Los caciques o lonkos

Los líderes de las agrupaciones indígenas pampeanas: autoridad, funciones, responsabilidades, territorios.

Creado: 13 noviembre, 2025 | Actualizado: 4 de marzo, 2026

Las poblaciones indígenas de la frontera pampeana formaban agrupaciones. Estas otorgaban autoridad a un líder o lonko (cacique) que controlaba determinados territorios.

Jefes grandes, jefes chicos

En la Pampa había caciques de distinta importancia. Unos tenían mando sobre muy pocas familias. Otros, caciques principales, gobernaban enormes tolderías e incluso confederaciones de varias tribus, cada una con su propio cacique. Por debajo de ellos estaban los “capitanejos”, subjefes en la guerra, con autoridad sobre tres, cuatro o a veces seis toldos (en cada toldo vivía una familia). Después venían los hombres comunes, los “koná” o guerreros.

En realidad, los caciques no tenían demasiado poder sobre su gente. Eran más que nada organizadores y, para que aceptaran sus órdenes, los demás tenían que estar convencidos. Las decisiones importantes se tomaban entre todos, en los “traun” o “parlamentos”, larguísimas reuniones que podían durar días enteros, en que todos los hombres adultos se sentaban en círculo e iban hablando por turno, haciendo su propuesta, que podía levantar griteríos de apoyo o en contra. Se decidía no por mayoría, sino cuando todos los presentes estaban de acuerdo. Por eso era totalmente necesario que los caciques supieran hablar bien: tenían que ser capaces de hacer largos discursos convincentes.

Ser cacique era algo muy exigente; el hombre debía asegurar que los suyos no pasaran hambre y ganaran las guerras, darles regalos, repartir lo que se conseguía en los “malones” o en los tratados de paz, hacer de juez y buscar partidarios si encontraba oposición en el grupo. En general, el cargo pasaba de padre a hijo, pero siempre el sucesor tenía que demostrar que servía. Cuando un cacique no era capaz, lo más fácil era que se quedara solo; los demás se iban tranquilamente a vivir en la tribu de otro jefe más despierto. 

Tomado de Palermo, M. A. (2009). Las tribus de la Pampa. AZ editora.

El cacique Juan Calfucurá

Juan Calfucurá fue uno de los caciques o lonkos más influyentes en la frontera sur durante el siglo XIX. Lonko de los salineros, sostuvo su autoridad durante cuatro décadas, desde 1830 hasta 1870. Lideró, además, una confederación de diferentes parcialidades de las pampas y norpatagonia unidas bajo intereses comunes, la Confederación de Salinas Grandes. Ese liderazgo lo convirtió en toki: cacique de caciques. Quienes hablaron y escribieron sobre él lo elogiaron o criticaron intensamente. Se lo destacó por sus estrategias políticas y por su generosidad con sus seguidores; o se dedicaron muchas páginas a narrar los daños causados por los malones y las batallas que lideró. 

Junto a las variadas discusiones acerca de Calfucurá, existen interrogantes y también coincidencias. Se acuerda, por ejemplo, en que Calfucurá significa “Piedra Azul” en mapudungun, el idioma mapuche. Aseguran que nació en las cercanías del volcán Llaima, una zona de montañas, lagos y bosques al oeste de los Andes, en la Araucanía. 

No se conoce la fecha exacta del nacimiento de Calfucurá. Las historiadoras y los historiadores calculan que fue en la década de 1790 porque estiman que, cuando murió en su toldería de las Salinas Grandes, en 1873, debía tener algo más de 80 años. Se sabe que su padre fue uno de los líderes indígenas que luchó contra los realistas y colaboró con el General San Martín cuando cruzó los Andes; se llamaba Huentecurá (que significa “Piedra de Arriba”). Uno de los hijos de Calfucurá llamado Manuel Namuncurá (“Pie de Piedra”) fue ahijado de bautismo del General Justo J. de Urquiza. Un hijo de Manuel Namuncurá y nieto de Juan Calfucurá, llamado Ceferino Namuncurá, es un santo popular venerado en la Argentina y nombrado beato por la iglesia católica.

