La expansión de la frontera criolla: fuertes y fortines
La presencia militar, características de fuertes y fortines, y el importante rol que tuvieron las mujeres de la frontera.
Creado: 13 noviembre, 2025 | Actualizado: 4 de marzo, 2026
Autoría:
La violencia en la frontera
Hasta hace algunas décadas, la historia de las fronteras entre el Estado y las poblaciones indígenas de las Pampas y Norpatagonia “se escribía en clave de conflicto”, dice la antropóloga Ingrid de Jong (2015). La imagen de violencia constante protagonizada por los indígenas acompañó los avances del Estado sobre la frontera y, particularmente, la llamada “Conquista del Desierto”.
Los estudios muestran que es necesario revisar ambas ideas: la violencia no fue continua ni, mucho menos, unilateral. Esta imagen fue construida para justificar la violencia estatal, el avance de la frontera y, en definitiva, la apropiación de los territorios y cuerpos indígenas. Pero hay que diferenciar esa imagen de una realidad que, en los tres siglos de duración de la frontera pampeana, muestra intensas relaciones de contacto, de intercambio comercial y concertaciones diplomáticas entre indígenas y blancos.
Si bien no fue continua ni unilateral, hubo mucha violencia en la frontera vinculada con el maltrato de personas, el encarcelamiento a embajadas indígenas que iban a Buenos Aires, alguna matanza o destierro de sus integrantes, expediciones militares hacia el territorio indígena, masacres indiscriminadas sin aviso y sin motivo sobre poblaciones con las que no mediaba un conflicto previo. Los indígenas respondían a estos embates organizando malones, es decir, ataques a pueblos o estancias. También realizaban malones para presionar a los funcionarios criollos cuando cerraban el comercio fronterizo con la intención de reestablecer el intercambio.
Este conjunto de razones permiten explicar diferentes planos de la violencia en la frontera. Por otra parte, en el siglo XIX, los criollos avanzaron sostenidamente sobre la línea de frontera y realizaron ocupaciones concretas sobre territorio indígena especialmente en la década de 1820 y, luego, en las décadas de 1850, 1860 y 1870. Estos actos de ocupación eran actos de violencia criolla, eran quiebres de los tratados de paz, agravios que desde la perspectiva indígena tenían que ser respondidos en términos de una justicia que se basaba en una lógica de reciprocidad. La violencia indígena hacia los hispano-criollos se encuadra, en su mayor parte, en este principio de búsqueda de compensar el daño, de restablecer el equilibrio ante una afectación, y también de renovar el intercambio mercantil cuando este se cerraba o restringía.
Texto elaborado a partir de la entrevista a la antropóloga Ingrid de Jong, Dirección Provincial de Educación Primaria, 2025.
La presencia militar en la frontera
Los fuertes y fortines bonaerenses fueron la presencia militar del Estado (provincial o nacional) en la extensa frontera. Eran asentamientos fortificados creados por las autoridades para avanzar sobre los territorios de los pueblos indígenas o defender las tierras donde las estancias ya se habían establecido. Aunque las primeras fortificaciones se fundaron en la época colonial, luego de la independencia se multiplicaron y jugaron un papel muy importante en la expansión criolla y en la defensa de la frontera sur durante el siglo XIX.
Fuertes y fortines
Unos de los primeros establecimientos militares de las fronteras fueron los fuertes. Su misión era vigilar y defender aunque, de acuerdo con la relación que sus autoridades establecían con los indígenas, muchas veces se convertían en lugar de contacto más que de separación. Para su localización se elegía un lugar cercano a arroyos o jagüeles –pozos de agua para el ganado– y a la provisión de leña. Se instalaban en las lomadas más altas de la región –si las hubiera– para poder ver más lejos en la llanura. Los fuertes eran estructuras grandes que albergaban regimientos, pero los fortines en general eran más pequeños y servían como puestos de avanzada, más aún a partir de la década de 1860. Sin embargo, a veces, las denominaciones “fuertes” y “fortines” se utilizaron indistintamente dependiendo de la época, del uso y de quienes fueron habitándolos y nombrándolos.

Fuerte San Serapio Mártir. Raúl Roux, s/f. Dibujo. Fuente: Hemeroteca de J. M. Oyhanarte. El fuerte fundado en 1832 en la ribera del arroyo dio origen a la actual ciudad de Azul.
En los últimos párrafos del acta de fundación de la Fortaleza Protectora Argentina en 1828, que dio origen la ciudad de Bahía Blanca, Ramón Estomba –el jefe de la expedición– y varias personas que lo acompañaron expresan que la ubicación del fuerte:
(…) es la mejor que puede presentar la campaña en esta parte de la costa por la inmediación de su buen puerto, y la reunión de un río, de excelente agua; y la mejor tierra vegetal, pastos abundantes; combustible para muchos siglos; por cuya reunión de circunstancias está llamado a ser algún día uno de los establecimientos de más interés para la Provincia (…).

