Pueblos de frontera
Testimonios de pobladores de un pueblo de frontera acerca de sus relaciones con los indígenas.
Creado: 13 noviembre, 2025 | Actualizado: 4 de marzo, 2026
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Memorias de Dorothea en Tandil: temor y curiosidad en un pueblo de frontera (1859-1875)
La historia de Tandil comenzó en 1823 cuando Martín Rodríguez fundó el Fuerte Independencia en una de sus campañas de expansión.
En noviembre de 1855, más de 30 años después, las fuerzas del cacique José María Bulnes Yanquetruz invadieron Tandil y rodearon el pueblo durante varios días. Una parte de la población, con sus animales, alcanzó a refugiarse en el fuerte. Mientras Yanquetruz y su comitiva entraron a parlamentar con las autoridades, sus lanceros atacaron las estancias, destruyeron las viviendas y arriaron el ganado. Después de este ataque, muchos habitantes de Tandil y sus alrededores se retiraron hacia el norte, a tierras más seguras. Algunos regresaron meses después, otros demoraron años en volver.
La historiadora María Bjerg sostiene que la memoria del malón de 1855 permaneció mucho tiempo. Nadie confiaba en que los “salvajes” no regresarían: las conversaciones entre vecinas y vecinos recordaban frecuentemente el malón y alertaban sobre posibles nuevos ataques, aun cuando se estuvieran transitando tiempos pacíficos.
En sus investigaciones sobre la vida cotidiana en el Tandil de la segunda mitad del siglo XIX, María Bjerg consultó diferentes fuentes de información. Entre ellas, analizó el diario personal de Dorothea, una inmigrante danesa que llegó a este pueblo en 1859 y vivió en él durante 16 años con su esposo y la familia que formaron.
El diario de Dorothea le permitió a la investigadora conocer muchas de las costumbres de los pobladores de Tandil y pudo profundizar en las relaciones que los criollos (los “cristianos”) establecían con los indígenas (los “salvajes”) en ese lugar de la frontera.
Este es un retrato de Dorothea y así la presenta Bjerg en su libro El mundo de Dorothea. La vida en un pueblo de la frontera de Buenos Aires en el siglo XIX, publicado en 2004 por ediciones Imago Mundi.
En 1859, cuando acababa de cumplir 20 años, Dorothea Fugl decidió romper con las tradiciones campesinas que la ataban a la isla danesa de Lolland para casarse con un hombre casi treinta años mayor que ella y seguirlo hasta Tandil, un pueblo de frontera en el que aún resonaban los ecos de un malón que cuatro años antes había asolado la comarca. Entre el día de su casamiento y su regreso definitivo a Dinamarca en 1875, Dorothea escribió un diario personal.

Temores, curiosidad y desconfianzas
Cuando las mujeres del pueblo visitaban la casa de Dorothea, los temas de conversación frecuente eran la inestabilidad en la frontera, los rumores de amenazas de invasiones indígenas y las precauciones que había que tomar en caso de un ataque. Dorothea cuenta en su diario que una tarde de principios de septiembre de 1861 la visitaron la esposa del comandante de frontera y la de uno de los alcaldes. Las mujeres le comentaron que en el pueblo todas y todos hablaban de la inminencia de una invasión de indios “chilenos” (es decir, provenientes del oeste de los Andes) (Bjerg, 2004).
La posibilidad de un malón, los rumores y las noticias, las alertas militares, los preparativos en el fuerte y de los vecinos para la defensa aparecen con frecuencia en el diario de Dorothea. Muchas veces están narrados como algo “inminente”. Por ejemplo, en octubre de 1860 escribe:
¡Ahora vienen los indios! (…) La otra noche tocaron alarma con los tambores para ejercitar a los soldados a tomar las armas con rapidez y todos los gauchos capaces de contribuir en una emergencia pasaban a caballo a gran carrera por las calles del pueblo para ayudar a defenderlo (…). (Bjerg, 2004, p. 103)
Luego relata:
Nos dicen que no hay nada que temer (…) la verdad es que me gustaría ver a esos salvajes. (p. 103)
Los rumores y las noticias llegaban desde tierra adentro en boca de algún viajero, comerciante o soldado que en su camino había observado grupos de indígenas en movimiento. También podían conocerse en Tandil a partir de alguna carta de autoridades militares o pobladores enviada con un chasqui desde otros asentamientos blancos ubicados más al sur, como Tres Arroyos. Esas inferencias se transformaban en casi certezas, se magnificaban en el boca a boca del pueblo unido a los recuerdos y al temor y activaban los ejercicios y simulacros para la defensa del fuerte. En algunos casos lo que habían observado no era más que un grupo de varones indígenas corriendo por las pampas para bolear ñandúes, obtener sus plumas y encontrar sus huevos.
María Bjerg ofrece otros testimonios de los temores y las desconfianzas hacia los indígenas de los pobladores de Tandil, por ejemplo, de autoridades y comerciantes.
En tiempos de paz, los indígenas se acercaban al pueblo a comerciar. En 1865 el comandante de frontera de Tres Arroyos envió una nota al juez de paz del pueblo, Carlos Díaz, para pedirle que recibiese al cacique Guanchiquer que se dirigía a Tandil acompañado de Calfucurá: “pasa hasta ese pueblo a vender sus tejidos, sal y demás con veinte y tantos indios. Mando oficial en esta compañía para que en su ida y regreso no haya desorden” (p. 109).