No existen representaciones de Calfucurá en vida. Esta es la imagen del cacique que reconstruyó el artista rosarino Diego Greco Moreyra. Lo hizo a partir de estudiar su cráneo en el Museo Nacional de Ciencias Naturales de La Plata y de fotografías de sus familiares tehuelches. Se concentró en los rasgos de los ojos, la boca y la nariz. También lo imaginó con prendas de vestir mapuche y con un aspecto ya mayor, casi ciego. 

Fuente imagen: Diego Greco Moreyra, 2015.

Los registros indican que, hacia 1830, Calfucurá se trasladó con su pueblo desde la cordillera hacia la llanura pampeana. Allí luchó contra otros pueblos indígenas que también habían llegado desde las montañas y los venció en una batalla terrible que se recuerda como la “Masacre de los Médanos de Masallé”. De ese modo logró instalarse con su gente en un monte próximo a las llamadas Salinas Grandes, un lugar especialmente valorado porque su sal era imprescindible tanto para la población indígena como criolla: la usaban para conservar la carne (que era la base de su alimentación) y para curar los cueros. En la cercanía de las Salinas había también lagunas y buenas tierras con abundantes pastos que permitían criar mucho ganado. Por otra parte, las Salinas estaban en el cruce de varios caminos o rastrilladas que comunicaban con Buenos Aires y con la Cordillera: eran uno de los pasos obligados de comerciantes y viajeros indígenas y criollos. Los criollos llamaron salineros a quienes se establecieron en esa zona.

Desde allí y en poco tiempo Calfucurá fue estableciendo acuerdos con otros caciques y con las autoridades bonaerenses. Por su habilidad política, la cantidad de caciques que respondía a su autoridad y la amplitud de las tierras dominadas, criollos y escritores de la época lo apodaron “Emperador de las Pampas”, “Señor de las Pampas” y “Napoleón de las Pampas”. 

Quienes estudiaron la historia de Calfucurá cuentan que, en el momento de su apogeo, el cacique tuvo autoridad sobre la mayor parte del territorio de las actuales provincias de Buenos Aires y La Pampa, ejerció una importante influencia sobre las hoy provincias de Neuquén y Río Negro, sobre el sur de San Luis y de Mendoza y estableció alianzas con grupos mapuche del oeste de la Cordillera. Calfucurá lideró en esos tiempos un territorio que llegaba desde el Pacífico hasta el Atlántico, con tres centros estratégicos: las Salinas Grandes, Choele Choel (un lugar de encuentro del pueblo mapuche en sus rituales religiosos y de ferias comerciales) y “el Carhué” (así se llamaba entonces al conjunto de lagunas en las que los salineros encontraban disponibilidad de agua y de pastos para criar su ganado durante los inviernos).

Los caciques que firmaban alianzas con las autoridades criollas se comprometían a mantener la paz y la amistad en la frontera. Por eso recibían un cargo militar y el uniforme correspondiente. Calfucurá fue reconocido, primero por Rosas y luego por Urquiza, con el grado de General.En los acuerdos que celebró con Rosas, el gobernador le aseguró también una provisión muy importante de cabezas de ganado y de alimentos, bebidas, tabaco. Calfucurá repartió sistemáticamente esas raciones entre centenares de jefes indígenas pampeanos y también patagónicos que se colocaron bajo su liderazgo. Así conformó las alianzas que le permitieron conformar la muy extensa Confederación de las Salinas Grandes mencionada en el sello. 

Este es el sello que acreditaba la autoridad militar de Calfucurá. El grabado enlaza las armas indígenas (flechas, lanzas y boleadoras) con el sable de los militares criollos. Fuente: Wikimedia Commons.

En sus cuarenta años de liderazgo, Calfucurá sostuvo la paz y el comercio entre indígenas y cristianos. Después de la caída de Rosas, cuando las autoridades decidieron cambiar las formas de relacionarse con los indígenas y pensaron en avanzar sobre sus territorios, el cacique decidió organizar malones para defenderlos. En 1855 y 1856 sus lanceros y los de sus aliados atacaron varios pueblos y fuertes de la frontera: Tandil, Azul, Olavarría, Alvear, Cruz de Guerra (actual 25 de Mayo), Bragado, Junín y Bahía Blanca. En esos mismos años luchó y venció ampliamente a las fuerzas nacionales en dos batallas en el actual partido de Olavarría. Muchos estancieros y pobladores criollos abandonaron la frontera, de modo que los indígenas recuperaron una buena parte de su antiguo territorio.