Acta considerada fundacional de Bahía Blanca firmada por Estomba y varios integrantes de la expedición, 1928. Fuente: Archivo General de la Nación.
Aunque no todos los fuertes eran iguales, se trataba de edificaciones en forma de fortaleza. Por lo tanto, la construcción defensiva fundamental eran sus muros, que podían ser de piedras o tosca, aunque frecuentemente eran una empalizada (hilera de palos clavados en el suelo) por la poca disponibilidad de otros materiales. Estos muros se levantaban sobre un montículo de tierra o simplemente al ras del suelo. Estaban rodeados de un foso, es decir, una excavación profunda que se cruzaba por un puente levadizo que conducía a una puerta reforzada. Así se dificultaba el acceso a los posibles atacantes.
Dentro del fuerte estaba la comandancia y los edificios de la tropa, ranchos construidos con los pocos materiales disponibles en el ambiente pampeano: adobe, juncos, paja y caña tacuara. Solían tener pequeños corrales y un alto mangrullo de madera al que los soldados de guardia subían para poder vigilar.
A medida que pasaron los años, fue creciendo el asentamiento poblacional alrededor de los fuertes. Así algunos se convirtieron en pueblos. En la actualidad solo quedan en pie restos de muros o de algunos elementos que eran parte de las construcciones o se usaban en ellas.

Fuerte fundacional de Bahía Blanca. Roncoroni, J. C., 1954. Dibujo en tinta.
Fuente: Arte de la Argentina.
Descripción de imagen
Esta ilustración es una reconstrucción realizada a partir de los planos entregados por Juan Manuel de Rosas a Ramón Estomba, el fundador del fuerte en 1828. Se aprecia su gran tamaño porque se ve que hay varias construcciones dentro y espacios entre ellas. La forma estrellada, los muros y fosos de esta fortaleza también se pueden ver en otras. Por eso se sabe que existían indicaciones oficiales que planificaban su construcción. Fuera de los muros, había un espacio para las carretas y un corralón. El autor de la ilustración incluye las primeras casas construidas alrededor. El trazado de calles señala ya el origen del pueblo que luego va seguir expandiéndose. Es posible que Roncoroni lo haya imaginado unas décadas después de su fundación. La fortaleza estaba ubicada en la Plaza Rivadavia, en el centro de la actual ciudad.
Un grupo de investigación y estudiantes de computación de la Universidad Nacional del Sur crearon un recorrido virtual por el centro de la ciudad de Bahía Blanca. El mismo se puede realizar descargando e instalando en la computadora o el teléfono celular el programa (enlace: https://cs.uns.edu.ar/~mll/fortalezaprotectora/files/setup.zip). Se trata de una realización en tres dimensiones (3D) creada a partir de la investigación en planos, dibujos y relatos que documentan la estructura y el entorno del fuerte ya que en la actualidad lo único que queda en pie es su aljibe.

Imagen capturada del recorrido virtual del programa Fortaleza 3D, realizado por la Universidad Nacional del Sur.
Los fuertes Laguna, de San Miguel del Monte, y San Juan Bautista, de Chascomús, ambos fundados en 1779, son ejemplos de otra forma de edificación.
En esta maqueta se reconstruye el fuerte rodeado por una empalizada alta. Por fuera tiene un montículo levantado con la tierra que se sacó del foso. La única puerta para ingresar es levadiza. Dentro se distinguen la comandancia, las viviendas y la iglesia: son ranchos de adobe y paja. El mangrullo y el corral circular son de palos.

Maqueta del Fuerte Laguna de San Miguel del Monte, de 1779. Realizada por el Instituto Superior de Formación Docente y Técnica 66. Fuente: Página oficial del Instituto.

