Los intercambios comerciales
Los intercambios comerciales en la frontera sur, siglos XVIII y XIX.
Creado: 13 noviembre, 2025 | Actualizado: 4 de marzo, 2026
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De cazadores recolectores a pastores y comerciantes
Con el correr del tiempo, el comercio se convirtió en una actividad fundamental para los indígenas de las pampas: los antiguos cazadores recolectores se habían transformado en hábiles criadores de ganado y activos comerciantes. Se seguían desplazando pero, sobre todo, para comerciar: eran nampülkafe, que en mapudungun significa viajeros-comerciantes.
En el siglo XVIII, los intercambios entre los grupos indígenas del Wallmapu y con la sociedad hispano criolla se volvieron corrientes. La cordillera no impedía los intercambios comerciales sino que los pasos cordilleranos permitían el tránsito de personas y de objetos formando un corredor bioceánico, tal como lo denomina la investigadora Mónica Verón. Los estudios arqueológicos muestran que a finales del siglo XVIII este corredor se había intensificado y estaba sumamente activo, permitiendo que –en forma bastante sistemática– personas que producían bienes del lado oeste de la cordillera, en la Araucanía, terminaran en Buenos Aires vendiendo sus productos.
A medida que el siglo avanzaba, distintos grupos indígenas fluían hacia las ciudades españolas –principalmente a Mendoza y a Buenos Aires– para intercambiar sus productos por otros que ellos no producían localmente: llevaban plumas, cueros, talabartería –elementos elaborados en base al cuero, especialmente para las monturas y el manejo de los caballos–, tejidos de lana o sal, y los intercambiaban por tabaco, yerba mate o cuchillos, entre otras cosas.
La intensificación del comercio se relaciona con otros cambios que se fueron produciendo en las sociedades indígenas a partir del contacto con los europeos. La adopción de algunas especies y bienes traídos desde Europa modificó las prácticas productivas, culturales y de consumo de los pobladores de las pampas.
Los grupos indígenas comenzaron a criar el ganado vacuno y ovino que se había multiplicado en las llanuras –al igual que los caballos– para el comercio y para el aprovechamiento de sus carnes y de sus cueros. La lana y el cuero se usaban, también, para la elaboración de productos para vender, como los ponchos de lana de oveja o la talabartería. Además, incorporaron nuevas especies a los cultivos, como el trigo y la cebada. Este tipo de producciones completaba el aprovechamiento tradicional de animales autóctonos como el ñandú, el venado de las pampas, el guanaco y muchas especies vegetales que siguieron consumiendo. La economía indígena se transformó mediante la incorporación de nuevos productos para la subsistencia. Pero allí no terminaban los cambios.
Las prácticas culturales y de consumo también se modificaron a partir de la adopción de productos que pasaron a formar parte de la vida cotidiana y las ceremonias de los habitantes de las pampas: objetos de hierro como herramientas, espadas y cuchillos; yerba mate y tabaco que venían de Paraguay; alcohol y frutos secos de Mendoza; elementos de decoración y vestimenta como sombreros, botas, cascabeles, cintas de seda de la China; añil de Guatemala; cristales de Venecia. Estas incorporaciones muestran a una población indígena que en forma indirecta estaba conectada con el mercado internacional y que se divertía, se decoraba y utilizaba ciertos recursos que obtenían a través del comercio.
La adopción del caballo –otra especie europea– hizo posible este incremento de los contactos y los intercambios comerciales con asentamientos indígenas y asentamientos hispano-criollos en un espacio mucho más amplio. El interés indígena en comerciar transformó las relaciones fronterizas, enriqueciendo y diversificando las conexiones entre parcialidades y con los “blancos”.
Texto elaborado a partir de la entrevista a la antropóloga Ingrid de Jong, Dirección Provincial de Educación Primaria, 2025.

