Nuevas miradas sobre los malones

Representaciones tradicionales de la violencia en la frontera sur y nuevas miradas.

Creado: 13 noviembre, 2025 | Actualizado: 4 de marzo, 2026

Representaciones de la violencia en la frontera

En las pinturas de la época (y también en la literatura y las crónicas de viajeros), la representación de la violencia en la frontera está centrada en las acciones de los indígenas. La imagen del malón se reitera en cantidad de obras y se asocia con las mismas ideas el salvajismo, el terror, la destrucción, el robo de ganado y la toma de mujeres como cautivas. 

Por el contrario, la violencia estatal sobre las poblaciones indígenas se encuentra oculta detrás de representaciones de los avances del ejército centradas en las formaciones militares sobre un paisaje “desierto”. Las imágenes intentan mostrar el avance del orden, del progreso, de la civilización, la ciencia y la evangelización. 

Dos pinturas de grandes proporciones representan estas ideas. Ambas son contemporáneas al fin de la frontera y fueron pintadas unos años después de la campaña dirigida por Julio Argentino Roca en 1879.

  • La vuelta del malón, de Ángel Della Valle, 1892. Museo Nacional de Bellas Artes.
  • Ocupación militar del Río Negro en la expedición bajo el mando del general Roca, 1879, de Juan Manuel Blanes, 1891-1896. Museo Histórico Nacional.

Ambas pinturas se exhiben en dos de los museos más importantes de la Ciudad de Buenos Aires desde su creación, a fines del siglo XIX. Las dos fueron reproducidas en múltiples formatos hasta la actualidad: en textos y láminas escolares, en cuadros exhibidos en instituciones públicas, en álbumes y postales, en películas y obras de teatro, en diarios y revistas. 

La vuelta del malón, Ángel Della Valle, 1892 (186.5 x 292 cm). Fuente: Museo Nacional de Bellas Artes.

Comentario sobre La vuelta del malón, por Laura Malosetti Costa*

La vuelta del malón fue la obra más celebrada de Della Valle**. Presentaba, por primera vez, en las grandes dimensiones de una pintura de salón, una escena que había sido un tópico central de la conquista y de la larga guerra de fronteras con las poblaciones indígenas de la pampa a lo largo del siglo XIX: el saqueo de los pueblos fronterizos, el robo de ganado, la violencia y el rapto de cautivas. (…) En la década de 1870, Juan Manuel Blanes había realizado también algunas escenas de malones que aparecen como antecedentes de esta obra. Casi ninguna, sin embargo, había sido expuesta al público ya que tuvieron una circulación bastante restringida. La vuelta del malón fue, entonces, la primera imagen que impactó al público de Buenos Aires referida a una cuestión de fuerte valor emotivo e inequívoco significado político e ideológico.

Según refiere Julio Botet, a partir de una entrevista al artista en agosto de 1892, el asunto del cuadro se inspiraba en un malón llevado a cabo por el cacique Cayutril y el capitanejo Caimán a una población no mencionada. Otro comentario (en el diario Sud-América) ubicaba el episodio en la población de 25 de Mayo. Pero más allá de la anécdota el cuadro aparece como una síntesis de los tópicos que circularon como justificación de la “Campaña del Desierto” de Julio A. Roca en 1879, produciendo una inversión simbólica de los términos de la conquista y el despojo. El cuadro aparece no solo como una glorificación de la figura de Roca sino que, en relación con la celebración de 1492, plantea implícitamente la campaña de exterminio como culminación de la conquista de América.