Mangrullo y vigía, reconstrucción del Fuerte San Juan Bautista, Chascomús. Fuente: Archivo DGCyE.
Descripción de imagen
El mangrullo o “atalaya” es uno de los elementos más representativos de estas construcciones. Se trata de una torre de troncos de unos diez metros de altura. Por una escalera de madera atada con tientos de cuero se accedía a una plataforma de tablas. Tal estructura y altura permitían a los guardias estar parados, protegidos por un techo. Desde allí podían divisar la polvareda que levantaban los caballos al desplazarse y luego a las personas. En el caso de ser desconocidos o posibles atacantes, quienes vigilaban avisaban a su jefe y compañeros para que se preparen. También era posible que el guardia disparara un tiro de arma de fuego o arrojara una lanza desde allí.
En la ciudad de Chascomús se puede visitar la reconstrucción del fuerte. Está realizada con palos, adobe y paja, materiales similares a los originales. Aunque se ven árboles en la actualidad, el ambiente de ese tiempo no los tenía. Están recreadas la capilla, la comandancia, las barracas, la pulpería y el aljibe. El fuerte estaba ubicado en la actual Plaza Independencia. El lugar era cercano a la laguna, ya que el acceso al agua resultaba fundamental para asentarse. Además, la laguna era una importante fuente de alimentos y de recursos, entre ellos, la paja y el adobe. Recibía aportes de agua de varios arroyos y se conectaba con otras lagunas de la zona. En tiempos de la construcción del fuerte, ordenada por el Virrey Vértiz en 1779, la frontera con los indígenas estaba al norte del Río Salado. Chascomús era entonces una localidad de frontera.
Casi un siglo después, la frontera se había desplazado considerablemente hacia el suroeste. La fundación del Fortín Pavón da cuenta de ese avance sobre el territorio indígena. Fue construido en 1862, en la actual localidad de Saldungaray, sobre el río Sauce Grande, cerca de la posta “El Sauce”. Esa posta había sido una fundación indicada por el gobernador Juan Manuel de Rosas décadas antes, en los tiempos de paz con los indígenas; por eso quienes investigan sobre esto lo llaman “la frontera negociada”. Funcionaba como un lugar intermedio entre el Fuerte Independencia, en Tandil, y la Fortaleza Protectora Argentina, en la actual Bahía Blanca. Su creación fue autorizada por Bartolomé Mitre “para proteger a los hacendados que se habían instalado sobre los márgenes del río Sauce Grande”, según indica la cartelería que señala este lugar histórico.
En la siguiente fotografía de la reconstrucción del Fortín Pavón se observa en primer plano el foso, de unos dos metros de ancho y la empalizada, ambas construcciones defensivas para obstaculizar el ingreso de los enemigos. Tras la empalizada, el mangrullo y las edificaciones internas de adobe y paja.

Reconstrucción del Fortín Pavón, Saldungaray. Fuente: Presidencia de la Nación, argentina.gob.ar.
Fuerte El Carmen, de Carmen de Patagones
El Fuerte El Carmen, de Carmen de Patagones, fue fundado por indicación del Virrey Vértiz como puerto y comandancia en la desembocadura del Río Negro en el mar. El objetivo español era tener presencia en el Atlántico Sur y en la Patagonia, en tiempos en los que merodeaban barcos ingleses, franceses y piratas por el mar, y las tierras estaban controladas por los indígenas. Aunque se fundaron otros fuertes más al sur, este fue el único que perduró. Quienes investigan afirman que fue así porque, desde su inicio, los españoles y criollos pudieron establecer acuerdos para pagar o compensar a los pueblos originarios. En 1822 el Teniente Coronel Ambrosio Cramer visitó Carmen de Patagones e informó:
El fuerte está edificado encima de una loma, que tiene bajada hacia el río, con barrancas en ciertas partes. El piso es de una arena suelta, que el viento amontona en todas direcciones. Los primeros pobladores vivieron en cuevas, cavadas en la barranca; pero poco a poco fueron edificando casas, generalmente dispuestas sin orden: todas son chicas y con poca comodidad, pero sanas; las paredes son de adobe, y los techos de teja (…)
El fuerte es un [cuadrado] imperfecto con tres pequeños bastiones solamente porque un lado está sin acabar. Toda su defensa consiste en una pared de tres y media varas de alto, sobre cerca de vara y media de ancho*, construida de adobes y en algunas partes de tosca: toda esa fortificación está en general en mal estado. La población dicha del [Sur] se compone de una decena de casas al otro lado del río.
* Tres y media varas de alto = 3 metros aproximadamente; vara y media de ancho: 1,25 metros aproximadamente.
Informe del Tte. Coronel Ambrosio Cramer en 1822. Tomado de Sabesinsky, L. (s/f). Población y fuerte de la población del Carmen en la década de 1820.