Calfucurá inició otro momento de lucha después de 1868, cuando las fuerzas nacionales ocuparon Choele Choel y pusieron en riesgo la ruta comercial entre las Salinas y los Andes. En 1871 y 1872 reunió lanceros de muchos de los pueblos de ambos lados de la cordillera y organizó malones sobre Tres Arroyos, Bahía Blanca, 25 de Mayo, 9 de Julio y Alvear. 

Fue un poderoso y muy bien armado Ejército Nacional el que, unido a las fuerzas de los “indios amigos” del centro de la actual provincia de Buenos Aires, consiguió la derrota definitiva de un ya anciano Calfucurá. Vencido, el cacique huyó hacia las Salinas y permaneció allí, según cuentan, embargado de tristeza hasta su muerte en 1873. 

Cuando murió Calfucurá su pueblo vistió su cuerpo con el uniforme militar que le habían entregado las autoridades bonaerenses mucho tiempo atrás y lo sepultó con los honores de un gran cacique. Llegaron comitivas de toda la Confederación para asistir a los rituales. En la tumba enterraron sus ponchos, sus armas, su platería, su caballo preferido, alimentos y unas veinte botellas con anís, caña, aguardiente y agua para acompañarlo en su futura nueva ruta, en “su viaje”, tal como sostenían las creencias mapuche.

En 1879, durante la “Campaña del Desierto” de Julio Argentino Roca, el General Nicolás Levalle buscó y logró ubicar esa tumba con la ayuda de un baqueano. Hizo desenterrar sus restos con intenciones de venganza. Ordenó a los soldados desparramar sus huesos, les permitió llevarse los objetos de valor y beberse los licores. Recogió su cráneo y se lo entregó al político e intelectual Estanislao Zeballos, que había impulsado siempre la idea de que la Argentina, unificada desde 1862, debía apropiarse de las tierras de los llamados "salvajes" o "bárbaros". Zeballos lo donó a Francisco Moreno junto a otros 300 cráneos de indígenas que reunió. Cuando Moreno asumió como primer director del Museo de Ciencias Naturales de la ciudad de La Plata, llevó allí los restos indígenas. En este sitio, el cráneo fue catalogado y estudiado por especialistas que buscaban fundamentar que estos pueblos pertenecían a una raza inferior a la blanca. 

El cráneo estuvo exhibido como un objeto de interés en las vitrinas de una sala del Museo hasta 1940. Las comunidades mapuche reclaman su devolución pero recientemente se han detenido las tramitaciones necesarias para lograrlo.

Calfucurá. Francisco Madero Marenco, s/f. Fuente: Wikimedia Commons.

El escritor platense Arístides Gandolfi Herrero, conocido por el seudónimo “Álvaro Yunque”, publicó una biografía de Calfucurá en el año 1956. Allí lo describe con estas palabras:

Guerrero, político y brujo (...) tiene todas las condiciones de los jefes de su raza: valor, rebeldía, audacia, fuerza, iniciativa, persistencia, astucia, don de mando, oratoria. Es además, un diplomático eximio. Sabía manejar la táctica del hecho, manejando grupos de jinetes, y la táctica del pensamiento, manejando promesas, fingiendo creer en promesas, aceptando treguas de paz, sofocando ímpetus con silencios y sonrisas y desviando intenciones con palabras. Esto explica su sobrevivencia y superioridad.

Tomado de Pueblos Originarios. Biografías.

Piedra Azul

En su época y también a lo largo del tiempo el pueblo mapuche transmitió narraciones sobre la figura de Calfucurá de generación en generación. De todas esas narraciones, la de la piedra azul es la más conocida porque se dice que de esa piedra surgió su propio nombre: Kallfükura que, en lengua mapudungun, significa “Piedra Azul” (de kallfü, “azul” y kura, “piedra”). Calfucurá fue parte de la dinastía de los “curá”. Su padre y todos sus descendientes tuvieron en ese entonces nombres que finalizaban con esa palabra: Huentecurá, Reuquencurá, Calupancurá, Melicurá, Namuncurá, fueron algunos de los varones de esa familia.