Todos los elementos de la composición responden a esta idea, desplegados con nitidez y precisión significativa. La escena se desarrolla en un amanecer en el que una tormenta comienza a despejarse. El malón aparece equiparado a las fuerzas de la naturaleza desencadenadas (otro tópico de la literatura de frontera). Los jinetes llevan cálices, incensarios y otros elementos de culto que indican que han saqueado una iglesia. Los indios aparecen, así, imbuidos de una connotación impía y demoníaca. El cielo ocupa más de la mitad de la composición, dividida por una línea de horizonte apenas interrumpida por las cabezas de los guerreros y sus lanzas. En la oscuridad de ese cielo se destaca luminosa la cruz que lleva uno de ellos y la larga lanza que empuña otro, como símbolos contrapuestos de civilización y barbarie. En la montura de dos de los jinetes se ven cabezas cortadas, en alusión a la crueldad del malón. En el extremo izquierdo se destaca del grupo un jinete que lleva una cautiva blanca semidesvanecida, apoyada sobre el hombro del raptor que se inclina sobre ella. (…) 

La vuelta del malón fue celebrada como la “primera obra de arte genuinamente nacional” desde el momento de su primera exhibición en la vidriera de un negocio de la calle Florida (la ferretería y pinturería de Nocetti y Repetto) en 1892. Pintado con el expreso propósito de enviarlo a la exposición universal con que se celebraría en Chicago el cuarto centenario de la llegada de Colón a América (…) obtuvo una medalla (de única clase). La obra fue exhibida en el pabellón de manufacturas, como parte del envío argentino, junto a bolsas de cereales, lanas, cueros, etc. Los pocos comentarios que recibió se refirieron a la escena representada como una imagen de las dificultades que la Argentina había logrado superar para convertirse en una exitosa nación agroexportadora. Al regreso de Chicago se exhibió nuevamente en Buenos Aires, en el segundo Salón del Ateneo en 1894.

Notas

*Laura Malosetti Costa es investigadora en historia del arte, especializada en historia del arte argentino en los siglos XIX y XX.

**La pintura fue solicitada por el director del Museo Nacional de Bellas Artes, Eduardo Schiaffino, a la familia del artista tras su muerte en 1903. La familia optó por donar la obra a la Sociedad Estímulo de Bellas Artes a fin de instituir un premio anual de pintura denominado “Ángel Della Valle”. La pintura pertenece al Museo Nacional de Bellas Artes desde 1909.

Tomado del sitio oficial del Museo Nacional de Bellas Artes.

Ocupación militar del Rio Negro en la expedición bajo el mando del General Julio A. Roca, 1879. Juan Manuel Blanes, 1891-1896. Óleo sobre tela, 411 x 716 cm, encargado por el Ministerio de Guerra y Marina, donado al Museo Histórico Nacional. Fuente: Museo Histórico Nacional.

Comentario sobre la obra, por Laura Malosetti Costa y Sofía Oguic

Esta es una de las pinturas más conocidas, reproducidas y citadas del acervo del Museo Histórico Nacional. Circula desde hace más de un siglo reproducida en láminas escolares, en copias para dependencias oficiales, en papel moneda, libros, diarios y revistas, obras de teatro, películas, programas televisivos y en formato digital. Se trata de la representación simbólica más eficaz del llamado ‘orden conservador’, basada en la centralidad del ejército en la construcción, consolidación territorial y conducción política de la nación. (…)

Tanto en la composición de esta obra como en sus diversos nombres* se oculta deliberadamente la crueldad de la guerra llevada adelante por el general Julio A. Roca y su ejército, la violencia ejercida contra las poblaciones que habitaban la llanura pampeana, sus deportaciones masivas regalando mujeres y niños como sirvientes esclavizados en Buenos Aires y el despojamiento y destrucción de las tribus en favor de un puñado de terratenientes hasta el día de hoy. Aquella campaña militar fue valorada como el avance de la civilización sobre el desierto, como si esas extensiones hubieran estado deshabitadas, cuando su objetivo fue despojar a la población indígena de sus tierras e incorporar al estado argentino 20.000 leguas de campo para su explotación económica. 