Carmen de Patagones. D’Orbigny, A., 1820. Litografía. Tomada de del Carril, B. (1964) Monumenta Iconographica, Buenos Aires, Emecé. Fuente: Wikimedia Commons.
La vida aislada allí era muy difícil. Para la época de la visita del Coronel Cramer habían pasado cuarenta años de la fundación de Carmen de Patagones pero la población no había crecido porque las promesas del gobierno sobre la entrega de útiles de labranza, ganado y semillas no se habían cumplido. Tampoco las casas ni las tierras habían sido dadas en propiedad a sus ocupantes. Muchas y muchos huían, y, en las épocas de buenas relaciones con la población indígena, lo hacían a las tolderías. No solo estaban los soldados, los colonos y sus familias en el fuerte. También se enviaban presidiarios que, algunas veces, se sublevaban o fugaban.
Con el tiempo, las pobladoras y los pobladores lograron organizar chacras y partidas de pesca, mientras continuaban con el pastoreo de ganado (comprado a los indígenas) y con la extracción de sal que enviaban en barcos a los saladeros de Buenos Aires.
Este fuerte fue estratégico para la instalación de Luis Vernet en las Islas Malvinas en la segunda mitad de la década de 1820. Allí Vernet se abasteció de alimentos, ropa, calzado, herramientas, vajilla, medicina, monturas, caballos y ovejas para llevar al nuevo pueblo en la Isla Soledad. También allí embarcaron gauchos, afrodescendientes e indígenas que formaron parte de la misión encomendada por el gobierno criollo en las Malvinas. En 1827, quienes habitaban Carmen de Patagones repelieron un intento de invasión de una flota brasileña en el contexto de la guerra con ese país. Las crónicas revelan que vecinos, mujeres, niños, ancianos, gauchos y esclavos libertos, junto a los soldados, defendieron el fuerte.
La torre del fuerte que se observa en la siguiente ilustración existe en la actualidad. Su ubicación estratégica permitía ver quién se acercaba tanto desde el continente como desde el mar. En caso de ser necesario, las y los habitantes que se ubicaban fuera de las murallas entraban al fuerte y se refugiaban tras ellas.

Patagones y aucas. Carmen de Patagones. D'Orbigny, A. y Lassalle, F., 1829. Extraída de la publicación del Carril, B. (1964). Monumenta Iconographica. Emecé. Fuente: Wikimedia Commons.
Descripción de imagen
El viajero francés Alcides D´Orbigny visitó el fuerte en el año 1829 en una expedición científica. En su representación se ve la construcción muy de cerca, se aprecian sus murallas, los techos de tejas, la puerta lateral, la torre. Hay varios grupos de indígenas afuera y algunos fortineros arriba del muro. D´Orbigny titula su obra Patagones y aucas, a quienes se ve en primer plano, vistiendo sus atuendos y portando sus largas lanzas. “Aucas” es el nombre que los españoles daban a los indígenas que los “cristianos” no habían logrado someter, en este caso los araucanos o mapuche. Los gestos permiten imaginar que están conversando tranquilamente con uno de los fortineros o viajeros. Hay otro grupo indígena detrás, cerca de la muralla. También en ese caso se ven “indios” parados y algunos sentados junto a un soldado. Posiblemente, con esta imagen D´Orbigny quiso dar cuenta de una buena relación entre pobladores de la frontera, lo cual permitió la fundación y permanencia del fuerte representado en la obra.
El Fuerte Independencia
El Fuerte Independencia fue construido durante la segunda campaña a la frontera del gobernador de Buenos Aires Martín Rodríguez, en 1823. La travesía que lo llevó hasta allí con su expedición salió desde Buenos Aires en el verano de ese año, época bastante seca como para que los caballos, las carretas y la artillería no encallaran en los bañados y pudieran avanzar esquivándolos, ya que una de las misiones era marcar por primera vez un camino de un territorio poco conocido. Llegaron a la región recién en abril, y Rodríguez definió la ubicación del fuerte en uno de los valles más altos de las sierras del suroeste de la provincia, en las cercanías del arroyo Tandileofú. En la actualidad ese lugar es el centro de la ciudad de Tandil.

Este es un dibujo realizado por el artista tandilense Raúl Chiurazzi para el libro Tandil en la historia de Osvaldo Fontana (1949). Como no se encontraron sus planos, la representación se sostuvo en la descripción de algunos documentos de la época. Fuente: Merlo, J. F. (2021). La ubicación del Fuerte Independencia a través de las investigaciones arqueológicas. En Anuario de Arqueología, Rosario, 13:115-128.
Las investigaciones arqueológicas y de historia muestran que el fuerte tenía un tamaño importante ya que podía reunir 400 o 500 soldados. La fortaleza estaba construida en piedra obtenida de las sierras. Su forma era una estrella de cuatro puntas. Disponía de una entrada ancha y –probablemente– de un puente levadizo, cuatro baluartes –esquinas en las que se disponían los cañones– y un almacén de pólvora. La rodeaba un foso de 4 metros de ancho por 2 metros de profundidad. En su interior estaba la comandancia militar, las barracas para los soldados y los lugares para los caballos. Posiblemente tuviera una capilla en donde se celebraban las misas y un hospital militar para atender las heridas y enfermedades de quienes allí vivían.
El Fuerte Independencia fue una avanzada importante en las pampas bonaerenses porque permitió consolidar la ocupación que los estancieros venían realizando por acuerdos personales con los indígenas en la zona costera, desde el Río Salado hasta la laguna de Mar Chiquita. Otras construcciones de dimensiones similares, que alojaban cientos de soldados, se realizaron entre 1820 y 1860 en Junín, Azul, 25 de Mayo y 9 de Julio con el mismo fin de resguardar los avances de la ganadería vacuna en la llanura.