Indios pampas en una tienda en el mercado indio de Buenos Aires. Emeric Essex Vidal, 1818. Acuarela. Extraída de la publicación "Monumenta Iconographica" publicada en 1964 por Bonifacio del Carril. Fuente: Academia Nacional de la Historia de la República Argentina, Wikimedia Commons.
Emeric Essex de Vidal fue un marino inglés que visitó Buenos Aires y Montevideo. Publicó un libro de memorias luego de su primer viaje realizado entre 1816 y 1818: Ilustraciones pintorescas de Buenos Aires y Montevideo (1820). En la acuarela Indios pampas en una tienda en un mercado indio en Buenos Aires representa a dos viajeros–comerciantes ocupando una tienda en el mercado ubicado en la Plaza Lorea –una de las esquinas de la actual Plaza de los dos Congresos que conserva ese nombre–. Entre los productos que comercian, se observan plumas de ñandú y elementos de talabartería realizados en cuero y en plata.
Las comitivas de comerciantes no solo se dirigían a las ciudades más importantes. También se acercaban con sus productos a los asentamientos de diferentes grupos indígenas y a los pueblos, fortines y pulperías de la campaña.
De tanto ir y venir, siguiendo rumbos fijos que iban entre las tolderías o poblados aborígenes y entre los lugares donde había agua para personas y ganado, se formaron verdaderos caminos bastante anchos, apisonados por los vasos de los caballos y las pezuñas de las vacas. Era lo que los criollos llamaban “rastrilladas” porque había en ellas marcas como de rastrillo, hechas por las lanzas largas que los indios llevaban arrastrando. Muchas rutas que hoy se usan en las provincias pampeanas siguen esas viejas “rastrilladas” de los indios.
Palermo, M. A. (2009). Las tribus de la Pampa. AZ editora.
Lucio Mansilla, un coronel del Ejército Argentino, realiza una visita diplomática a los ranqueles en 1870. Las tolderías del cacique general de los ranqueles, Mariano Rosas, estaban localizadas en Leubucó (en la zona norte de la actual provincia de La Pampa). En el relato de su llegada a las tolderías, Mansilla describe las rastrilladas que conectaban distintos asentamientos ranqueles y otras que los conectan con la Araucanía.
Leubucó es una laguna sin interés- quiere decir “agua que corre”: leubú, corre, y co, agua. Queda en un descampado a orilla de una ceja de monte, en una quebrada de médanos bajos (…)
De Leubucó arrancan caminos, grandes rastrilladas por todas partes. Allí es la estación central. Salen caminos para las tolderías de Ramón que quedan en los montes de Carrilobo; para las tolderías de Baigorrita, situadas a la orilla de los montes de Quenque; para las tolderías de Calfucurá en Salinas Grandes; para la Cordillera, y para las tribus araucanas. (…)
Tomado de Mansilla, L. (1966). Una excursión a los indios ranqueles. Kapelusz, capítulo 24.
Las vinculaciones internas al Wallmapu pueden visualizarse en mapas que representan las rastrilladas. Estos caminos abiertos en el territorio a fuerza de transitarlos muestran cómo todos los principales asentamientos indígenas estaban vinculados entre sí y con las principales localidades hispano-criollas, tanto en las Pampas y Norpatagonia como en la Araucanía, a través de los pasos cordilleranos.

Rastrilladas principales en el Wallmapu (siglo XVIII). Fuente: mapa elaborado por Ingrid de Jong y Rafael Curtoni. Fuente: de Jong, I. y Curtoni, R. (2025). El sistema vial en el Puelmapu, siglos XVIII y XIX., en Pinto Rodríguez, J. (comp.). El Qhapac Ñan en Atacama y Coquimbo y las rastrilladas en el Wallmapu. El aporte material de los pueblos ancestrales en Chile a través de sus rutas viales. Universidad Católica de Temuco.
El mapa muestra la localización de las rastrilladas como si fueran verdaderas rutas, pero no era así. Esas sendas no siempre resultaban visibles y, cuando crecía la vegetación o llovía mucho, se inundaban y quedaban cubiertas.
Por esos riesgos, para circular por las pampas, los “cristianos” necesitaron por muchos años un ayudante que no les podía faltar: un rastreador o baqueano. Era un experto conocedor de las tierras que se orientaba en la inmensidad de la llanura, encontraba las sendas, buscaba buenos lugares para descansar, para cazar animales y poder alimentarse, abastecerse de agua y, después de días y días, llegar a destino. Sabía también evitar los bañados y terrenos arenosos o pantanosos que las carretas y hasta los mismos caballos no podían transitar. Moverse en las pampas con cargas resultaba muy lento, especialmente para las carretas que avanzaban al paso de los bueyes.

Tropa de carretas. Juan Pedro León Pallière (pintor franco brasileño), 1858. Fuente: Wikimedia Commons.
En esta obra de Pallière, es posible que el jinete que encabeza la caravana de carretas fuera el rastreador, ya que parece ir muy atento indicando el camino.
Además de la imprescindible ayuda del baqueano, los “cristianos” necesitaban de un lenguaraz para comunicarse con los indígenas con quienes iban a comerciar o por cuyos territorios necesitaban transitar. El lenguaraz era alguien que conocía el idioma castellano y también el indígena, y que podía oficiar de traductor para ayudar a las dos partes a entenderse en el encuentro. Casi siempre se trataba de un indígena que había vivido o estado cautivo de los “blancos” o un “blanco” que había sido cautivo o vivido con alguna tribu.
Los encuentros entre “indios” y “cristianos” en territorio indígena tenían que cumplir con las reglas y rituales que los pobladores pampeanos establecían.