La gran tela que ponía todo ello en escena fue encargada al artista uruguayo Juan Manuel Blanes por el Ministerio de Guerra y Marina en 1887, para celebrar el décimo aniversario de aquella expedición militar el 25 de mayo de 1879. (…) Blanes demoró algunos años en comenzar a trabajar en esta tela, que fue la más grande y ambiciosa de su carrera (…) Encaró una ardua búsqueda documental que puede seguirse en su correspondencia, para obtener retratos, fotos, detalles de uniformes, monturas, espuelas, etc., a fin de lograr la máxima verosimilitud posible en una escena de alto contenido simbólico que él mismo construyó.

La expedición militar de Roca fue registrada por los fotógrafos Antonio Pozzo y Pedro Morelli (el primero con fines comerciales, el segundo por encargo de ingenieros topógrafos), y estas fotografías tuvieron amplia circulación en álbumes y en la prensa. Como señala Verónica Tell, hubo también en ellas una clara finalidad laudatoria que “se estructuró en torno a la figura del Ejército, sus hombres y el territorio ‘liberado’, antes que en los anteriores poseedores de ese espacio, su dominación y aniquilamiento.” Y si bien Blanes conoció esas fotografías en las que aparecían Roca y sus oficiales formados en primer plano en el escenario de la llanura, el pintor decidió construir una escena propia no inspirada en aquellas, sino en un asunto que ya había ensayado para glorificar a San Martín en Rancagua (…): una revista de tropas, desfile o parada militar en el que se desplegaran todos los ornamentos y atributos posibles de un orden fuertemente jerarquizado y exhibido en sus atuendos, gestos y detalles simbólicos.

En un riguroso orden jerárquico, Blanes despliega 22 retratos de Julio A. Roca y sus oficiales en un escenario que presenta la línea de horizonte como único referente de paisaje, sobre la cual se destacan las cabezas de los militares retratados recortadas contra el cielo. Esa centralidad del ejército dominando y ordenando la llanura se ve reforzada por la presencia de la religión y la ciencia a ambos lados: a la derecha, científicos y oficiales de la armada con sus instrumentos de medición y registro; a la izquierda, el capellán Espinosa con un grupo de indios catequizados y una cautiva redimida que exhibe en brazos a su hijo mestizo y dirige su mirada a Roca en señal de agradecimiento. La pose y la dirección de la mirada del general Roca hacia un punto bajo en el suelo, como cruzándose con la de un perro que introduce desde el primer plano al espectador en la escena, ha sido muy comentada: como una mirada “vulpina” (de lobo) o de zorro. De hecho, se le llamó ‘el zorro del desierto’ destacando su astucia y celo en la conducción de las tropas y control del territorio conquistado.

El artista tenía ya más de 60 años y gozaba de fama y reconocimiento en ambas márgenes del Río de la Plata cuando emprendió esta obra (…) Trabajó en el cuadro cuatro años y medio (…) 

Instalada esta gran pintura al óleo en la memoria visual durante más de un siglo a partir de sus reproducciones, comentarios críticos y de la profusa bibliografía que ha generado, su trascendencia y su lugar en la educación afectiva de sucesivas generaciones de ciudadanos ubica esta inmensa pintura como una de las piezas más destacadas del acervo del Museo Histórico Nacional y como evocación de una de las gestas más controvertidas del pasado argentino. 

Tomado de Malosetti Costa, L. (comp.) (2023). Pinturas: una selección de escenas de Historia. Colecciones del Museo Histórico Nacional. Asociación Apoyo al Museo Histórico Nacional.

*En cada registro, desde el momento mismo de la adquisición al pintor, el cuadro figura con nombres diferentes: La conquista del desierto; La ocupación militar del Río Negro por el ejército argentino, el 25 de mayo de 1879; Llegada del Ejército Nacional al Río Negro bajo el mando del General Julio A. Roca en la gran expedición realizada contra los indios en 1879; Revista del Río Negro; La expedición al Río Negro; Ocupación militar del Río Negro en la Expedición bajo el mando del General Julio A Roca, 1879. Este es el nombre con que se conserva en la Base actual de Inventario del Museo (2022).