Plano de la ciudad de Tandil realizado por Taylor en 1858 con la ubicación del fuerte. Fuente: Merlo, J. F. (2021). La ubicación del Fuerte Independencia a través de las investigaciones arqueológicas. En Anuario de Arqueología, Rosario, 13:115-128.
Descripción de imagen
Este croquis fue realizado 1858, a treinta y cinco años de la fundación del fuerte y tres años después del ataque de un malón liderado por el cacique Yanquetruz. El trazado de las manzanas y las calles con nombre permiten asegurar que el pueblo de Tandil tenía ya una cantidad importante de habitantes. El fuerte se fue dejando de utilizar, las instalaciones se deterioraron y para 1865 se construyó una iglesia en ese lugar. En la actualidad, las investigadoras y los investigadores han realizado varias excavaciones en el predio y en los patios de las casas vecinas. Encontraron fragmentos de utensilios, de construcciones y de armas de la época.
Los fortines de Adolfo Alsina
Los fortines creados en las avanzadas militares de los últimos tiempos de la frontera eran, generalmente, pequeñas construcciones de vigilancia, muchas veces formadas solo por un montículo de tierra, un mangrullo y un rancho con lugar para cuatro o cinco milicianos y un cabo o un sargento. Estaban equipados con un cañón que no servía para derribar la entrada de los indígenas pero sí para disparar y hacer el ruido que alertara a los fortines cercanos sobre un inminente peligro. Los construidos por el Ministro de Guerra Adolfo Alsina en la década de 1870 se ubicaban a una distancia de 5 kilómetros unos de otros formando una larga línea que permitía transmitir el aviso de peligro a las dos comandancias ubicadas en los extremos de esa línea.

Plano General de la Nueva Línea de Fronteras sobre la Pampa. Marzo de 1877. Archivo General de la Nación. Argentina. Mapoteca. II – 130. América – Argentina.
Descripción de imagen
Esta imagen muestra un fragmento de uno de los planos presentados por Alsina en su proyecto del año 1876. Es la zona de las sierras y lagunas, en el suroeste de la actual provincia de Buenos Aires. Están señalados los fortines y fuertes y las dos Comandancias planificadas: Belgrano, a orillas del arroyo Pigüé, cerca de la laguna de Epecuén, y Puan. Entre ellas se identifica la línea de fortines, muy cercanos entre sí, con nombres diferenciados.
Estanislao Zeballos –uno de los ideólogos de la llamada “Campaña del Desierto”– describe de este modo un fortín que visitó en su recorrida por las pampas durante dicha campaña:
Consiste en un túmulo circular de adobe de césped, con un diámetro de 10 m. en la base por 8 m. de diámetro en la parte superior, rodeado de un foso de 2 m. de diámetro por 2 m. de hondura, interrumpido por un andén de 0.50 m que da acceso a la escalera del túmulo, por la cual apenas puede subir un hombre. En la corona de aquel había una carpa, única habitación para la guardia de cinco soldados, y al pie del baluarte un pequeño corral para las bestias de servicio y abasto.
Tomado de Zeballos, E. (1882). Descripción amena de la República Argentina, Tomo I., p. 26.

Fotografía de un fortín que formaba parte de la línea ordenada por Adolfo Alsina en 1876. Algunas de esas instalaciones fueron captadas por las cámaras del fotógrafo que acompañó la “Campaña del Desierto”. En este caso, la vivienda es de adobe y paja y la tropa un poco más numerosa de lo que describe Zeballos. Se puede observar el mástil en el que se izaba la bandera argentina.

Fortín General Sucre. Fuente de imágenes: Museo Regional Dr. Adolfo Alsina.

Plano de construcción de un fortín, 1877. Fuente: Archivo General de la Nación.
Descripción de imagen
El plano permite observar desde arriba la forma circular de los fortines planificados por Alsina. En el centro de dibujo se encuentra la leyenda “plataforma de fortín” que indica el lugar del montículo sobre el cual debía construirse el rancho o levantar la carpa. La superficie estaba elevada 2 o 3 metros sobre la llanura por medio de ladrillos de césped apilados. Un foso defensivo de 2 a 2,5 metros de profundidad rodeaba la plataforma. El corral para los caballos (también indicado por una leyenda) rodeaba la zanja y se cavaba, a su alrededor, un segundo foso.