Todos los relatos coinciden en que Calfucurá llevaba consigo, envuelta en una tela preciosa, una piedra azul que lo acompañó toda su vida. Él pensaba –y todos también creían– que esa piedra era mágica y le concedía el valor y la protección que lo hacían invencible. Dicen que la piedra le dio el don de anticipar lo que sucedería y que por eso podía pensar tan buenas estrategias para negociar o luchar con los criollos o con otros pueblos indígenas. Hay acuerdo en las narraciones en que la piedra azul le aportó la admiración de sus seguidores, aliados y de quienes se colocaban bajo su protección. También que originó el gran temor que le tenían sus enemigos.

Las versiones cuentan de diferentes maneras cómo fue que Calfucurá obtuvo una piedra tan especial. Algunas personas decían que la recibió siendo muy pequeño, otras que fue en su juventud. Hay relatos que afirman que él mismo la encontró y la recogió junto a un lago de los Andes. Otras narraciones indican que, cuando murió su caballo predilecto, la piedra estaba dentro de un riñón del animal. Calfucurá la habría encontrado y guardado porque era un hecho muy especial. 

También hay historias que afirman que no fue él quien encontró la piedra sino que se la otorgaron seres superiores. Se cuenta también que era un trozo pequeño de meteorito (una “piedra rayo”) que le entregó un huecufu, un espíritu de la mitología mapuche. E, incluso, se narra que se la dio un cherüfwe o cherüwfe, una de las criaturas de piedra y fuego con forma humana que viven en el interior de los volcanes desde que la tierra se originó. La piedra habría sido antes una bola de fuego dentro de un volcán. 

Un nieto de Calfucurá, Alfredo Namuncurá, contó hace muchos años, en 1947, que esa piedra todavía existía y que él la tenía guardada. Su testimonio quedó registrado así:

Lo más precioso que conservamos como familia aún en la tribu es la célebre piedra azul encontrada por mi abuelo a orillas de un lago en el Gulumapu (territorio del oeste de la cordillera), en su juventud. A raíz de ese hallazgo él fue llamado Calfucurá, que significa piedra azul. Siempre la llevaba consigo con la convicción de que en ella estaban concentrados el destino y el porvenir suyo y de toda su tribu. Esa Piedra Azul fue heredada por mi difunto padre y siempre que fue tenida con veneración y respeto, tuvimos suerte y prosperidad. Esta fue heredada por mí a la muerte de mi hermano Julián, al tomar el mando de la tribu. Actualmente la conservamos en un cofre, junto con las dos espadas del coronel.*

A pesar de esta afirmación de Alfredo Namuncurá, muchos piensan que la piedra verdadera está extraviada y que si un día Calfucurá vuelve a este mundo de los vivos lo podremos reconocer porque llevará el talismán envuelto en la misma tela especial, igual que en el pasado. 

*Citado en Pueblos Originarios. Biografías.

Las Salinas Grandes, un lugar estratégico 

Ya a fines del siglo XVIII, pero con más intensidad a inicios y mediados del siglo XIX –en las décadas de 1820, 1830 y 1840–, fueron llegando a las pampas caciques que se desplazaron con sus grupos desde la zona montañosa andina conocida como la Araucanía y el Neuquén. En tiempos del gobernador Juan Manuel de Rosas, esas comunidades se establecieron en grandes tolderías en las tierras que hoy son parte del oeste de la provincia de Buenos Aires, del sur de Córdoba y San Luis, el centro oeste de Mendoza y el centro este de La Pampa. Se dedicaron a la ganadería, realizaron algunos cultivos y formaron extensas redes comerciales con otros grupos indígenas que permanecían a ambos lados de las montañas y también con los criollos de Buenos Aires y su campaña. 

Los que fueron conocidos como “indios ranqueles”, llegaron desde los valles del Neuquén y de Mendoza y se fueron uniendo con las tribus que recorrían las pampas desde antes. Para la segunda mitad del siglo XIX esos grupos estaban liderados por los lonkos Baigorrita y Ramón, reunidos bajo la autoridad del cacique general de los ranqueles, Mariano Rosas (o Panguitruz Güer).