Un fragmento de Ocupación militar del Río Negro bajo el mando del general Roca, 1879, la escena central, circula actualmente en el reverso de los billetes de 100 pesos. El diseño original es de 1992 y, en 1999, la imagen del billete que reemplazó al anterior tuvo algunos cambios menores.

La leyenda dice: Julio Argentino Roca (Tucumán 1843 - Buenos Aires 1914). Militar y estadista. Realizador de la Campaña del Desierto (1879). Firmó el tratado de límites con Chile. Fue dos veces presidente de la República (1880-1886; 1898-1904). Y debajo de la reproducción de la escena se lee: LA CONQUISTA DEL DESIERTO.

El frente del billete tiene el retrato de Roca, un fragmento de una carta y una escena que representa la idea de progreso: un moderno transatlántico en el puerto de Buenos Aires alumbrado por el sol del porvenir.

Iconografía de la frontera

En la segunda mitad del siglo XIX, otros artistas representan escenas similares sobre los malones y cautivas, por un lado, y las formaciones militares, por el otro. En todas ellas, la violencia fronteriza está protagonizada por los indígenas. 

Ataque de indios. Alberico Ísola, 1844. Litografía coloreada. Bonifacio del Carril (1964). Monumenta Iconographica. Fuente: Wikimedia Commons.

El malón, León Pallière, dibujo, 1856. Fragmento. Fuente: Wikimedia Commons.

En la década de 1840, el pintor alemán Johann Moritz Rugendas pintó numerosas escenas de malones y raptos de mujeres cautivas.

El malón. Johann Moritz Rugendas, 1845. Fuente: Wikimedia Commons.

El regreso de la cautiva. Johann Moritz Rugendas, 1848. Fuente: Biblioteca virtual Miguel Cervantes.

El pintor uruguayo, Juan Manuel Blanes, produjo diferentes obras sobre mujeres cautivas.

La cautiva. Juan Manuel Blanes, 1880. Colección de arte A. L. de Fortabat. Fuente: Wikimedia Commons.

El regreso de la cautiva. Juan Manuel Blanes, 1880. Fuente: Museo de Bellas Artes Juan Manuel Blanes, Montevideo.

La siguiente obra de Ángel Della Valle representa una acción militar de rutina de una patrulla que recorre las pampas.

La patrulla. Ángel Della Valle, 1895. Fundación para la Investigación del Arte Argentino.

Solo una de las obras consultadas da cuenta de la violencia estatal ejercida sobre las poblaciones indígenas: Expedición en los desiertos del Sud contra los indios salvajes en 1833 ejecutada con el mayor acierto y sabiduría por su digno jefe el gran Rosas. Calixto Tagliabúe (1797-1850), 1833. Museo Saavedra. Fuente: Wikimedia Commons.

La violencia en la frontera en los textos escolares

Durante más de un siglo, los textos escolares reprodujeron la mirada tradicional sobre la violencia en la frontera centrada en los malones protagonizados por indios salvajes. Sus ataques constantes aterrorizaban a la población y causaban destrucción. Por eso, durante el siglo XIX, las autoridades criollas organizaron campañas militares para “pacificar” la frontera.

El libro Nociones de historia argentina, de Alfredo Grosso, fue usado por varias generaciones de estudiantes en las escuelas argentinas desde su publicación a fines del siglo XIX y en sus sucesivas ediciones en el transcurso de buena parte del siglo XX. Las siguientes páginas son de la primera edición en colores del libro, publicada en 1959 por la editorial Kapelusz.

En un capítulo titulado “Anarquía”, Grosso describe la “situación del país entre 1820 y 1835”. En varias oportunidades hace referencia a los malones.

Grosso, A. (1959). Nociones de historia argentina, p. 192. Editorial Kapelusz.

Grosso, A. (1959). Nociones de historia argentina, p. 199. Editorial Kapelusz.