Imagen satelital de los restos de un fortín que permite apreciar la forma de estas construcciones defensivas proyectadas por Alsina. Fuente: Fotograma del documental La muralla criolla (2017) de Sebastián Diaz.
Descripción de imagen
La precaria construcción de los fortines no favoreció su conservación. A partir del plano anterior, algunos vecinos inquietos del oeste de la provincia de Buenos Aires –donde Alsina concretó el proyecto de la cadena de fortines y comandancias enhebradas por una zanja– lograron localizar montículos y marcas de las antiguas construcciones en el terreno actual. Existen coincidencias notables entre las imágenes satelitales que localizaron los restos de estos fortines y el plano que los proyectó.
La vida en los fuertes y fortines
En los fuertes y fortines, según la época y la localización, se podían encontrar soldados de la Guardia Nacional o del Ejército de línea. También había soldados temporales, milicianos, vecinos y hasta indios amigos lanceros. Estos eran los “guardianes” de la frontera. Algunos tenían esposa viviendo con ellos e hijos que se criaban allí. A las mujeres se las conocía como “fortineras”. Se pensaba que si el varón formaba su familia podía afrontar mejor la soledad de ese espacio alejado.
Las personas solas o con familia vivían en los ranchos y contaban con muy pocos bienes y comodidades. El rancho solía tener dos ambientes de paredes de palos revocados con barro y un techo de paja a dos aguas. La cama la formaban cuatro estacas y un cuero de vaca amarrado a los extremos y, a veces, había catres que servían para dormir afuera, a la intemperie, en las noches de calor o cuando las pulgas o chinches infectaban la casa. En la cocina podían tener una pequeña mesa y sillas baratas. Los cubiertos –como las cucharas– se compartían y era frecuente que un cuerno sirviera de vaso. El agua se calentaba en jarritos y siempre existía alguna cacerola para cocinar. El elemento más común era el cuchillo, la carne de los animales cazados se comía ensartada en él o con la mano.
Las galletas, junto a porciones de legumbres y de arroz, constituían el racionamiento que la tropa recibía como alimento. Los animales cazados y carneados eran parte importante de la dieta: no solo vacas sino también ñandúes y mulitas que se limpiaban y asaban. Los asentamientos militares tenían espacio para una chacra que se sembraba, regaba y cosechaba.
Los militares no estaban siempre bien abastecidos de armas, municiones y uniformes, de modo que solían combinar ropa propia con alguna prenda de la vestimenta oficial. Entre las tareas de vigilar la frontera estaban las llamadas “batidas” y las “descubiertas” que se realizaban en pequeños grupos o cuadrillas en las inmediaciones del fuerte o fortín. Dice Carlos Mayo (1999):
En las salidas que se ejecutan se marcha sin tiendas de campaña, se duerme con el caballo ensillado y aun cuando llueve, con la piel de carnero que se pone en asiento de lomillo, que es la única cama que se acostumbra y permite llevar y es necesario tapar con piel las armas acostándose con el uniforme... en la tierra o barro, sin quitárselo un mes o dos del cuerpo.
Tomado de Mayo, C. (1999). La frontera; cotidianidad, vida privada e identidad. En Historia de la vida privada en la Argentina. País antiguo. De la colonia a 1873. Tomo 1, p. 72.
En la vida monótona de vigilancia, para pasar el tiempo se jugaba a los naipes, a la taba, al palo enjabonado, a las carreras de caballo y al carnaval. Se armaban bailes de gatos y cuecas en ocasiones especiales. Algunos fuertes tenían capilla, donde se tocaba la señal de oración y la tropa se arrodillaba en silencio a rezar.