Un poco después, en la década de 1830, Juan Calfucurá y sus seguidores dejaron sus tierras del oeste de la cordillera y se instalaron en la zona de las Salinas Grandes. Para hacerlo se enfrentaron a los pueblos boroganos –que habían llegado previamente y también desde los Andes a ese mismo lugar– y los vencieron. El grupo de Calfucurá también se unió a otros indígenas que ya circulaban por la llanura. Esto era habitual ya que las familias indígenas –unidad social básica en estas sociedades– se agrupaban con el jefe que los representaba y, cuando estaban disconformes, buscaban otro destino.

Con el tiempo, Calfucurá estableció acuerdos con muchos caciques y parcialidades que confiaron en su autoridad. Lideró la Confederación de las Salinas Grandes y tuvo una enorme influencia en el mundo indígena y en sus relaciones con los “blancos”. Los criollos llamaron salineros a quienes vivían en la zona de las Salinas Grandes bajo el liderazgo de Calfucurá.

¿Por qué tanto los boroganos como Calfucurá y su pueblo eligieron las Salinas para instalarse y disputaron por ellas?

En aquellos tiempos la sal era un recurso muy preciado. No se usaba solo para condimentar la comida: para criollos e indígenas resultaba muy importante porque era imprescindible para deshidratar y conservar las carnes –que eran la base de la alimentación– y también para el tratamiento de los cueros. Estas salinas abastecían a las poblaciones que se asentaban a ambos lados de la cordillera. 

Los pueblos indígenas realizaban grandes ferias en las Salinas. A ellas llegaban comitivas de diferentes partes de la Confederación de Salinas Grandes y de más lejos, de la Araucanía y de la Patagonia, para intercambiar sus productos.

El Carhué

Además de las Salinas Grandes, Calfucurá pensó otros dos puntos estratégicos para su proyecto de articulación pacífica entre “indios” y “blancos”: lo que se llamaba “el Carhué” (“lugar verde” en mapudungun) y Choele Choel (aún se discute el significado de este nombre), en el valle del Río Negro. 

El Carhué era una extensa zona de lagunas y de fértiles campos ubicada al este de las Salinas en los actuales partidos bonaerenses de Alsina, Guaminí, Daireaux y Bolívar. Hoy se conoce a esas lagunas, unidas entre sí, como “las Encadenadas del Oeste”. Los pastos de esos campos se mantenían tiernos, jugosos y nutritivos aún durante el invierno, por eso los salineros arreaban su ganado hacia allí cuando las temperaturas empezaban a bajar y las hierbas del monte y sus alrededores se secaban. Criar muy buen ganado y en grandes cantidades era una tarea fundamental de los pueblos salineros. Para comercializar esos animales con los pobladores de la Araucanía, los arreaban durante muchos días. 

En el Carhué disponían no solo de pastos y de muchas fuentes de agua: podían bolear ñandúes y guanacos (que no se internaban en el monte), pescar, cazar animales terrestres y variedad de aves acuáticas. También mantener huertas en las que cultivaban zapallo, maíz, ajíes, cebollas, sandías y otros vegetales que formaban parte de su dieta.

Las narraciones aseguran que ya cercano a su muerte, cuando los soldados del ejército nacional avanzaban por las pampas, el toky Calfucurá le hizo prometer a su hijo Manuel Namuncurá “no entregar nunca el Carhué a los huincas”, cosa que el nuevo cacique no pudo lograr. Seguramente Calfucurá le daba esa importancia al Carhué por los recursos que allí estaban disponibles, pero también porque ese lugar era un paso obligado que conectaba Buenos Aires con los Andes: un espacio que era valioso controlar.

Choele Choel

Choele Choel está ubicado en lo que se llama el valle medio del Río Negro, en la actual provincia de Río Negro. En esta zona de mesetas los mapuches tenían un apreciado lugar ceremonial: se reunían quienes llegaban desde distintos lugares lejanos, realizaban rituales y organizaban una enorme feria comercial. 

Choele Choel era, además, el lugar en que se detenían los salineros con los arreos de ganado que llevaban a la cordillera después del primer tramo de su viaje. Hacían que los animales, que se debilitaban en la caminata, descansaran y engordaran antes de reiniciar el traslado al Neuquén.

“Choele Choel, punta de abajo”. Imagen tomada por Antonio Pozzo, fotógrafo que registró el recorrido y los principales sucesos de la “Conquista del Desierto” de 1878 y 1879. 