Grosso, A. (1959). Nociones de historia argentina, p. 228. Editorial Kapelusz.

Los libros de Ciencias Sociales del siglo XXI ya no se refieren al salvajismo de los indígenas. Pero es frecuente que sus autoras y autores señalen a los malones como causa principal de las campañas militares estatales para la conquista de los territorios y las poblaciones indígenas. Por ejemplo:

El control del territorio

En la década de 1870 los gobiernos nacionales mostraron un creciente interés por controlar el conjunto del territorio. Una de las prioridades fue poner bajo su control los territorios del sur y sudoeste del país que, como el Chaco, eran zonas bajo dominio indígena. En las áreas fronterizas los malones amenazaban las propiedades e impedían la expansión de la producción agropecuaria. Ese avance sobre el territorio indígena se conoció como conquista del “desierto”. (…)

Tomado de Piccolini, P. y Migliori, V. (Ed.) (2008). Ciencias Sociales-Ciencias Naturales 6 (capítulo 8, La Argentina conservadora, p. 274). Serie Entender. Estrada.

El texto completo tiene dos párrafos más y una reproducción del cuadro La vuelta del malón, de Ángel Della Valle (1892). El epígrafe de la obra dice: “Los malones eran incursiones que los indígenas organizaban para saquear las estancias en búsqueda de ganado. A veces, durante los malones, los indígenas capturaban hombres y mujeres que se llevaban como cautivos a sus tolderías.”

Otro ejemplo:

La “conquista del desierto”

Después de la caída de Rosas se multiplicaron los malones que asolaban las estancias y las poblaciones cercanas a la frontera sur del territorio argentino que separaba las “tierras de los blancos” de las “tierras de los indios”. En estos ataques, los indígenas robaban ganado, víveres y, en ocasiones, tomaban cautivos a mujeres y niños.

Desde 1874, cuando asumió su mandato, el presidente Avellaneda se propuso hallar una solución al problema de la frontera sur del territorio nacional. (…)

Tomado de González, S.; González Maraschio, F.; Pi, C. y Touris, C. (2011) Ciencias Sociales 6. Proyecto Construir el futuro (Tema 4, La organización del Estado Nacional Argentino, p. 45). Ediciones SM.

A continuación de este fragmento, el texto plantea las acciones de construcción de la zanja de Alsina y, finalmente, el avance militar sobre tierras indígenas liderado por J. A. Roca en 1879. Se incluye una reproducción de la obra Ocupación militar del Rio Negro en la expedición bajo el mando del General Julio A. Roca, 1879, de Juan Manuel Blanes (1891-1896). Su epígrafe es: “El General Roca con uno de los regimientos del Ejército Nacional que participaron en la ‘conquista del desierto’”. 

Los malones: estudios y nuevas miradas

En las fuentes históricas, la violencia indígena en la frontera recibió el nombre de malón. A partir de allí, los malones han sido pensados como un dato de la realidad sin ser estudiados, es decir, sin preguntarse en qué consistían, en qué contexto se daban, en qué períodos ocurrieron, qué objetivos tenían, cómo se organizaban, cuántos fueron, entre otras cuestiones. Esto es lo que algunas investigadoras y algunos investigadores comenzaron a preguntarse y estudiar en los últimos 20 años. La antropóloga Ingrid de Jong y el historiador Leonardo Canciani presentan algunas conclusiones de estas investigaciones. 

Miradas sobre los malones

Hay diferentes tipos de malones pero, en términos generales, son ataques a poblaciones y estancias de frontera. Solían ser rápidos y resultaban en la apropiación de animales y, en ocasiones, también de personas. En general, eran una respuesta a algún tipo de daño previo ejercido por los hispano-criollos que, desde la perspectiva indígena, había que compensar. Por ejemplo, el quiebre de tratados de paz, el cierre del intercambio comercial, la invasión del territorio. 