Soldados de Rosas jugando a los naipes. Juan L. Camaña, 1852. Fuente: Museo Histórico Nacional.
La vida cotidiana transcurría, en gran medida, al aire libre. En esta escena, bajo la enramada de un rancho, en un fuerte o en una pulpería, hay solo una mesa y unos bancos. El grupo de paisanos y soldados federales (de boina y camisa de lana roja y chiripá blanco) comparte una partida de naipes. La mujer acerca un mate al grupo.
Las mujeres de la frontera
En la frontera había hombres, pero también mujeres y niños. Se movían, durante meses, junto a la expedición militar en el difícil traslado a caballo, carreta o a pie en las caravanas. Cargaban y acarreaban lo necesario para alimentar a la tropa. Hacían de enfermeras, lavanderas, cocineras, acompañando a sus maridos o hijos. Pese a que algunos comandantes rechazaban la presencia de las mujeres porque decían que atentaba contra la disciplina o la moral del ejército, otros sostenían que era fundamental que el soldado esté acompañado de su familia para que no desertara. Así, al calor de la expansión territorial, la sociedad criolla también se va corriendo.
Además había soldadesas que cumplían su comisión militar como cualquier hombre. Por ejemplo, la negra llamada “Mamá Carmen” fue nombrada Sargento Primero del Regimiento Segundo de Caballería. Las crónicas dicen que defendió con dos piezas de artillería liviana el Fuerte General Paz de la comandancia de la Frontera Oeste (en la actual Carlos Casares). Durante 1874, en una oportunidad en que el Fortín quedó desamparado porque los varones debieron partir, hizo disfrazar a las fortineras de soldados y confundió a los grupos de indígenas de los caciques Manuel Grande y Coliqueo. Otro suceso similar ocurrió en Guaminí, cuando las soldadesas ocultaron sus trenzas en el kepis, cambiaron sus faldas por bombachas y una chaquetilla azul. Así protegieron la caballada del robo de un malón.
Domiciana, la última fortinera
El Museo Regional Dr. Adolfo Alsina, en Carhué, preserva la historia de Domiciana, “la última fortinera”.
Domiciana Correa nació en el fuerte de Bahía Blanca, Fortaleza Argentina Protectora, en 1851. En 1876 llegó a Carhué Maldonado junto a su esposo, el Sargento Antonio Contreras, como parte de las tropas del Teniente Coronel. Fue en los tiempos de la construcción de la Zanja de Alsina y de las incursiones militares que buscaban desplazar a los indígenas hacia el oeste, antes de la campaña del General Roca. Para entonces, la frontera era un lugar de fuertes tensiones, de escaramuzas entre indígenas y criollos.
En 1890, Domiciana y Antonio se establecieron definitivamente en Carhué. Levantaron su rancho junto al paredón del Fuerte General Belgrano y construyeron una familia numerosa: Domiciana tuvo diecinueve hijos y crió a diez niños más. Fue curandera y partera durante décadas. Los relatos cuentan que cuando los soldados “caían con fiebre o las parturientas temblaban de miedo en las noches sin luna, ella llegaba con agua caliente, yuyos y palabras”.
Bernardo fue el último de sus hijos de crianza: ella misma atendió a su madre en el parto en 1925, pero la mujer murió al mes y medio. Domiciana lo adoptó y Bernardo recuerda:
(...) el esposo venía como soldado de esa guarnición. Falleció en Carhué a la edad de 87 años en 1936, yo tenía 11 años. Creo que prestó servicio como policía. Cuando llegaron a Carhué la municipalidad no existía, eran chozas y tolderías de indios. La abuela, como yo le decía a Domiciana, era ama de casa, y se dedicaba a curar con remedios caseros. Curaba de la culebrilla, curaba de la ojeada, y cuando contaba con más de 80 años atendía de parto a las mujeres. Más o menos del centro a una distancia donde está el arroyo, iban a lavar la ropa y la traían doblada arriba de la cabeza. Cocinaba con un brasero de esos de fierro de 3 patas y hacía pan casero en un horno de barro que había en casa, creo que llegamos a tener un Gran Metal a kerosen. Planchaba con una plancha lisa que había que calentaba en las brasas de carbón (...).

Otras crónicas locales –preservadas en el archivo del Museo– cuentan que don Juan Marche, a quien Domiciana salvó un hijo, le donó el rancho en 1904. O el saludo por su cumpleaños número 100, publicado en un diario local de Carhué el 1° de agosto de 1951.

Domiciana murió a los 103 años, el 29 de agosto de 1954. En 1997 la Municipalidad de Adolfo Alsina inauguró el Museo Casa de la Última Fortinera que funciona en la que fue su vivienda, declarada Lugar Histórico Municipal por ordenanza 2001/97. En 2017, con motivo del Día Internacional de la Mujer, se inauguró en este museo una muestra permanente dedicada al papel de las mujeres en la frontera. Entre 2001 y 2004, restauraron la casa y la transformaron en un espacio de homenaje.



Fuente de las imágenes y de las citas textuales: sitio oficial del Museo Casa de la última fortinera.
La Zanja de Alsina
En 1875 el Poder Ejecutivo solicitó al Congreso Nacional la autorización para invertir hasta 200 mil pesos fuertes en la fundación de pueblos y levantar fortines para la expansión de la línea de frontera. El Ministro Alsina presentó el proyecto de excavar una larga zanja, establecer en su recorrido fortines bien armados y pueblos (que entonces ya se podrían vincular por medio del telégrafo). Unos meses después obtuvo el permiso y los recursos y emprendió la construcción defensiva de la zanja de 610 kilómetros de largo, 2,60 metros de ancho y 1,75 metros de profundidad.
La zanja iría desde el Fortín Cuatreros en Bahía Blanca hasta la Laguna La Amarga, en el sur de Córdoba. El objetivo de Alsina era cerrar el camino a los indígenas que planeaba desalojar de sus mejores tierras, provistas de pastos y agua. Aunque lograran saltar la zanja a caballo, el foso no les permitiría arrear el ganado que quisieran robar en las estancias. Así, los hacendados podrían avanzar seguros en las tierras ubicadas al este de la zanja y producir mucho más cuero para la exportación.
El ingeniero Alfred Ebelot fue el director de la construcción de la zanja. En su libro Relatos de la frontera (1968) narra:
Un ejército de zapadores debía marchar Tierra Adentro, al corazón mismo del Desierto, para remover con sus palas dos millones de metros cúbicos. Nadie podía ignorar que los indios, extraordinarios jinetes, eran capaces de saltar al galope cualquier obstáculo que midiera dos o tres metros. Sin embargo, ¿cómo harían para atravesar esa zanja con los miles de animales que robaban en sus incursiones? Las vacas se les iban a caer dentro del pozo. (p. 15)

