doce largos párrafos. Acepta y realiza reclamos, plantea sugerencias, expone al cacique situaciones de la relación con los indígenas que lo preocupan.

Carta del Presidente Bartolomé Mitre al cacique Juan Calfucurá

Buenos Aires, enero 10 de 1863

Al cacique D. Juan Calfucurá

Estimado amigo: He recibido su carta última, en la que veo el interés que se toma por mi salud, que es muy buena al presente, lo que me alegro en participarle, deseando por mi parte que usted y sus indios se encuentren tan buenos y fuertes como yo.

Veo por su carta los buenos consejos que da usted a los capitanejos a que se refiere, a fin de que no vengan a robarnos, y siento que no sigan esos buenos consejos, como lo prueba la última invasión que han hecho por el Bragado y Rojas; pero esto no me aflige porque estoy resuelto a poner término a estos robos escandalosos, y como hace tiempo que me estoy preparando para contenerlos y escarmentar a los indios ladrones, yendo a buscarlos hasta el fin del mundo, he de conseguir lo que me he propuesto, pues no tengo guerra ninguna que me distraiga, ni más atención que guardar la frontera.

Pero no puedo dejar de decir a usted que me sorprende que los mismos indios que están a sus órdenes, sean los que nos invaden, como acaban de hacerlo ahora. Esto no puede ser, pues estando yo en paz y amistad con usted, no es posible que una parte de sus mismos indios vengan a robarnos, desobedeciendo sus consejos y órdenes. O la paz es como debe ser, castigando usted a los indios que lo desobedecen, o seamos francamente enemigos, haciéndonos la guerra con lealtad. No podemos continuar tratándonos como amigos si una parte de sus indios me hace la guerra como enemigos.

Esperando su respuesta sobre este punto, le diré con franqueza que por lo que hace a usted y los indios que obedecen sus órdenes, y que están en paz con nosotros, yo los he de mirar como hijos y los he de atender en todo, y les he de dar para que vivan bien. Estamos en paz y ustedes han de tener en mí un padre cariñoso y de buen corazón. Pero no he de transigir con los ladrones, y no he de cesar de perseguirlos hasta exterminarlos (…)

Estoy seguro que Rivas y mis demás jefes lo han de recibir bien, le escribo en esta ocasión, recomendándole que lo atienda en todo, que lo trate como a un amigo mío, lo mismo que a los indios que lo acompañen, cuando usted vaya a visitarlo, que espero será pronto (…)

Voy a escribir a Bahía Blanca, al comandante del punto, sobre la entrega o pago de la mujer que le han tomado a usted.

Deseo a usted que lo pase bien con todos sus indios, y que me crea su buen amigo de todo corazón que verlo desea.

B. Mitre 

La carta se encuentra guardada en el Archivo Histórico del Museo Mitre. Se puede consultar su versión completa, digitalizada y transcripta, en el sitio Pueblos originarios, biografías.

Correspondencia entre caciques

José María Bulnes Yanquetruz acordó la paz con el Comandante de Frontera de Carmen de Patagones y con las autoridades nacionales. Visitó Buenos Aires como invitado de las autoridades y fue muy agasajado. 

Calfucurá –jefe de los salineros y de la confederación de Salinas Grandes, que reunía a diversas parcialidades indígenas– fue un aliado importante del gobernador Rosas. Siempre trató de defender las tierras que ocupaban, de mantener la autonomía de su pueblo y los acuerdos comerciales con criollos y otros grupos indígenas.

Desde los beneficios que le aportó su experiencia, Yanquetruz aconseja a Calfucurá sobre los beneficios de la paz a través de una carta. La relación entre Calfucurá y Yanquetruz tuvo épocas de alianza y otras de abierta confrontación.

Carta del cacique Yanquetruz al cacique Calfucurá

Señor Don Juan Calfucurá

Valcheta, y 3 de agosto de 1857

Mi querido amigo, tengo el gran gusto y el gran merecimiento que he recibido en meses pasados su muy apreciable nota donde tengo mucho gusto del haber sabido de su salud (…)

He hecho reunir a toda mi gente que son ochocientos cuarenta hombres y ocho capitanejos, se ha hecho parlamento y lo que (aconsejan es ¿?) que usted no haga la paz como yo la he celebrado con el Señor Gobernador don Pastor Obligado (…) En Buenos Aires se relevó de su mandato al Obligado. Ha dentrado don Valentín Alsina (…) y he celebrado la misma paz y con más alegría. 

Y Usted, señor Calfucurá, por qué no hace las paces, no sea cosa que esa soberbia dios algún día se la castigue, y cuando Usted acuerde ya no haga lugar al suplicante.

Señor Calfucurá, ya tengo a los cristianos como propios hermanos. No tengo que pensar en nada y estoy ganando buenos sueldos y buenas raciones (…) y así le encargo que mejor haga la paz y no trate de mala intención y no se (guíe) de cuentos ningunos que le calienten la cabeza (…)

No se ofrece otra cosa. Soy de Usted Señor Calfucurá.

José María B. Yanquetruz

Secretario: José del Carmen Marques Bravo

La carta se encuentra guardada en el Archivo General de la Nación. Se puede consultar su versión completa, digitalizada y transcripta, en el sitio Pueblos originarios, biografías.

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