Los grandes malones eran una respuesta preparada que implicaba que los líderes indígenas más importantes coordinaran encuentros para ponerse de acuerdo acerca de la realización del malón y para organizarlo: su preparación duraba dos o tres meses. Esto sucedía cuando había motivos para hacerlo dado que los malones implicaban un riesgo de vida para quienes participaban. Las sociedades indígenas de las pampas no tenían un ejército propio sino que eran las mismas personas las que entraban dentro de este plan cuando el contexto político lo requería: padres, hermanos e hijos de unidades familiares y miembros productivos de sus familias y de sus comunidades.

Sebastián Alioto estudió en qué contextos y períodos ocurrieron los malones en la frontera sur. Sus investigaciones mostraron que se produjeron en momentos de conflicto en las relaciones entre las sociedades indígenas y la sociedad hispano-criolla. Esta contextualización permitió darles un sentido político a estas prácticas y romper con la idea del malón como una disposición a la agresión –natural y continua– de los indígenas hacia los blancos. 

Diversos estudios revelaron que el primer siglo y medio de la presencia española en el Río de la Plata, a partir de la segunda fundación de Buenos Aires, estuvo vaciado de acciones de violencia por parte de los indígenas: hasta 1740, no hubo malones indígenas sobre la frontera de Buenos Aires. Los hechos de violencia, por excelencia, eran los realizados por los encomenderos españoles. Es más, Florencia Roulet considera que el malón es una consecuencia del proceso de relación con los colonizadores porque diversas expediciones punitivas hacia tierra adentro terminan provocando que varias parcialidades indígenas, que no tenían tanta conexión entre sí, se coaligaran y organizaran un malón que se produjo sobre Salto en 1740.

Guido Cordero realizó un estudio cuantitativo de los malones para determinar cuántos fueron, cuántas personas participaban, cuánto ganado lograban saquear. Él analiza sistemáticamente todas las fuentes posibles que refieran a estas prácticas entre 1860 y 1875 y muestra que la cantidad de malones y su afectación es muchísimo menor que la que suele considerarse para ese período. Las investigaciones de Cordero también dan cuenta de que el malón era algo mucho más complejo que un arranque violento de una masa inorgánica de indígenas hacia las fronteras.

En un gran malón podían participar más de 500 lanceros, quizás 1000, según el evento y los alcances de la organización. Fueron pocos y se desarrollaron en contextos de crisis política importante. Pero también hubo malones llamados medianos y pequeños, que eran de un carácter totalmente distinto a los grandes malones. Eran fenómenos que tenían que ver con organizaciones mucho más eventuales: participaban a lo sumo 100 lanceros, muchas veces menos de 20, y sí implicaban el saqueo sobre las fronteras. Este tipo de práctica, durante muchos períodos, era también compartida por la población gaucha libre.

Muchas veces, los malones medianos y pequeños también tenían un sentido político porque estaban motivados por el incumplimiento de algunos aspectos de los acuerdos diplomáticos: el buen trato, el comercio o la entrega de las raciones establecidas (cabezas de ganado, yerba, alcohol, etc.). En algunas oportunidades, los caciques principales no querían responder a los incumplimientos de los criollos con un hecho de fuerza generalizado. Entonces los caciques menores –o los capitanejos– se organizaban para obtener lo que el Estado no les estaba proveyendo.

Gracias a los estudios cuantitativos es posible saber que una parte importante de los malones medianos y pequeños fracasaban en los intentos de apropiación del ganado criollo. No eran una actividad exitosa porque muchos animales se morían en el camino hacia los territorios de las parcialidades o porque los indígenas debían abandonarlos cuando eran perseguidos por los guardias de puestos de frontera, los hacendados o los pobladores. Esto es importante porque permite cuestionar la idea –sostenida por algunos historiadores tradicionales– de que los malones constituían una forma de abastecimiento de ganado para comerciar con los indígenas de la Araucanía. Muestra que los indígenas de las pampas no pueden ser considerados como una sociedad depredadora que basaba su subsistencia en los malones –ninguna sociedad basa su reproducción en una actividad inestable y de resultados tan azarosos–. Por otra parte, ningún comercio regional de ganado puede abastecerse en base a los pocos grandes malones que hubo en este período ni tampoco en estos frecuentes malones medianos y chiquitos que en gran parte fracasaban.