El dibujante Francisco Fortuny (su firma es visible abajo a la izquierda) realizó en 1880 una obra de alto valor documental representando escenas de su tiempo. En esta imagen, titulada "Excavando la zanja de Alsina", representa a los zapadores trabajando. Se denominaba zapadores al grupo de soldados que realizaban tareas como construir puentes, demoler obstáculos y asegurar terrenos para dar paso a las tropas. En la imagen se puede observar que recién están empezando el trabajo, ya que la zanja era bastante más ancha y sobre todo más profunda de lo que se ve. A los soldados se sumaron obreros contratados a sueldo y alrededor de 800 vecinos. Los hombres excavaban más de un kilómetro de zanja por día. Fuente: Archivo General de la Nación, Museo Roca.
El proyecto de Alsina preveía la construcción de la zanja en diversos tipos de terrenos. Los planos muestran que, además del foso, con la tierra que se sacaba se formaba un terraplén que se afirmaba con adobe desde adentro para evitar derrumbes. En los terrenos más duros en los que no se podía cavar mucho, se construía un muro de adobe paralelo, creando un hueco. En la práctica, también se plantaron arbustos espinosos o se clavaba una empalizada.

La llamada “zanja de Alsina” en el plano del topógrafo del proyecto Jordan Wysocki. Plano General de la Nueva Línea de Fronteras sobre la Pampa. Marzo de 1877. Fuente: Archivo General de la Nación.




Fotogramas del documental La muralla criolla (2017) de Sebastián Díaz. La secuencia animada del autor (ver los minutos 2:37 a 4:00) transmite una idea clara de la construcción y el objetivo de la zanja defensiva: dificultar el camino a los indígenas y repeler los malones.
La idea de Alsina era que, con el correr del tiempo, el paredón de tierra y pasto y la gran zanja serían muy difíciles de cruzar. Si los indígenas quisieran forzar la zanja, los soldados de los fortines que vigilaban la zona estarían esperando para rechazarlos y darían tiempo a la reacción de la retaguardia que estaría conectada por medio de telégrafos con las comandancias.
Durante su gestión, Alsina logró expandir la frontera e incorporar 56.000 km2 de tierras a la producción de los estancieros que criaban vacunos y lanares. Fundó cinco pueblos nuevos en las comandancias, extendió la red telegráfica y expulsó de sus tierras a los ranqueles y salineros que se trasladaron más al oeste. Llegó a construir 374 kilómetros de zanja.

Plano General de la Nueva Línea de Fronteras sobre la Pampa. Marzo de 1877. Realizado por Jordan Wysocki Wysocki. Archivo General de la Nación. Argentina. Mapoteca. II – 130. América – Argentina.
Descripción de imagen
Este es uno de los quince mapas del proyecto de Alsina que localiza parte del recorrido de la zanja y la fundación de centenares de fortines en la zona sur. Un grupo de ingenieros realizó el relevamiento del terreno junto al Ministro. La línea delgada negra indica el límite entre blancos e indígenas antes de 1876. La que tiene nombres en rojo es el límite que se está construyendo. Ubica y coloca el nombre a cada uno de los fortines y las comandancias de división: Italó, Trenque Lauquen, Guaminí, Carhué y Puan. El mapa presenta, además, los asentamientos indígenas agrupados con el nombre de pehuenches, ranqueles, indios de Pincén e indios de Namuncurá, y la red de caminos o rastrilladas que conectan las tolderías. Resulta interesante el gran detalle de las características físicas del territorio: el desarrollo de los montes y las lagunas de agua dulce, de agua salada, las salinas y los médanos con sus respectivos topónimos. Esta cartografía minuciosa fue de vital importancia para el conocimiento de los movimientos indígenas y su posterior conquista.
A fines de 1877, Alsina murió a causa de una enfermedad sorpresiva. Su sucesor en el Ministerio de Guerra, Julio A. Roca, había sido muy crítico de las ideas de Alsina y, en especial, de la zanja. Su gestión pasó a una estrategia fuertemente ofensiva, muy violenta y de gran alcance de las tropas nacionales contra la totalidad de las tolderías indígenas.

Fuente de la imagen: Fotograma del Documental La muralla criolla (2017) de Sebastián Díaz.
En la actualidad hay carteles señalando los lugares por donde pasaba la zanja. En la fotografía, tomada en el partido de Puan, el cartel también indica la distancia y dirección en que estaban los dos fortines cercanos: Regimiento 1 y Justo Reyes.