La derrota de las comunidades indígenas
¿Cuándo se produjo el final de las sociedades de frontera en el actual territorio de la provincia de Buenos Aires? ¿Cómo se explica la derrota de las comunidades indígenas?
Creado: 13 noviembre, 2025 | Actualizado: 4 de marzo, 2026
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¿Cómo termina esta historia? ¿Cuándo dejó de existir en el actual territorio bonaerense un espacio de frontera con su gente y sus formas de vida?
Las cosas empezaron a cambiar a fines de la década de 1860, sobre todo a partir del año 1868, con el final de la Guerra del Paraguay. Desde ese momento, el Estado nacional, recientemente unificado, concentró su atención y dispuso de todo su ejército –que era cada vez más importante– para resolver la cuestión fronteriza.
El presidente Nicolás Avellaneda y su ministro de guerra, Adolfo Alsina, decidieron recortar la entrega de raciones y las negociaciones de paz y realizar un avance definitivo sobre los territorios ocupados por comunidades indígenas libres.
Muchas razones explican por qué estos cambios se produjeron a partir de ese momento.
La élite de la sociedad criolla estaba interesada en controlar cada vez más tierras para expandir la ganadería ovina y producir mayor cantidad de lana que se vendía a muy buenos precios en Europa.
En el gobierno nacional, los conflictos entre distintos partidos políticos disminuyeron y progresivamente se fue consolidando un orden interno.
Para emprender una nueva campaña y apropiarse de territorios indígenas, el gobierno contaba con grandes novedades tecnológicas: el ferrocarril y el telégrafo, además de armamento moderno. En palabras del historiador Leonardo Canciani (2025) la nueva situación “tiene que ver con un Estado argentino que se va consolidando cada vez más. Cambia la logística, cambia la comunicación, cambia la infraestructura, aparece el telégrafo –que reemplaza a los antiguos chasques a caballo– y aparece el ferrocarril”.
Además, a medida que pasaba el tiempo, los gobiernos nacionales contaban con mayor conocimiento del territorio y con mapas.
Por su parte, las comunidades indígenas libres estaban sumamente debilitadas y empobrecidas. Habían sido expulsadas de sus antiguas posesiones, bien provistas de agua y pastos, sobre todo en Carhué y cerca de las Salinas grandes. La antropóloga Ingrid de Jong (2025) explica que “en general, las parcialidades indígenas necesitaban y querían perpetuar las relaciones diplomáticas, pacíficas y mercantiles porque no estaban en condiciones de defender sus tierras y sus personas frente a un ejército nacional preparado y con armas de otro calibre que las que ellos podían tener”. O sea que necesitaban del intercambio con la sociedad criolla y no se proponían dominarla y destruirla. Otro factor que debilitó a las comunidades fueron las epidemias de fiebre amarilla, de cólera y de viruela de la década de 1870, que tuvieron un impacto muy fuerte porque las comunidades indígenas estaban empobrecidas.
La “Conquista del Desierto”, llamada así por gobiernos de la época, fue preparada por algunas acciones previas. Las acciones de Alsina entre 1876 y 1877 fueron decisivas.
Se produjo un avance muy importante –sostiene Canciani– que fue la instalación de 40 nuevos fortines. Se ganaron una gran cantidad de kilómetros de tierra para el Estado bonaerense porque este llevó la frontera hasta Trenque Lauquen, Guaminí, Puán, Carhué y la vinculó con Bahía Blanca. Es decir, se expandió mucho el territorio de la provincia de Buenos Aires y lo que hizo Alsina fue planificar la construcción de una zanja (que se construyó en parte) cuyo objetivo no era que los indígenas no pasaran esa zanja, sino que no pudiesen arrear con tanta facilidad el ganado de las estancias… Estancias, por otra parte, que se habían construido sobre territorios que hasta hacía unas décadas atrás eran territorios indígenas. (Canciani, 2025)
Así el Ejército Argentino ocupó tierras en las que había lagunas y pasturas muy importantes y que eran lugar de paso clave para las poblaciones nativas. Durante estos años previos a la campaña de Julio A. Roca, hubo numerosas incursiones pequeñas en las que partidas del Ejército Argentino atacaban las tolderías indígenas y raptaban mujeres, mataban algunos indígenas, les robaban sus ganados. Algunas historiadoras y algunos historiadores llaman a estas incursiones “malones invertidos”. Estas acciones de desgaste hicieron posible el éxito de la campaña de 1879.
A comienzos de ese año, se organizó una gran expedición al mando de Roca. La primera etapa del trayecto no se hizo a caballo, como en las anteriores campañas, sino en el Ferrocarril del Sur, que en solo 10 horas llegó desde Buenos Aires a Azul. Dos días más tarde, la tropa expedicionaria salió a caballo de Azul hacia Carhué. Hubo también una estrategia combinada con tropas que salieron desde Mendoza y Córdoba. En su avance, las tropas nacionales combatían con los grupos nativos que se oponían y tomaban prisioneros a quienes se entregaban. En poco menos de un mes, Roca y sus tropas se instalaron en la Isla de Choele Choel en el Río Negro, para organizar desde allí la ocupación militar de la Patagonia.
¿Qué pasó con los indígenas vencidos? Hubo grandes matanzas. Muchos hombres en condiciones de realizar tareas pesadas fueron obligados a trabajar como peones de estancia, otros fueron llevados a la Isla Martin García para realizar trabajos tan pesados como picar piedra para el adoquinado de la ciudad de Buenos Aires, otros fueron trasladados muy lejos, para la cosecha de la caña de azúcar y el trabajo en los ingenios azucareros del norte argentino. La mayoría de las mujeres, niñas y niños fueron obligadas y obligados a trabajar como servicio doméstico para distintas familias en Buenos Aires y otros lugares del interior.
La campaña de Roca llevó la frontera sur de la Argentina hasta los ríos Negro y Neuquén. A lo largo de las décadas de 1880 y de 1890 continuaron los avances sobre los territorios de la Patagonia.
Un desierto lleno de gente
Los gobiernos de la época presentaron la conquista como una hazaña hecha en nombre de la civilización y contra el salvajismo. Muchos compartían las palabras que Adolfo Alsina pronunció en el Congreso Nacional cuando sostuvo la necesidad de que “los moradores del desierto” aceptaran “los beneficios que la civilización les ofrece” y de hacer “que los indios acepten por las buenas o por las malas los beneficios que la civilización les ofrece”. Por su parte, Roca hablaba de “ir directamente a buscar al indio en su guarida, para someterlo o expulsarlo”. Las ideas de los políticos tenían eco en los diarios y la imagen –que por cierto es contradictoria– de un territorio que estaba desierto y había que ocupar por la fuerza fue aceptada por buena parte de la sociedad. Las voces disidentes eran muy pocas.
Durante mucho tiempo las historiadoras y los historiadores siguieron hablando en términos parecidos, pero desde hace algunas décadas se subraya que no había un desierto, que esos territorios estaban ocupados desde hacía muchísimo tiempo por diversas sociedades indígenas y que les fueron arrebatados por la fuerza.
La reforma de la Constitución Nacional del año 1994 reconoce su derecho a mantener sus formas de vida y a la propiedad de la tierra.