En síntesis, la visión tradicional de los malones está comenzando a ser desarmada por esta nueva mirada que acentúa las razones políticas de estas prácticas realizadas en el marco de la política indígena sobre la frontera. El acento en la violencia como supuestamente predominante en las relaciones fronterizas, busca convertir al otro en una entidad incomprensible, amenazante, violenta y dejar de lado la dimensión de la política que implica entender los vínculos que se producen, sostiene Ingrid de Jong. En la medida que se reconoce que hay vínculos, se reconoce la existencia de dos entidades con lógicas, con propósitos, con horizontes particulares.

Una buena manera de discutir este supuesto predominio de la violencia es, por un lado, analizar los malones, tomarlos como objeto de estudio, no darlos por sentado, dejar de hacerles cumplir el papel de telón de fondo de una realidad fronteriza en la cual los momentos de encuentro pacífico parecen ser una excepción. Y, por otro lado, reconstruir la sistematicidad que ha tenido el lenguaje de la diplomacia y los comportamientos tendientes a crear vínculos diplomáticos por parte de la población indígena. Ambas líneas de estudio apuntan al reconocimiento de la política indígena, del actor indígena motivado por razones y no por su mero “salvajismo” o su “sed de animales”. Es decir, los malones existieron pero no fueron una costumbre, no se realizaron por diversión ni para reemplazar las actividades de subsistencia; fueron hechos políticos, con connotaciones políticas que es necesario entender, y por las cuales es necesario interrogarnos. 

Texto elaborado a partir de la entrevista a la antropóloga Ingrid de Jong, Dirección Provincial de Educación Primaria, 2025.

Los “malones invertidos”

Las expediciones militares a las tolderías indígenas se produjeron en diferentes momentos de la historia de la frontera, muchas veces sin que mediara un conflicto previo entre el Estado y las poblaciones atacadas. Estas incursiones se intensificaron luego de la gran expansión del territorio bonaerense producida a partir del proyecto de construcción de la “zanja de Alsina” que, en parte, se concretó en el año 1876. 
El hecho de que el Ejército Argentino haya podido ocupar tierras en donde había lagunas muy importantes –que eran un lugar clave para las poblaciones nativas– hizo cada vez más difícil para las sociedades indígenas mantener sus formas de vida. Como resultado, el Estado argentino obtuvo una ventaja comparativa respecto de lo que sucedía antes de 1876. Eso hizo posible el despliegue de una política de desgaste. 
Algunos historiadores hablan de “malones invertidos” para referirse a esas acciones. En estos malones, pequeñas partidas del Ejército Argentino entraban a las tolderías indígenas –ubicadas en el actual territorio de La Pampa o en el actual territorio del sur de la provincia de Córdoba– atacaban a sus pobladores y, en algunos casos, les daban muerte a algunos de ellos y les robaban su ganado. También raptaban mujeres indígenas: en vez de la cautiva blanca, la cautiva morena o trigueña. 
Quienes investigan el tema calculan que, entre 1878 e inicios de 1879, hubo unas 30 expediciones de este tipo. Era una forma de debilitar a los indígenas. Este operativo de desgaste hizo posible el éxito de la campaña encabezada por el Ministro de Defensa, Julio Argentino Roca, en 1879 que llevó la frontera hasta los ríos Negro y Neuquén y tomó prisioneros a importantes caciques que encabezaban la resistencia. Así avanzó la ocupación del territorio por parte de las fuerzas del Ejército Argentino. 

Texto elaborado a partir de una entrevista realizada al Doctor en Historia, Leonardo Canciani. Dirección Provincial de Educación Primaria, 2025.


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