La humedad del Río Negro permite la existencia de vegetación en su valle. En la fotografía se puede ver el campamento que instaló el General Roca y algunos soldados del Ejército Nacional. Fuente: Museo Histórico Regional Choele Choel.

La circulación por los territorios salineros

En los tiempos de Calfucurá no existían todavía los alambrados en la frontera y nadie tenía la propiedad (como se entiende en la actualidad) de las tierras pampeanas. Los pueblos indígenas de la llanura se instalaban por un tiempo en un lugar, otro tiempo en otro, según las necesidades de cada grupo. Parte de los salineros, por lo menos entre 2500 y 3700 personas según calculan diferentes investigadoras e investigadores, se estableció en forma permanente en la zona de las salinas. Las y los especialistas sugieren que otros 6000 indígenas de Calfucurá se trasladaban continuamente para comerciar entre Buenos Aires, las salinas y los valles andinos. 

En las Pampas y la Norpatagonia había un constante movimiento de comitivas indígenas, trasladando diferentes productos que compraban y vendían: hacia las montañas arreaban las vacas y los caballos que criaban en las Pampas y la sal de las Salinas Grandes; desde las montañas traían tejidos de lana (ponchos, matras, fajas), ornamentos de plata, objetos de madera y de cuero que necesitaban ellos mismos pero que, en su mayor parte, vendían en Buenos Aires. La sal que comercializaban llegaba también a esa ciudad e igualmente ocurría con las plumas de ñandúes y de otras aves que estos grupos indígenas recolectaban en la llanura. Esas plumas pasaban a las bodegas de los barcos que partían del puerto y llegaron a ser un importante artículo de exportación. 

En su ir y venir por las Pampas, con el pisoteo de los caballos y del ganado que trasladaban, los indígenas fueron abriendo algo similar a huellas o caminos que los españoles y criollos llamaron “rastrilladas”. Las Salinas Grandes fueron un punto estratégico en esta red de caminos. 

En 1810, cuando asumieron las autoridades de la Primera Junta, una de sus decisiones fue organizar una expedición a esas salinas: como se había interrumpido el comercio con España era necesario encontrar nuevas formas de abastecer de sal a la ciudad y también a la producción de tasajo y de cueros que eran la base de las exportaciones de esa época. Sobre esa expedición realizada en 1810 por indicación de la Primera Junta, cuenta el historiador Leonardo Canciani (2013) que “constaba de 172 carretas de carga, 55 de media carga y 7 carretones o carruajes de camino, 2927 bueyes y 520 caballos conducidos por 407 hombres” (p. 40). También informa que a partir de ese entonces las caravanas a las Salinas fueron prácticamente anuales. Para llegar demoraban más de 20 días y necesitaban la guía experta de un rastreador que orientara a la caravana criolla en la inmensidad de las pampas. 

Canciani explica que, en el trayecto, los viajeros debían pedir permiso a los pueblos indígenas para poder circular por su territorio. Quienes iban a las Salinas Grandes en busca de sal también pedían permiso para instalarse temporalmente y abastecerse. En un principio, además de todo lo que necesitarían, los viajeros criollos cargaban en las carretas yerba, aguardiente, tabaco, pasas y galletas que luego obsequiarían a los indígenas que iban encontrando. Era la forma de confirmarles su intención pacífica y amistosa. Más adelante se fueron diversificando los artículos que se obsequiaban porque los indígenas incorporaron productos europeos para satisfacer sus necesidades: sombreros, telas, vajilla, pañuelos de seda, por ejemplo. 

Los encuentros entre “indios” y “cristianos” tenían que cumplir con los rituales propios de la cultura indígena. Los criollos llamaron “parlamentos” a esas reuniones ceremoniales e intercambios que podían durar varias horas. Para ellas necesitaban un segundo colaborador experto: un lenguaraz. Era alguien que conocía el idioma castellano y también el indígena y que podía oficiar de traductor y ayudar a las dos partes a entenderse en el encuentro. Casi siempre, el lenguaraz era un indígena que había vivido o estado cautivo de los “blancos” o un “blanco” que había sido cautivo o vivido con alguna tribu. Antes de partir de Buenos Aires o de cualquier asentamiento criollo, una expedición tenía que asegurarse de contar con un baqueano o rastreador y tener resuelta la cuestión del lenguaraz. 

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