La investigadora menciona que pudo haber sido esa la visita que narra en sus memorias Manuel Suárez Martínez, un inmigrante gallego que trabajaba en ese entonces en un almacén de ramos generales del pueblo. Este comerciante cuenta que llegó al pueblo una comisión de “tierra adentro” integrada por…
(…) el gran Calfucurá, rey del desierto, algunos caciques, entre ellos un chileno joven impetuoso que por primera vez trasponía la frontera (…) Después de la acostumbrada presentación a las autoridades con ceremoniosas manifestaciones de paz y fidelidad, acudieron con sus productos a las casas de comercios para venderlos o trocarlos por víveres, tabaco, cuchillos, etcétera y así aprovisionar sus alforjas. Al llegar la comisión a nuestra casa, después de entrar el arrogante Calfucurá con su corte de caciques menores, lo hizo también el mocetón chileno que observaba la variedad de artículos expuestos. (Bjerg, 2004, p. 110)
Suárez Martínez desconfió de las visitas indígenas pese a ser un casi recién llegado a Tandil y muchos años después del último malón. Dice el comerciante:
Los indios llegaban al pueblo para cambiar matras y ponchos pampas de vivos colores y dibujos típicos (…), prendas de plata (…) “quillangos” o plumas de avestruz, al par que se informaban de las condiciones de seguridad de la frontera, de la situación política del país, de la distribución de las haciendas, recorriendo nuevamente las sendas y adquiriendo la seguridad de orientación en las travesías hacia el desierto para lanzar sus terribles malones que burlaban la guarnición de frontera y caían como un rayo sobre las zonas más pobladas de haciendas por los caminos estudiados de antemano. (p. 110)
Hospitalidad
“La verdad es que me gustaría ver a esos salvajes…”, había escrito Dorothea en su diario en 1860. La oportunidad se presentó cuando ella y su familia estaban por iniciar su regreso a Dinamarca.
Cuenta María Bjerg que Juan Fugl, el esposo de Dorothea:
(...) solía viajar a Azul a hacer trámites en el banco y a vender harina en los almacenes del pueblo donde también comerciaban los indios. Hacía tiempo que, sabiendo de las inquietudes de Dorothea, uno de los almaceneros a los que frecuentaba le había ofrecido guiarlos hasta la toldería de “su amigo, el cacique Calefukién”.
En compañía de sus tres hijos y de otra familia de inmigrantes daneses, los Fugl viajaron a Azul y se alojaron en un hotel frente a la plaza. Al despuntar el alba, guiados por un dependiente del almacenero de Azul, emprendieron su marcha hacia “tierra adentro”. Llevaban yerba, azúcar y tabaco para obsequiar a los indios. En cuanto Calefukién (…) supo que venían en son de paz los recibió en su casa, una construcción de ladrillos que le había obsequiado el coronel Benito Machado –jefe de la frontera Costa Sur, instalado en Tres Arroyos– en prenda de la amistad que los unía.
Mientras los hombres tomaban mate, Dorothea fue guiada por un indio al toldo de las esposas del cacique. Entre las cuatro mujeres que se encontraban allí había “una cautiva como de cuarenta años que había sido raptada en su juventud que dijo no tener deseo de regresar a la civilización” y que ofició de lenguaraz para que Dorothea pudiera comunicarse con las otras. Antes de que cayera la tarde, los visitantes emprendieron el regreso.
Al día siguiente, el cacique mandó una comitiva a Azul para que despidiesen en su nombre a los Fugl. Cuando aquella mañana Juan y Dorothea entraron a la confitería del hotel encontraron a los indios “vistiendo sus mejores galas en compañía de un intérprete y de una numerosa escolta”. En sus memorias, Juan Fugl recuerda que le convidaron “con licor y masas y se mostraron muy sobrios y educados (…) Intercambiamos los saludos más amistosos, tomando el indio mi mano que apretaba sobre su corazón asegurándonos amistad y lealtad y despidiéndonos hasta una nueva vista” (Bjerg, 2004, p. 114).
María Bjerg reflexiona sobre la conjunción de fantasía y temor que estuvo presente en la vida de la familia danesa en Tandil. Afirma que para Dorothea, quien vivió en el pueblo en tiempos de paz, los indios que se mostraban tan “hospitalarios y amigables”´, podían transformarse en aquellos “salvajes” que asolaron a Tandil en 1855.
Sin embargo, los indígenas no representaban solamente una amenaza para ella. Eran también…
(…) aquellos que vio desfilar alrededor de la plaza cuando el regimiento “Sol de Mayo” regresó victorioso de los campos de Pavón; eran las comitivas que llegaban ocasionalmente a comerciar a los almacenes del pueblo; era la curandera Petrona Rojas, una india pampa que vivía en una estancia del cuartel primero cuya “medicina” curó a la pequeña hija de su amiga Marie Larsen de un mal que la ciencia del doctor Fuschini no había podido remediar. (…)
A los pocos días de llegar a Tandil, Dorothea supo que en el mundo de la frontera su tiempo estaría signado por el toque de clarín de la guardia del fuerte. (…) Cuando en 1875 los Fugl se marcharon, ese escenario había cambiado. El fuerte había sido demolido, el clarín de la guardia había dejado de sonar, la frontera militar se había alejado del partido, la invasión siempre anunciada nunca había llegado y el último malón, el de 1855, se había transformado en una memoria solo compartida por quienes lo habían vivido. (pp. 115-116)

El mundo de Dorothea. Ilustración de Juan Battilana y Hernán Vargas, Dirección Provincial de Educación Primaria, 2025. Fuente: Archivo DGCyE.